UNA VIDA NORMAL. Virtudes Lluch

-El timbre de la puerta le sobresaltó. Así no había manera de concentrarse. No fué una buena idea apuntarse a aquel taller de escritura. Quedaba sólo una semana para entregar el relato, pero no se le ocurría nada sobre lo que escribir que fuera medianamente atractivo, interesante o divertido. Fué un error pretender que algún díaa podría llegar a ser escritora. Se supone que un escritor tiene que hablar de lo que conoce, de lo que ha experimentado y su vida era bastante plana, sin grandes vivencias susceptibles de ser convertidas en un relato.

¿De que podría hablar ella?  ¿Del amor, de la pasión, del desamor? Sus relaciones, ni muchas ni pocas, habian sido normales, en consonancia con el resto su vida. Ninguna relación tormentosa, ningún amor imposible, ningún abandono dramático. Todas habían terminado de manera civilizada. A veces habían roto ellos, y otras veces había sido ella la que había tomado la determinación de finalizar la relación. Y aunque tras alguna ruptura había pasado por una situación de desánimo con pérdida de su autoestima, ninguna le había llevado a un descenso a los infiernos, a las drogas o al alcohol que tanto habían aportado a la creación de algunos artistas.

-Se levantó a abrir la puerta. Era su vecina. Vivía en un barrio de clase media, de gente convencional, sin familias disfuncionales o desestructuradas. Su vecina era una mujer mayor, también de clase media. Vivía de su pensión que no le permitía grandes lujos pero tampoco le hacia pasar necesidades. Tenía algunos problemas de la vista y del equilibrio, no  graves, pero suficientes para impedirle salir sola a la calle. Era viuda y vivía sola. Tenía una hija, pero ésta tenía un trabajo tan importante como para no permitirle dedicar demasiado tiempo a su madre. Ella lo comprendía y la disculpaba. Bastante tiene la pobre con su trabajo y sus dos hijos… Entendía que no la visitara con frecuencia. Lo que no acababa de entender y le reprochaba en silencio, se atrevió a confesárselo un día, era que tampoco tuviera tiempo para llamarla más a menudo. Sólo una llamada al día, le pedía, para preguntarle como estaba… Sólo un gesto de cariño. Sólo eso.

-Pensó en la soledad de las personas mayores que pasan todo el día en casa sin otra compañía que esos programas basura de la TV que la sociedad condena, pero que tejen una red invisible que agrupa a tantas ancianas solas, como una red social a la que ellas mismas desconocen pertenecer.

-Pensó en su madre. Afortunadamente gozaba de buena salud, tenía a su marido y era independiente.

Cuando su vecina se fué, se sentó de nuevo delante de la pantalla en blanco del ordenador. El sonido de la radio por la ventana le hizo sonreir. Tenía otra vecina con Alzheimer que ponía la radio para que la escuchara Nuestro Señor, como llamaba ella a la imagen del Sagrado Corazón que tenía en su habitación. Cada vez que se cruzaba con ella le contaba que a Nuestro Señor le gustaba mucho escuchar la radio. Y ella pensaba que quizás no vendría mal que Jesucristo escuchara la radio para que informara a su padre de las penalidades que sufrían los habitantes de aquel planeta que creó hace tantos años y del que parecía haberse olvidado.

-Pensó en como una enfermedad puede transformara la mente humana. Hubo una época en que se aficionó a esas películas policiacas en las que alguien era capaz de penetrar en la mente del asesino y entonces quiso ser psiquiatra. Incluso se matriculó en la facultad de Medicina. Pero sólo duró un año. La anatomía, la biofísica, la bioquímica… no tenían nada que ver con lo que a ella le interesaba. Así que dejó la carrera el primer año e hizo oposiciones para la Administración pública. Y así estaba ahora. Con un trabajo estable, con un sueldo estable, con una vida estable en definitiva. Practicaba algunos deportes, tenia varias aficiones y mantenía una saludable vida social que perpetuaban su estabilidad.

Su posición económica le había permitido viajar bastante, y aunque siempre había rehuido los viajes excesivamente organizados y convencionales, tampoco se había lanzado a grandes aventuras en solitario que le hubieran permitido por lo menos, escribir un buen relato de viajes.

El sonido del teléfono le avisó de que habían entrado varios whatsapp. Las chicas de oro. Sus amigas del colegio. Sonrió pensando en lo poco original que había sido la que le puso ese nombre al grupo.

