UN HOMBRE DEL MONTÓN. Paula Puerta.

¿En qué momento eligió mal su camino? – se preguntaba cada día intentando buscar una respuesta-. Tenía un trabajo bien pagado, no le motivaba demasiado, un jefe más pendiente de cubrir sus espaldas que preocupado de sus empleados y una compañera que se encargaba de sacar a relucir todos sus fallos delante de cuantos más mejor. Su marido, alguien a quién le atrajo en su día, pero que ahora era una persona con la que compartía casa.

Siempre vestía de negro, cualquiera podría pensar que guardaba un luto perpetuo por alguien perdido. Pero lo cierto es que se veía bien con ese color, consideraba que le hacía más delgada.

Aquella tarde tenia apuntado en su agenda que había en el centro una charla sobre no se qué del mindfulness que su amiga Isabel solía recomentar y allí fue. No le pareció necesario arreglarse más de lo habitual, además nunca iba tan mal como para no encajar en estos sitios. Se sentó cerca de la mesa de los ponentes, puso en silencio su móvil y bebió un trago de la botella de agua con esa especie de hiervas que había leído en Instragran que te ayudaba a la retención de líquidos, aunque sabía perfectamente que su problema era el queso roquefort de por las noches más que los líquidos. Mientras divagaba sobre el origen de su concentración de grasa corporal, le vio entrar, aquel hombre se sentó en los asientos reservados para los cargos del ayuntamiento, así que pensó que sería político. No era demasiado alto, tenía el pelo un poco revuelto, usaba unas gafas pasadas de moda, no era excesivamente delgado, ni fuerte, pero tampoco era gordo del todo. Digamos que era normal, del montón, alguien que no repara demasiado en su aspecto físico.

Al terminar el evento, invitaban a los asistentes a un cocktail en la cafetería de la universidad donde se celebraba la ponencia. Pensó en tomar una copa de vino tinto, pero recordó que llevaba Invisalign, no sabía si quedarían manchas en el aparato y no quería sonreír y quedar como una completa idiota con los dientes desteñidos, así que prefirió tomar vino blanco. Mientras se acercaba a la barra, volvió a cruzarse con él, y esta vez le sonrió. Inmediatamente se fijó en que el desconocido hombre del montón, tenía una de esas sonrisas que se veía mas encía que dientes, lo cual al principio no le gustó demasiado, pero tenía algo que le arrastraba hacía él. Hablaron durante más de una hora y aunque no tenía ganas de irse, al día siguiente tenía que madrugar.

Aquella mañana se despertó con más ganas, bajó a la cocina y mientras tomaba el café, en ese vaso-termo que se compró en alguno de esos momentos de arrebatos consumistas, miraba el periódico en el móvil algo más distraída que de costumbre. El sonido de su móvil consiguió que despertase del trance en que se encontraba, esa música que le había pedido a su hermano que le pusiera en el móvil de tono de llamada, la Moldava, siempre le reconfortaba escucharla. Al otro lado del teléfono una voz conocida, le pidió disculpas por buscar su teléfono e irrumpir en su intimidad, pero necesitaba saber más sobre ella, la conversación de la noche anterior le supo a poco. Era un hombre tan culto y tan interesante, todo lo que no veía en su marido que siempre tuvieron gustos tan distintos.

Por unas semanas había vuelto a la adolescencia, mirando el móvil a cada rato por si tenía algún mensaje de él, buscando en Google su nombre continuamente para ver una foto espantosa, que seguramente estaría sacada de alguna red de esas de empleo. Hasta le había dado seguridad en sí misma, que alguien por el que se sentía ilusionada también sentía lo mismo que ella. Automáticamente le venía a la cabeza, cómo podría decirle a su marido que se había enamorado de otro, aunque igual enamorado era demasiado precipitado, pensaba justo después. Fueron avanzando los días y seguían hablando por teléfono y por mensajes, pero ninguno de los dos sacó el tema de verse en persona, por supuesto él no tenía ni idea que ella estaba casada y por tanto ella no conocía absolutamente nada de la situación sentimental de aquel hombre.

Por la noche, estaba en la terraza sentada y pensando en todo lo que estaba ocurriendo, su marido llegó a casa después de un largo día de trabajo y se sentó con ella en la terraza, le había traído un regalo. Eran unos pendientes, que el otro día ella dijo en voz alta que le encantaban. Se puso a llorar, el creyó que era de la emoción, pero lloraba realmente porque un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. Aquel hombre que estaba sentado en la terraza, con quien había compartido muchos años, que no tenían absolutamente nada en común y que a veces hasta sentía vergüenza de él, no sólo escuchaba lo que ella decía, sino que siempre estaba ahí para arreglar esas pequeñas cosas que fuesen necesarias, que le preparaba la comida cuando ella llegaba tarde, que le daba un beso cada vez que se levantaba parar ir a trabajar y que le enviaba un mensaje cada día a media mañana para preguntar como iba su día en el trabajo. Aquel hombre que ella eligió hace años por algún motivo, seguía ahí y aunque ya no sentía la pasión que sentía al principio, le reconfortaba poder contar con él. No sabía si aquello era amor o no, pero para ella, era suficiente, la tranquilidad y la seguridad que le daba aquel hombre con sus detalles que ella hace tiempo que dejó de valorar y que pensó que debía volver a valorar.

El móvil sonó de nuevo mientras su marido y ella estaban estaban sentados en el balcón mirando hacia la montaña, era él, tras varios tonos, se quedó una notificación de llamada perdida. Una llamada que jamás fue devuelta.

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