“Una hija a su imagen y semejanza” Por Isidoro Calvo, alumno del Taller de Escritura Creativa

“Él no tenía experiencia alguna en bebés. Recordaba que, de pequeño, se había acercado alguna vez, entre celos y sorpresa, a la cunita de su hermano, en aquella maravillosa mansión donde aún vivían sus padres. Pero de eso hacía ya más de treinta y cinco largos años; desde entonces había evitado a los niños como quien evita a un leproso, a un mendigo. Así que ésa que tenía entre sus brazos no sólo era su primogénita, sino que, además, representaba su primer contacto con el mundo infantil. Quedó aturdido al escrutar el rostro asimétrico y lánguido de aquel bebé recién nacido, en una amplia habitación de la clínica más lujosa de la ciudad; sin embargo, no se alarmó,  y achacó la fealdad de su hija al morfotipo propio de todos los recién nacidos, el cual él había ignorado hasta aquella fecha.

Su hija no podía ser fea. ¿Cómo lo iba a ser, si era el fruto del vientre de su esposa, otrora maniquí de moda que recorriera las pasarelas más cotizadas de Europa y Sudamérica? ¿Y qué decir de él, un dandi alto y robusto, de cuerpo y rostro esculpidos por el cincel de Miguel Ángel? No, aquella niña llegaría a ser tan guapa y tan bella como lo eran sus progenitores.

Pero el tiempo pasaba y la cara de aquella niña no paraba de retorcerse; su boca era amorfa, de labios secos, más blancos que los de una vieja anémica. No tenía ojos humanos, sino los de un pez, vidriosos e inexpresivos. En los laterales de su cuello se formaban dos horribles pliegues de pellejo, que parecían continuación de sus orejas, grandes y carnosas. Lloraba con tono gangoso y estúpido. Y cuando comenzó a balbucear las primeras palabras, su tono insípido helaba el espinazo del padre, que ya no podía soportar escuchar de su boca otro más de esos mustios “¡Papa!”.

Pero ésas tan sólo eran las primeras señales de alarma del grave problema que se avecinaba, porque… ¿cómo llevaría a su hija a la guardería en su descapotable, a vista de todos los padres y madres del vecindario? Y en las tardes de domingo en la casa de campo, cuando gustaba de jugar al golf con sus empleados más serviles y aduladores, aquellos que siempre le dejaban ganar en el último hoyo ¿qué pensarían éstos cuando le vieran llegar, junto a su mujer y esa criatura mefistofélica que ocupaba indolente el interior de un cochecito último modelo? Sin duda alguna, sería el hazmerreír de todos ellos.

El malestar que le generaba la figura irregular, picassiana, de su retoño, modificó muchos de sus hábitos sociales: ya nunca más acudió a una cena de socios donde se invitara a mujer e hijos; cambió su deportivo cabriolé por un enorme Mercedes de cristales tintados. Lo que más le dolió fue  ese alto muro que  ordenó construir alrededor de la casa; desde entonces, nadie que pasara por su calle admiraría la suntuosidad de los mármoles de la entrada, ni el jardín inglés, ni la gran piscina, ésa que tanto gustaba a su hijita y donde él hacía tiempo que no se bañaba.

Su mujer quería, amaba a esa cría; parecía que poco le importaba la mirada de besugo que le ofrecía cuando le daba el beso de buenas noches, tras haber narrado con cariño algún cuento de hadas y princesas. Ella no tenía vergüenza alguna de tomar un café con las vecinas, algunas de ellas casadas con amigos suyos, mientras sus pequeños jugaban en los columpios, indiferentes a la fealdad de la criatura con la que compartían sus juguetes… ¡ay, tierna inocencia infantil!

¿Cómo era posible que su mujer le profesara tanto amor y dulzura? Sin duda alguna, tenía que existir algún secreto oscuro en esa relación materno-filial que él era incapaz de descifrar… ¿Y si su mujer le había sido infiel? ¿Y si esa niña era el fruto de una relación adúltera? No tardó en solicitar a un afamado despacho de detectives que investigara tanto a mujer como a hija.  Los detectives, solícitos y eficaces, realizaron pruebas genéticas que confirmaron, a su pesar, que él sí era el padre biológico de la niña. Pero todo el dinero desembolsado en seguimientos, análisis clínicos, allanamientos de morada y cámaras ocultas no fue en balde. Los investigadores descubrieron, dentro de un viejo archivador en casa de los suegros, unas fotos de cuando su mujer era niña, que dejaron boquiabierto al dolido padre: su amada y querida esposa, esa bella y elegante dama que era la envidia de todos sus compañeros de trabajo, ésa que despertaba los deseos más inconfesables de los amigos… ésa, había sido horrible de pequeña. En aquellas imágenes en blanco y negro, exhibía sin pudor una gran nariz aguileña, que desequilibraba un rostro graso, lleno de pústulas acnéicas. En las que aparecía sonriente, no tenía ningún reparo en mostrar una dentadura monstruosa, deforme, como si en su boca se hubiera instaurado la anarquía, y cada diente fuera por libre en unas encías anchas y enrojecidas. Las orejas, grandes y carnosas, las mismas que blandía su hija, no tenían nada que ver con aquellas que ahora engalanaba con rutilantes pendientes de oro. ¡Qué horror! Su mujer nunca sería capaz de ofrecerle un heredero bello y atractivo, a su imagen y semejanza.

