UN DÍA SIN IMPORTANCIA. Julia Reiriz

UN DÍA SIN IMPORTANCIA

No hay ninguna cosa más importante en la vida de nadie

como un día sin importancia.

Alexander Woollcott

 

¿Qué pasará hoy? Clara miraba el amanecer desde la ventana de la galería de la cocina con una taza de café en la mano. La cocina, la mejor zona de su apartamento. Un enorme piso antiguo había sido dividido por los dueños en tres apartamentos para poder alquilarlos. El de Clara tenía la cocina más grande y eso le encantaba porque le gustaba hacer vida en ella. En el centro se encontraba una gran mesa de madera rectangular con anchas patas. Allí hacía todas las comidas, trabajaba con su portátil y se reunía a charlar con amigas. De hecho, decía que era una mesa consultorio.

La galería daba a la parte de atrás del edificio en donde se hallaba su apartamento. En otros tiempos las naves de una fábrica textil tenían allí su lugar y en los terrenos después vacíos, se habían construido casas adosadas de dos alturas. Bastante más lejos se elevaban los edificios típicos de una gran ciudad. Como consecuencia, desde la galería se veía una gran extensión de cielo y al estar orientada al este se podían admirar unos amaneceres espléndidos.

Después del desayuno se duchó, vistió y bajó a coger el tranvía. Cuando salía con tiempo, le encantaba el tranvía. Era como retroceder a épocas antiguas, en las que la prisa todavía no se había instalado en la vida de las personas y se podían saborear los momentos.

En la tercera parada desde su casa se subió Magda, una compañera de trabajo. En cuanto la vio se acercó rápidamente: “¿Cómo lo llevas?”  Clara se sintió incapaz de estar hablando de temas de trabajo durante todo el viaje. Precisamente había salido antes de tiempo para poder viajar tranquila, sin necesidad de hablar. Magda le caía bien y no quería desairarla, así que le contestó que se tenía que bajar en la siguiente parada para recoger un paquete.

Magda la miró con sospecha pero no dijo nada. Clara se despidió de ella y se encontró en la calle a varias paradas de su trabajo. ¿Y ahora qué? Después de hacer un cálculo se decidió a caminar tranquilamente. A pesar de lo temprano de la hora la temperatura era muy agradable y el aire olía a lluvia.

Comenzó a andar sintiéndose muy feliz. Llevaba un buen rato caminando cuando, al pararse en un semáforo, oyó una voz suave que preguntaba: “¿Qué tengo que hacer yo?” Al volverse, vio a una señora muy mayor con una gabardina, que la miraba con aspecto totalmente confundido. Insistió: “No sé qué tengo que hacer”. Le preguntó su nombre y la señora le dijo: “No sé”.

La señora la miraba como esperando una respuesta. Pensó que no la podía dejar allí sola en la calle. Consultó en un quiosco cercano si conocían a la señora. No la conocían. Entonces preguntó por una comisaría de policía. Le contestaron una dirección bastante alejada de donde estaban. También un centro de atención primaria quedaba lejos. Después de pararse a pensar en las diversas posibilidades, decidió pedir un taxi y acompañarla a la comisaría de policía que le habían indicado. La señora se subió dócilmente al taxi con Clara, como si la conociese de toda la vida.

Comentó la situación al agente de policía que estaba en la puerta de la comisaría. Éste le dijo: “Puede pasar con su madre y esperar a que vuelvan los compañeros que se ocupan de estos casos”. Clara contestó que no era su madre. El policía insistió en que no podían quedarse en la puerta, que estaban dificultando el paso.

Entraron y se sentaron en una sala de espera. La señora se mantenía muy calmada. De vez en cuando decía: “¿Qué tengo que hacer yo?” “No sé qué tengo que hacer” .  Clara le preguntó si tenía que ir al baño y la señora respondió: “No sé”. Así que decidió acompañarla al lavabo. Al llegar allí la señora se quedó mirando el váter con expresión confusa. Clara entonces la ayudó. Vió que llevaba unas bragas pañal, lo que la tranquilizó. Recordaba que su abuela también las había utilizado y eran muy útiles para mantenerla seca.

Después de lavarse las manos, volvieron a la sala de espera. Un policía las estaba buscando. Las llevó a uno de los despachos y comenzó el interrogatorio. Clara le explicó al agente lo que había pasado. Cuando el policía intentó preguntar a la señora no hubo manera de obtener respuestas coherentes. La señora repetía: “Y ahora ¿qué tengo que hacer yo?”  “No sé”.

El agente explicó que cada día se pierden personas de edad con demencias. Que debían hacer una búsqueda a ver si se había presentado alguna denuncia. Clara comentó que se tenía que ir a trabajar. El policía indicó que ya que parecía que la señora estaba tranquila con ella, mejor que se quedase. Que a veces estos casos presentan episodios de excitación. Clara le aseguró que imposible. Se levantó para irse y en ese momento la señora se agitó muchísimo. Se la veía completamente perdida. Decidió entonces avisar en su trabajo y explicar lo que estaba pasando. El agente la tranquilizó, le expediría un documento oficial conforme la situación era real.

La señora se calmó en cuanto Clara se sentó de nuevo a su lado. Le cogió la mano y se la acarició. La arrugada piel era suave como seda. Los ojos claros la miraban con total inocencia y confianza. Presentaba un aspecto cuidado. El pelo blanco limpio, la gabardina bien abrochada, las medias, los zapatos de cordones. Debajo de la gabardina llevaba una falda y una blusa de manga larga con una chaqueta de punto.

Clara sabía que las personas mayores se deshidratan con facilidad porque se olvidan de beber. Así que preguntó por la cafetería de la comisaría. No tenían. Cerca, en la calle había una.

