UN ARBUSTO DE GARDENIAS. Teresa Holgado

Todo sugería al contemplarla lo bella que debió de ser. Sus ojos rasgados, claros y grandes aunque enmarcados con alguna pata de gallo, eran realmente hermosos; la boca aún perfilada, evocaba unos labios en otro tiempo sensuales y carnosos, y la nariz, todavía respingona, hubo de ser perfecta. Sus movimientos gráciles y delicados a través del jardín, arrancando una hoja seca aquí, algún yerbajo allá, me sorprendieron de tal modo que, por un momento, olvidé la razón que me había llevado a encontrarme con ella.

Esperaba mi llegada, pero no advirtió mi presencia en el porche. Parecía absorta en el cuidado de sus plantas, a las que hablaba como a personas, con un tono de voz irresistible al oído. Todo en ella rezumaba vitalidad. Sólo las canas y las arrugas de su rostro delataban sus años.

Finalmente se percató de que yo había llegado. Con la sencillez y espontaneidad de quien siempre se ha sabido hermosa y admirada, y no obstante nunca se jactó de ello, dejó los guantes y las tijeras de podar junto a un macetero, y se acercó hasta mí. Verla caminar era como mirar a una bailarina en movimiento por la ligereza y suavidad con que se desplazaba. Vestía con elegancia y seguía siendo una mujer esbelta pese a la edad, si bien lo que terminó por cautivarme de ella fue la forma en que estrechó mi mano y me habló:

-Ha tardado tanto tiempo en solicitarme una entrevista que llegué a pensar que mi vida carecía de interés para el mejor periodista del país -dijo con una mirada directa no exenta de ironía.

-Lo bueno suele hacerse esperar -respondí intentando disimular mi nerviosismo. Ella esbozó una sonrisa, se agarró de mi brazo y me llevó a recorrer el jardín. Parecía haber leído mis pensamientos e intuido mi desazón.

-¿Te importa que nos tuteemos? Algunos formalismos me resultan innecesarios y restan frescura y espontaneidad a la conversación, ¿no crees?

Antes de decirle yo que preferiría no hacerlo porque ella me intimidaba, ya me hablaba familiarmente y paseábamos charlando como si fuésemos viejos amigos.

Nos acercamos a un arbusto de gardenias, arrancó una de sus hermosas flores y mientras me contaba que su esposo solía sorprenderla con preciosos ramos de esta flor siempre que tenía ocasión, colocó la gardenia en el ojal de mi americana.

-¿Qué tal si pasamos al porche a tomar el té? Le hemos dado una vuelta completa al jardín y supongo que estarás impaciente por curiosear mi vida -dijo mostrándome el camino de vuelta a la casa.

-Será un placer sentarme a tomar el té e indagar con más detalle sobre algunos aspectos de tu vida que es, sin duda, apasionante -respondí con sensación de alivio.

Nos sentamos uno frente al otro en una pequeña mesa redonda y mientras yo sacaba y preparaba mi grabadora, vi que ella presionaba un timbre inalámbrico. Pronto acudió una criada y nos sirvió un delicioso té acompañado de unos sándwiches de pepino al más puro estilo británico; supuse que quizás ella sabía que compartíamos el mismo origen. Ambos nacimos en Londres con veintidós años de diferencia y ambos, impulsados por nuestras carreras vivíamos ahora en Los Angeles.

Comencé preguntándole por su infancia. Habló de sus años en Bloomsbury con brillo en los ojos. Recordaba con cariño y nostalgia las tardes en las que su padre y otros actores de la época se reunían en la casa familiar y de manera espontánea representaban fragmentos de alguna pieza teatral. Me contaba que en sus primeros años los observaba fascinada, pero que más adelante, cuando empezó a hacer sus primeros pinitos en el teatro, ella también solía participar de aquellas representaciones informales. Su padre fue uno de los actores más reconocidos del Londres de los años 50; sin duda había heredado de él un gran talento para la interpretación.

