UN SOBRE AZUL CELESTE. Fernado Felix Castilla

Siempre pensé que los secretos más íntimos de una persona mueren con ella, engullidos en un pozo insondable para el resto de los mortales. Sin embargo, el suceso que acaeció en el número veintitrés de la calle Dante y del que fui testigo, me hizo saber que estaba equivocado. La noticia se extendió con rapidez por todo el edificio. Los vecinos, conmocionados, lanzaron exclamaciones de incredulidad.  A pesar del tiempo transcurrido todavía me sorprende cuando lo recuerdo.

Dante es mi calle y el edificio de ocho plantas ubicado en el número veintitrés mi lugar de trabajo. Soy el portero y un escritor frustrado; me limito a rellenar un diario con las experiencias de cada día. En el transcurso de mi actividad no estoy solo. La figura de un hombre con las manos en los bolsillos me observa y acompaña. Soy yo, reflejado en el espejo que cubre la pared izquierda del zaguán. Los vecinos suelen llamarme Luis y los más cariñosos y mayores, Luisito.

Al despuntar las primeras luces del alba retiro las inmundicias de la acera; me siento entonces como el Robinsón Crusoe de una calle solitaria y silenciosa. Barrer es una de las maneras de contentar a los vecinos. Otra, y más importante, es ser prudente y servicial. Cuando salen a sus quehaceres los observo distraídamente por el rabillo del ojo. Unos aparecen soñolientos, bulliciosos otros, educados algunos, y ásperos como la lija el resto. Pero yo saludo a todos por igual con un Buenos días, después antepongo a sus nombres el tratamiento don, doña o señorita, por si se sienten ofendidos; nunca se sabe.

A las diez de la mañana sale la mujer que vive en el quinto piso, tendrá unos ochenta años. Camina con lentitud apoyándose en un bastón que nunca abandona.

—Buenos días, doña Julia —le digo.

Cuando intento ayudarla a bajar el escalón del portal, me rechaza con un leve gesto de la mano.

—Luisito, el día que no pueda te pediré ayuda, o… quién sabe, quizá me quede en casa; pero agradezco tu intención —responde con amabilidad.

—¡Qué! ¿A dar el paseo?

—Sí, como siempre. Hoy iré a correos y después a caminar por el parque. Para qué preguntas si ya lo sabes.

—No era mi intención molestarla, doña Julia, pero como me dijo que va a correos todos los meses, teniendo aquí el buzón para recibir la correspondencia…

—Luisito, eres tan curioso como tu padre, que en paz descanse; bueno, tú le superas —sonríe dándome unas palmaditas en el brazo—. Voy porque tengo un apartado.

—Ah, claro, donde le llega un sobre azul celeste.

—¡No se te escapa nada!

—Disculpe, lo he visto tantas veces que…

Me quedo un rato observándola. Cuando ha dado unos pocos pasos se vuelve ligeramente y saluda elevando la mano. Me fascina su pintoresca indumentaria: vestido largo en rosa pálido y una amplia pamela que deja entrever mechones desordenados de un rojo cobrizo.

Una hora antes he dado a doña Paula los buenos días. Vive en el piso octavo. La tengo registrada en el grupo de los bulliciosos educados. Es joven, debe tener mi edad, o quizá no tan joven, porque va muy maquillada. Es alta, esbelta y viste con elegancia. Su cálida voz y los ojos negros de mirada penetrante me perturban.  Suele regresar al finalizar la tarde. Se detiene unos minutos y habla conmigo; creo que lo hace para enterarse de las novedades del barrio. Sabe escuchar, pero también habla y habla sin parar. No me extraña; según me ha dicho es periodista de investigación para un diario nacional. Su charla facilita una confianza que no me permito con el resto de los vecinos.