Se sentaron a una mesa. Clara le preguntó qué quería tomar y la señora respondió: “No sé”. Decidió pedir un café con leche, magdalenas y un vaso de agua. En cuanto vio el vaso de agua, la señora lo cogió con las dos manos y se lo llevó a la boca. Bebió con ansiedad. Parecía que tenía mucha sed. Después empezó a tomarse una magdalena. Le quitó el papel protector con cuidado y la empezó a masticar despacito. De esta manera se comió tres magdalenas y empezó a beberse el café con leche que ya estaba tibio. Comenzó a preguntar: “Y ahora ¿qué hay que hacer?” “¿Qué tengo que hacer yo?” Clara veía que la señora no esperaba respuesta y no estaba segura de que supiese qué estaba preguntando.

Volvieron a la comisaría y no se sabía nada. Nadie había presentado una denuncia. Clara se estaba empezando a poner nerviosa. Ya habían pasado varias horas desde que la había encontrado. ¿Qué iba a pasar con la señora? Estaba a gusto con Clara y no había que pensar en dejarla sola en manos de la policía.

El agente que las había atendido sugirió que lo mejor que podía hacer sería llevársela a su casa, porque a veces pasaban muchas horas hasta tener un resultado.

Se quedó parada: “¿Cómo voy a llevármela a mi casa? No la conozco de nada”. Contempló a la señora. Estaba serena y la miraba con total confianza.

Se acordó de su abuela, de lo mucho que se habían querido. Como la había cuidado cuando era niña y su madre debía ir a trabajar. Recordaba su sensación de seguridad y calidez. Nada malo podía pasarle cuando estaba con ella. Se emocionó al pensar que la señora podía ser su abuela, aunque parecía bastante más joven.

Tomó una decisión rápida. Se la llevaría a su casa. El policía prometió avisarle en cuanto supiesen alguna cosa.

Al salir de la comisaría ya era bastante más tarde del mediodía. Pidió un taxi. Cerca de su casa había una farmacia. Allí compró bragas pañal como las que tenía su abuela. Se preguntó qué comería y decidió hacerle una tortilla francesa acompañada de tomate sin piel, cortado a trocitos y aliñado con aceite. La señora se puso a comer muy despacito. Tan tranquila, como si lo más normal del mundo fuese comer en casa de una desconocida.

Después llamó a su jefe y le explicó lo que estaba pasando. Decir que su jefe se quedó atónito es poco. No entendía cómo se había comprometido tanto con una persona desconocida, mayor y demenciada. Y lo que menos entendía era que se arriesgaba a perder dos días de sueldo.

Clara le habló de su abuela y del gran vacío que sintió cuando murió. Pero su jefe no estaba para “cosas absurdas y ridículas”. Le comunicó con tono expeditivo que tenía veinticuatro horas más para dejar el asunto solucionado. En caso contrario habría consecuencias.

La señora seguía comiendo despacito, sentada a la mesa de la cocina. Ahora había que solucionar el tema de la noche. ¿En donde la pondría a dormir? Clara se acordó de su abuela y de cómo evitaban que se cayese al suelo mientras dormía.

En un lateral del salón había un sofá con un secreto. En su parte inferior un cajón ocupaba toda su longitud y contenía un colchón. Clara lo utilizaba cuando alguien se quedaba a dormir. Decidió que lo mejor era poner el cajón con el colchón en el suelo, encima de la alfombra del salón. Así era imposible que la señora se cayese y se hiciese daño durante la noche.

Una vez solucionado el tema de la noche volvió a la cocina. La señora se había levantado de la mesa y estaba mirando por la ventana de la galería. Se movía por la casa con mucho cuidado, iba apoyándose en cada mueble que encontraba.

Pasaron el resto de la tarde en mutua compañía, mirando fotografías de su familia. La señora seguía muy tranquila. A ratos parecía atenta y a ratos desconectaba. Después de darle de cenar un yogur y un plátano, la cambió y la llevó a dormir. Le había puesto una bata ligera y la tapó con un edredón. Se quedó dormida casi de inmediato.

Debía de estar agotada porque no se despertó en toda la noche. Clara no durmió bien, atenta como estaba al mínimo ruido por si se intentaba levantar.

A la mañana siguiente muy temprano, el agente la llamó. Ya había aparecido la familia de la señora. Su hija se había puesto en contacto con la policía. Explicó que la cuidadora iba a salir con la señora y al llegar a la calle se dio cuenta de que había olvidado una receta. La dejó sentada en un sofá en el vestíbulo del portal mientras subía a recogerla. Estaba segura de que la señora no se iba a mover porque tenía miedo a andar sola. Pero la señora se levantó y salió a la calle. Comenzó a caminar en dirección opuesta a la que se movían habitualmente. De modo que cuando la cuidadora salió a buscarla no la encontró.

La cuidadora estaba muy asustada. Pasó el día recorriendo y preguntando por todas las calles cercanas y cuando vio que no había resultados, se decidió a telefonear a la hija que estaba de viaje. Ésta se puso furiosa y llamó a la policía. Le explicaron que su madre estaba segura y que era mejor esperar a la mañana siguiente.

Clara le explicó al agente que la señora todavía dormía y que ya avisaría cuando estuviese preparada. Cuando la señora se despertó la ayudó a levantarse, la vistió y le preparó el mismo desayuno que tanto le había gustado el día anterior.

Al llegar su hija a buscarla, la señora estaba muy tranquila sentada en la mesa de la cocina terminando de desayunar y no pareció sorprenderse en absoluto al verla.

Clara quiso conocer el nombre de la señora: “Carmen”. Se conmovió. Era el mismo de su abuela. “Me gustaría visitarla ¿podría?”, preguntó. La hija sonrió cálidamente: “siempre serás muy bien recibida en mi casa”.

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