-Pensó en su infancia. También fué una infancia normal. No sufrió malos tratos ni acoso escolar. Siempre se consideró del montón. Ni lo suficientemente guapa para salir del anonimato, ni lo suficientemente fea para tener que reinventarse.

-Pensó en sus amigas y como la vida si que le había proporcionado a alguna de ellas suficiente material para escribir una novela.

-Carmen. Un matrimonio fracasado y una hija con problemas de conducta y de drogas en su adolescencia. Pero siempre había sido una mujer muy positiva y había enfrentado sus problemas sin desánimo. Ella era mucho mas débil de carácter y no hubiera sido capaz de enfrentar sus problemas con la determinación con que lo hacía Carmen.

-Lola. Un hijo con discapacidad severa, un marido adicto al trabajo y una madre con depresión crónica. Pero creyente de toda la vida, la oración le proporcionaba la paz que a ella, como a los no creyentes,  le estaba vetada.

-Emilia. Enferma desde joven. Pero con un marido y una hija que le adoraban y siempre luchando con ellos y por ellos. Ella tenia una salud de hierro. Había tenido poco contacto con la enfermedad y no se sentía autorizada moralmente para hablar del sufrimiento. -Pensó en la fortaleza de sus amigas. ¿Que fortaleza tenía ella? Quizá su vida acomodada no le había permitido desarollar ninguna en especial.

De nuevo miró la pantalla del ordenador que seguía en blanco. Cuando era pequeña tenía mucha imaginación. Le gustaba inventar cuentos que luego le leía a sus muñecas, pero ahora parecía que esa imaginación se había esfumado. Claro que no es lo mismo escribir sobre hadas que escribir sobre la vida real. Y no es lo mismo escribir para muñecas que escribir para gente real. Quizá su público poco exigente le hizo estancarse en su afición a la escritura. Nunca percibió entusiasmo en las caras de sus muñecas cuando les leía los cuentos que ella inventaba, pero tampoco recibió nunca ninguna crítica sobre ellos. Definitivamente renunciaba a continuar con el taller. Era muy improbable que en esa semana viviera una experiencia que le permitiera escribir un relato digno de ser presentado en un taller de escritura.

Apagó el ordenador y salió al balcón. Estaba anocheciendo. Era el momento del día que más le gustaba. Se sentó en su mecedora desde la cual podía divisar la calle. Durante un rato permaneció allí, con los ojos cerrados, sin pensar en nada, sólo sintiendo la brisa en su cara. Necesitaba despejarse después de una semana en que su cabeza hervía buscando una buena historia que contar. Ahora que había tomado la decisión de renunciar al taller de escritura se sentía ligera, como si le hubieran quitado una carga de encima.

La sirena de una ambulancia le trajo de vuelta a su balcón. Miró hacia la calle donde los coches se apartaban para dejar paso a la ambulancia.

-Vió a un trabajador de Glovo con su bicicleta maniobrando entre los coches con una mezcla de pericia e imprudencia.

-Vió a la chica ecuatoriana que cuidaba por las noches a su vecina con Alzheimer que se dirigía hacia su portal. Al atravesar la calle se cruzó con un grupo de jóvenes que hablaban y reían todos a la vez, con aspecto de estudiantes en programa de Erasmus. Pasaron muy próximos. Próximos en distancia física, pero a años luz de distancia en sus motivaciones para venir a España y en sus perspectivas de futuro.

-Vió al gorrilla que con gestos mecánicos señalaba un sitio libre para aparcar.

-Vió al pakistaní de la frutería de enfrente, de pie en la puerta de su tienda hablando por el móvil, mientras los comercios de alrededor bajaban la persiana.

-Y también vió pasar parejas de novios abrazados, y madres apremiando a sus hijos a avanzar y transeúntes ociosos sin prisa por volver a casa.

-Y en ese momento tuvo la sensación de que lo que veía pasar por su calle era la vida.

Y que la vida era, ni mas ni menos, el conjunto de millones de vidas entrecruzadas.

Y que cada una de esas vidas, por insignificante que pareciera, encerraba mil historias que descubrir y que contar

-Quizás en su vida no pasaba nada extraordinario, pero la vida pasaba por delante de ella, por la puerta de su casa de su barrio de clase media.

-Volvió al salón y encendió de nuevo el ordenador.

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