En una de estas conversaciones, casi nocturnas, pregunté con la cautela que me caracteriza:

—Usted debe de tener bastante amistad con doña Julia, ¿no? Se lo pregunto porque las veo juntas muchas veces y los sábados comen en el restaurante de la esquina…

—Sí, la conocí a los pocos días de instalarme aquí, hace catorce años. Era bibliotecaria, creo que acababa de jubilarse; yo me estrenaba entonces como periodista. Congeniamos enseguida. A ella eso de cocinar no le agradó nunca. Así que los sábados vamos al restaurante y los domingos la invito a comer en mi casa. Pero ¿por qué te interesa eso?

—Verá, el mes pasado le pregunté para qué iba a correos teniendo un buzón aquí. Se molestó un poco, y más aún cuando hice referencia a un sobre azul celeste que trae apretado contra su pecho los primeros días de cada mes. Cuando lo recibe le cambia el semblante, parece rejuvenecida y me sonríe. Sé que esto no es asunto mío y entenderé si usted no quiere decirme nada al respecto.

—Te lo diré Luis, no es ningún secreto. El sobre contiene la carta que le envía su hija periódicamente. Creo que vive en los Estados Unidos y, por lo que me dice, debe de ser una celebridad. En todos estos años no he tenido la oportunidad de conocerla, lo que resulta muy extraño. Guarda con celo el contenido de los escritos. Cuando me refiero a ello cambia de conversación.

—¿Por qué tiene un apartado de correos solo para eso?

—Según ella porque prefiere caminar; dice que todavía no es tan mayor para encerrarse en casa y andar por el pasillo de un extremo a otro como una vieja.

Una mañana no pude ver a la anciana, y me extrañó porque estoy pendiente de mis vecinos. Al día siguiente tampoco apareció. Esperé a que la periodista volviera por la tarde.

—Doña Paula, estoy preocupado porque no sé nada de su amiga desde ayer. ¿Le ha pasado algo?

—Que yo sepa, no. Habrá salido y no te has dado cuenta. Ahora paso a verla y la informaré de tu interés— respondió con una sonrisa y remarcando “interés” en tono burlón.

Pasados unos minutos apareció en el zaguán muy nerviosa.

—¡Luis, Luis! No me contesta y a estas horas siempre está en casa. He insistido, incluso he aporreado la puerta. Hace tiempo me dijo que te dejó una llave. Por favor, ¿puedes traerla y subir conmigo?

Una vez arriba, grité al tiempo que pulsaba el timbre una y otra vez.

—¡Doña Julia, doña Julia!

—Luis, bajo mi responsabilidad, ¡Abre esa puerta! Esto no es normal.

Recorrimos las habitaciones pronunciando su nombre a viva voz. Nadie nos respondió. Cuando llegamos al dormitorio la luz dorada del atardecer se filtraba por las cortinas. La pared frontal, estaba empapelada con motivos florales en amarillo y blanco. La cama, de grandes dimensiones, estaba sin abrir. Sobre la colcha vi el bastón y la pamela. Adosado a la ventana, había un escritorio con varios cajones y un sillón de respaldo alto. Al acercarnos descubrimos la cabeza de la anciana inclinada hacia un lado con los brazos apoyados sobre el escritorio. Parecía dormida, pero su rostro estaba frío y no respiraba. Nos miramos interrogantes, ¿qué hacemos?

—Doña Paula, ¿conoce la dirección de su hija? Si no, mire en esos cajones a ver si la encuentra. Yo iré al salón para llamar a la policía.

Cuando regresé al dormitorio la periodista estaba sentada en la cama, inclinada hacia delante, se cubría el rostro con las manos. Los cajones del escritorio estaban vacíos. La mano de la anciana aún tapaba parcialmente un sobre azul celeste. Leí: “Apartado número…”, a continuación, una línea temblorosa de tinta se desvanecía hasta el pie del papel.

—¡No puede ser! —exclamé.

Me senté al lado de la periodista. Estaba sollozando.

—Ahora comprendo, Luis, su hermetismo. Es triste que haya esperado a morir para que lo entendamos.

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