Y así, esa misma tarde, cuando su mujer volvía de recoger a la niña de su primera clase de ballet, lanzó airado sobre ella copias de las fotos. Ella bajó la mirada con aire triste.  Sí, era ella la muchacha enclenque que aparecía en aquellas imágenes. Lo reconocía sin ningún pudor. Sí, era cierto que había nacido fea, tanto o más que su hija. Cuando cumplió quince años sus padres le pagaron una carísima intervención de cirugía plástica, que resultó en el rostro bello y delicado del que ahora se sentía orgullosa. ¿Que por qué lo había ocultado? ¿Qué habría sido de su fulgurante carrera de modelo si se hubieran publicado esas fotografías en alguna revista del corazón? Seguramente habría acabado de bailarina en un lúgubre teatro de alguna ciudad olvidada, lejos de los focos de las pasarelas más reputadas.

Pocas semanas después, él pidió el divorcio. Sus abogados, tiburones adiestrados en los peores pleitos, arrebataron a su mujer todo lo que ella poseía, salvo la niña, que él aceptó nunca más volver a ver.

Pronto rehizo su vida con una joven actriz de televisión. Tras  concienzudas investigaciones, sus detectives de confianza confirmaron que ésta no había pasado aún por el quirófano de ningún cirujano plástico. Luego ella era naturalmente bella, así como lo era él. Se casaron y, al poco tiempo ella quedó embarazada de una niña. Él estaba emocionado; estaba seguro de que el curso de su existencia iba a dar un vuelco. Su nueva compañera le proporcionaría una hija de la que podría enorgullecerse ante sus vecinos, sus amigos, sus socios. Durante los nueve meses en los que transcurrió el plácido embarazo, adquirió un descapotable, derribó la muralla que separaba su magnífica casa de los ojos celosos de los transeúntes; recuperó el drive y el putt que tanto admiraban sus empleados. Incluso volvió a sumergirse en las aguas de su enorme piscina… ¿cómo había podido vivir durante tantos años sin esos pequeños placeres que da la vida?

Su segunda hija nació una hermosa mañana de agosto. Él se había citado precisamente aquel día con un importante cliente para una partida de golf, así que no pudo acudir al parto. Al caer la tarde se presentó en la clínica donde estaban ingresadas madre e hija. Entró en la amplia habitación, la más grande, la más lujosa. Se acercó a la cama y dio un sonoro beso en la frente de su joven esposa. Ésta, cansada por los rigores del parto, le ofreció la más bella de las sonrisas. ¡Mira quién te espera dormidita en la cuna! Él, henchido de orgullo, se acercó al moisés y tomó entre sus brazos a la pequeña criatura. ¡Tanto gorrito, tanto lazo, tanto polvo de talco! Retiró de la cabeza de la recién nacida un bonete de angora que había tejido su suegra y…

¡Dios santo!

Esas fueron las únicas palabras que pudo articular. Y es que, frente a él, tenía a un ser grotesco, horrible: su boca era amorfa, de labios secos, más blancos que los de una vieja anémica. No tenía ojos humanos, sino los de un pez, vidriosos e inexpresivos. En los laterales de su cuello se formaban dos horribles pliegues de pellejo, que parecían continuación de unas orejas, pequeñas y arrebujadas cual escarolas…”

Isidoro Calvo, alumno del Taller de Escritura Creativa

Un pensamiento en \"“Una hija a su imagen y semejanza” Por Isidoro Calvo, alumno del Taller de Escritura Creativa\"

  1. me parece muy bueno pero no dicen el timpeo que tarda en llegar desde salta a cafayate y solo 19 pasajeros huummmmm me suena que es para ellos solamente con el turismo que se mueve por los valles me parece muy poco

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