VEINTE CARTUCHOS POR CABEZA. Jose Antonio García

Cansado había llegado al puerto de Melilla después del penoso viaje, con su porte de labriego andaluz, con arrugas en su frente perfectamente alineadas como los surcos de la tierra arada. Las noticias que habían llegado a la península, en 1921, sobre la situación en Marruecos no eran nada halagüeñas, más bien horrorizaban. El Ejército había sufrido la más indigna de las derrotas y anhelaba tener noticias de su hijo Aurelio. El calor sofocante de agosto y sus problemas respiratorios, agudizados en la ciudad costera, sólo le permitieron conciliar unas horas de sueño. Muy temprano empezó a recabar información. La ciudad de Melilla presentaba un aspecto desolador. En el rostro de las pocas personas que deambulaban por las calles se percibía el pánico y la incertidumbre del momento. Grupos de militares maltrechos iban y venían. A todos les hacía la misma pregunta:

—¿Conocéis a mi Aurelio, Aurelio Daza, del Regimiento de Ceriñola?

Siempre obtenía una negativa por respuesta. Por fin consiguió localizar a dos de los pocos supervivientes de la tragedia de Igueriben.

—Sí, el granadino, yo estaba en su destacamento —aseguró uno de ellos con semblante apenado—. Era muy bueno y simpático; continuamente animaba a los heridos y daba palabras de cariño a todos.

Le confirmaron que su hijo Aurelio había recibido un tiro en la frente nada más comenzar la evacuación del monte traicionero. José Daza se quedó inmóvil durante varios minutos, cabizbajo. Mil recuerdos confusos circularon por su mente.

—Toda una vida de lucha y calamidades y al final esto.

Solo la entereza de jornalero de la Vega de Granada le permitió a José, a sus setenta años de edad, digerir la noticia que presentía. La situación en Melilla era confusa y, además, poco segura, por lo que decidió regresar a Esculeto, el pueblo donde aguardaban sus tres hijas ansiosas de noticias. Pueblo situado en las proximidades de un río discreto, justo en el límite de la vega y el secano, de casas encaladas y de gentes emprendedoras y sacrificadas.

El día siete de junio unidades del Ejército habían conquistado el cerro Igueriben, posición rocosa, aislada y sin posibilidad de obtener agua. Desde el primer momento soportó numerosos ataques de las fuerzas del cabecilla traidor Abd-el-Krim, pero fue el diecisiete de julio cuando los rifeños iniciaron el asalto definitivo. Al amanecer, el montículo estaba cercado por las cabilas enemigas. Las provisiones procedentes de Annual, a cinco kilómetros de distancia, eran interceptadas en el camino. Los defensores de Igueriben, un ejército de campesinos mal equipados y peor preparados, se encontraban en una situación límite, sin alimentos ni agua, extenuados; sufrieron las torturas de la sed y llegaron a chupar la pulpa de las pocas patatas que aún les quedaban, bebieron el líquido de las latas de conservas, después la tinta y después sus propios orines mezclados con azúcar. Se echaban arenilla en la boca para provocar en vano la salivación y hasta se metían desnudos en los hoyos que hacían para sentir el pobre consuelo de la humedad.

Conforme avanzaban los días el número de bajas y de heridos era mayor. Los muertos no podían ser enterrados ni los heridos curados. La situación recrudecía por el implacable sol del Rif y el hedor de los cadáveres en descomposición, cuando no reventados por las altas temperaturas. Las ametralladoras dejaban de funcionar por falta de refrigeración. Hombres y armas se derretían. La artillería enemiga continuaba haciendo certeros blancos. Una granada explotó en la tienda de campaña habilitada para hospital y murieron más de treinta heridos que allí había. Los tiroteos constantes y las infiltraciones obligaban a los hombres a estar continuamente en las posiciones, sin sombra, bajo un sol abrasador.

El comandante Benítez, jefe de la posición, pedía por heliógrafo, desesperadamente, provisiones que no llegaban. Desde Annual les alentaban el día veinte para que resistieran unas horas más, a lo que Benítez respondía:

—Esta guarnición jura a su general que no se rendirá más que a la muerte.

Entre aquellos valientes se encontraba Aurelio, un joven sargento en cuyo corazón vibraba el amor hacia el que sufre y la renuncia del héroe. Cuando cumplió la edad para ingresar en el ejército se encontraba emigrado en Francia, a donde había marchado en su noble deseo de encontrar un porvenir más dichoso. Aunque había conseguido su propósito, al saber que la suerte le había señalado soldado se apresuró a regresar a España y una vez enterado de que había sido destinado a Melilla marchó directamente allí. El tren que lo transportaba de Granada a Cádiz pasó por el apeadero de San Pascual, próximo a su pueblo. Aquel día, en el cambio de agujas, el tren tuvo que aminorar la marcha. En ese momento, la ventana del compartimento en el que viajaba se abrió y dos monedas, dos “perras gordas”, volaron hacia un niño huérfano, acompañado de algunos familiares, que no tuvo problemas para recogerlas. Fue el último regalo material que le hiciera el hermano de su difunto padre. Aurelio era inteligente y estudioso y pronto logró ascender a sargento de Ceriñola, en cuyo batallón fue asignado a la avanzada y peligrosa posición de Igueriben, en la cual se inició la trágica odisea de aquellos desgraciados días.

Él era el que, después de batirse con temerario arrojo, elevaba el ánimo entre los hombres de su sección y acudía solícito al lado de los enfermos y de los heridos. Curaba las heridas de aquellos cuerpos, enjugaba el sudor de aquellas frentes y siempre tenía palabras de consuelo para todos.

—Esta herida va muy bien, Sevilla, pronto cicatrizará.

—La fiebre ha bajado y la carta a tu madre ya la he entregado al cartero —le decía a Eduardo mientras le secaba el sudor de la frente.

—Alegra esa cara, Baena, que me ha dicho el teniente que pronto llegarán refuerzos de Annual.

Cinco días duró el asedio. Al despuntar el último día salió de Annual una columna de tres mil hombres en un desesperado intento de desalojar Igueriben, pero la moral de los soldados estaba por los suelos y acabaron retirándose.

Recibieron, entonces, la orden de que pactaran la rendición, a lo que el comandante Benítez contestó:

—Como la tropa nada tiene que ver con los errores cometidos por el mando, dispongo que empiece la retirada protegiéndola la oficialidad. Los oficiales de Igueriben mueren pero no se rinden.

De los más de trescientos hombres que se encontraban en los inicios del asedio, apenas quedaba un centenar capaz de sostener un arma. Ni querían rendirse ni lo pensaban. Benítez distribuyó el dinero de la caja, quince mil pesetas, entre la estupefacta tropa con el encargo de reintegrarlas al regimiento si se abrían camino. Varios soldados se suicidaron.

A las dos de la tarde se organizó la evacuación. Los oficiales se quedarían a cubrir la retirada y los soldados intentarían romper el cerco para llegar hasta Annual.

Benítez transmitió su último mensaje a Annual:

—Sólo quedan doce cargas de cañón, que empezaremos a disparar para rechazar el asalto. Contadlos y al duodécimo disparo, abrid fuego sobre nosotros, pues estaremos revueltos con los moros.

El capitán Paz, artillero, tras disparar los últimos proyectiles, se quedaría en la posición para inutilizar los cañones. Así lo hizo y después se voló la cabeza.

El sargento Aurelio, responsable de la munición, recibió la última orden de su comandante:

—Veinte cartuchos por cabeza.

Era la única munición que quedaba. Cumplió con precisión la orden y al frente de su sección se dispuso a abandonar Igueriben.

—En mi pueblo deben cantar las chicharras y los vecinos se dispondrán a disfrutar de la apetecida siesta —pensó Aurelio mientras cargaba la bayoneta en el fusil.

Apenas se inició la evacuación, el enemigo, en considerable superioridad, irrumpió en la posición. Los españoles gritaban, corrían, disparaban sus fusiles Máuser y, en último trance, acuchillaban. Morían matando. Una bala traidora penetró en la sien de Aurelio y paró el curso de aquel noble corazón. Sucumbió casi la totalidad de la tropa, más de trescientos hombres.

A Annual llegaron con un esfuerzo sobrehumano los escapados de los espantos de Igueriben, arrastrándose, enloquecidos, pidiendo agua. No parecían seres humanos: ojos desorbitados, rostros terrosos, muecas dementes. Eran espectros y sólo diez o doce. Cuatro murieron, entre violentísimos espasmos, tras atracarse de agua desoyendo los consejos que recibían.

El recuerdo de su hijo Aurelio, tendido al lado de una peña, sobre un charco de sangre, cara al cielo, bajo el sol, el viento o la lluvia, le atormentaba. Dos años después, José Daza decidió volver a Melilla a recuperar el cuerpo de su hijo. Incluso pidió autorización para marchar solo al campo moro con objeto de darle sepultura. Todas las gestiones resultaron infructuosas. El cuerpo de Aurelio quedó a la intemperie, calcinado por el sol, como el de sus hermanos los soldados anónimos.

José, que estaba muy bien visto por sus convecinos entre los que gozaba de sobrada confianza, era un campesino instruido que al llegar a su casa tras las tareas diarias se sentaba a leer malas traducciones de Nietzsche y Tolstói que después comentaba en las veladas. De espíritu conciliador y solidario, contagiaba nobleza y generosidad. Anciano, seguía cultivando la tierra ajena, trabajando a diario porque tenía tres hijas que privadas de su amparo no tenían a quien volver los ojos. El recuerdo de su hijo Aurelio lo mantenía suspendido en la memoria.

La única recompensa que le sosegó fue el acuerdo del ayuntamiento de su pueblo, cinco años después, de colocar una lápida en honor a su admirable y admirado hijo en la casa donde había nacido en 1896. Sería un momento de tristeza por revivir tragedias pasadas, pero también de gozo y alegría por ver que la heroica muerte de su hijo serviría de ejemplo a cuantos aman a España. El acto se organizó solemnemente como una fiesta de amor a la memoria del héroe. Iba a ser un día de fiesta grande en el pueblo. Sería presidido por el teniente Casado, único oficial superviviente de Igueriben. Asistirían autoridades locales y provinciales que pronunciarían emocionadas palabras. La banda municipal amenizaría la ceremonia. Abundantes fuegos de artificio se prepararon para la ocasión. Dos días antes se colocó la lápida que descubriría José, pero ese mismo día se agravó la afección respiratoria que había padecido toda su vida y al día siguiente murió. Eso sí, con la placidez de haber visto la lápida que inmortalizaba el valor y la bondad de su hijo; y a la vez, la abnegación del venerable padre.

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