A mis preguntas sobre cada etapa de su vida contestó con fluidez, aunque en algún momento entreví lágrimas en sus ojos, más indicadoras de emoción que de tristeza, a juzgar por el buen animo que mantuvo hasta el final. Pero era actriz y de las buenas, así que con ella era difícil estar seguro de nada. Hablaba y yo disfrutaba contemplando sus expresiones y sus gestos, y me sentía libre para intuir lo que su lenguaje no verbal mostraba. A fin de cuentas la grabadora registraba todo el contenido de la conversación.

-¿Te gustaría tomar una copa?-dijo cuando volvió la criada.

-Un whisky con hielo -respondí.

Tenía por norma no beber mientras trabajaba, pero caía la tarde, pronto tendría que marcharme y, aunque la sensación de incomodidad hacía rato que había desaparecido, pensé que una buena copa me ayudaría en el tramo final de la entrevista. Su vida y su persona me parecieron muy interesantes a nivel periodístico, y ya había obtenido bastante información al respecto después de un par de horas hablando. Ahora deseaba adentrarme en los aspectos más íntimos de su biografía, y no me sentía muy hábil en esos dominios.

-Estuviste casada con tu único marido más de treinta años. ¿Cuáles cree que fueron las claves para que vuestro matrimonio sobreviviera en un lugar tan poco propenso a la estabilidad sentimental como Hollywood?

-Él hacía que todo fuese fácil, así que era imposible no adorarlo. Era la luz de mi vida. Cuando murió hace más de diez años, mis días se ensombrecieron y necesité un tiempo hasta que encontré de nuevo la tranquilidad.

Sentí entonces que su coraza de encanto y refinamiento se agrietaba ligeramente, y distinguí cierta tristeza en su mirada que la hizo más adorable a mis ojos. Era el momento de preguntarle sobre lo que realmente me había llevado hasta allí. Si había de conmoverse, era mejor aprovechar ese momento de cierta fragilidad.

-¿No pudisteis tener hijos, o fue una decisión meditada el no hacerlo?-le pregunté sin más rodeos.

-Perdí un hijo en circunstancias complicadas y siendo muy joven, antes incluso de conocer a mi marido, y nunca más quedé embarazada.

Su rostro se turbó, y por vez primera en toda la tarde advertí un gesto de contrariedad y disgusto. Era evidente que la vida la había vapuleado como a todos y no sólo por aquella pérdida, aunque en su caso el dolor no le había robado un ápice de calidez. Inmediatamente se incorporó de su asiento, tomó un chal del respaldo de su butaca, se envolvió con él, se acercó hasta mí y me pidió que la acompañase. Volvió a agarrar mi brazo y fuimos al interior de la casa hasta un espacioso salón. Nos acercamos a un velador de caoba repleto de fotografías. Supuse entonces que sería inútil insistir en aquel asunto y que yo regresaría a mi vida sin haber conocido por ella qué sucedió con aquel hijo.

-Esta fue una de nuestras primeras escapadas a Europa después de casados -dijo señalando una foto en la que estaba junto a su marido-. Pasamos unos días inolvidables en la Toscana. Cuando me siento triste rememoro algunos de aquellos momentos, y su recuerdo es suficiente para hacerme sonreír. Pero no quiero aburrirte con más historias. Supongo que ya tienes material suficiente para un buen artículo y estarás cansado. Bien, ha sido un placer conversar contigo. Ahora si lo deseas te acompañaré a la puerta.

-Gracias por esta encantadora velada -dije ya en la puerta-. El placer ha sido mío -le estreché la mano un tanto tembloroso y al hacerlo le entregué un sobre que traía para ella. -Esto contiene un pequeño recuerdo que me ha acompañado siempre. Es para ti, pero ábrelo cuando me haya marchado.

Nunca sabré cuál fue la expresión de su rostro al descubrir el contenido del sobre: una cadena de oro y la pequeña medalla de un ángel que ella misma colocó en mi cuello cuando me entregó en adopción. Pero sí supe unos años después, cuando falleció, que siempre estuvo al tanto de mi vida. Lo explicaba todo con detalle en una carta que su albacea me entregó el día en el que, como heredero universal, asistí a la lectura de su testamento. Junto al testamento y la carta me devolvía el sobre con la cadena y la medalla, y el doloroso sentimiento de no haber podido disfrutarla nunca como madre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *