VIAJE A OTRA PARTE. Angles Valero Sanchis.

Era la madre que le hubiera gustado tener, empática, inteligente, valiente, creativa, generosa…se acoplaba fácilmente a todas las situaciones que se le presentaban, con esa sonrisa que lo llenaba todo. Su taller era como ella, esencial pero completo, cuando entrabas en él no podías evitar tocar el barro e intentar junto a ella hacer una pequeña pieza de cerámica.

Llevaba más de treinta años trabajando, se sentía libre, amaba al barro. Allí habían aparecido “sus Monstruos” entre el gres, la poesía y la musica; en el interior de sus esculturas dejaba grabados mensajes que solo ella conocía. Sus manos expresivas, fuertes, desgastadas, contenían las huellas dejadas por la tierra, esa materia llena de otras vidas, básico, primario, sencillo. Le habían operado de ambas manos en varias ocasiones; esta vez era la mano izquierda, no podía modelar y de nuevo decidió ir a pintar al estudio de Mery, una gran pintora.

Allí fue donde conoció a Trond

—¡Hola soy Alba le dijo sonriendo—, observaba el cuadro que estaba pintando, un paisaje en tonos grises y azules, bien entonados, a lo lejos una colina desdibujada y unas ruinas que sobresalían del fondo de un lago helado.

—Hoy es mi último día de pintura, le comentó al salir de clase—,si quieres te enseño el taller donde trabajo.

Al llegar le invitó a entrar mientras ella preparaba el té, le dijo que podía sentarse en la alfombra sobre algún almohadón. Trond observaba el taller, era grande y luminoso, la mesa de trabajo con distintos materiales para modelar: palillos, vaciadores, rascadores, alambres…En las paredes estanterías con bocetos de sus esculturas, cuadros, poesías escritas sobre papeles de colores, objetos encontrados, piedras con formas sugerentes… Entró al taller con una bandeja, llevaba la tetera y dos tazas de Raku hechas por ella, sentados sobre la alfombra colocó la bandeja y le habló del significado de la antiquísima Ceremonia japonesa del té, le explicó como se realizaba la cocción de Raku.

Sobre la mesa había una escultura sin terminar, cubierta por un plástico y una tela húmeda para evitar su secado, ella la destapó, del barro surgía una figura que intentaba salir alargando los brazos con sus grandes manos esperando que alguien le impulsara.

Le habló del proceso de su trabajo, del gres, de su magia, de cómo sus manos lo acariciaban para darle vida, así nacían “sus monstruos”, estaban ocultos dentro del barro, desnudos, fuertes, tiernos, expresivos, con grandísimas narices, sus ojos huecos, transparentes.

Alba analizaba con su mirada rápida y observadora a aquel hombre de edad madura, mucho más alto que ella, en su mirada veía algo extraño, sus puños apretados, sus movimientos denotaban rigidez. Pensó que podía ser timidez o quizás ese miedo que atenaza a algunas personas a mostrarse tal como son.

El le habló de su amiga Inger:

—Tan solo somos amigos, dijo—, vivía en Noruega, tenía una tienda taller de cerámica con un grupo de compañeras y quería venir a España para aprender nuevas técnicas ceramicas. Con esa forma de ser que tiene Alba, tan espontánea, generosa y en ocasiones arriesgada, se ofreció a ayudar a la amiga de ese nórdico casi desconocido. Intercambiaron los teléfonos,

—En cuanto averigüe algo te llamo—,

Habían pasado dos meses, era septiembre, Llamó a Trond, había encontrado el lugar perfecto para que su amiga hiciese un buen monográfico de ceramica, comenzaba a mediados de septiembre.

Inger llega la próxima semana, y piensa quedarse seis meses en España, vía Internet ha alquilado un loft pequeño en el centro de Valencia.

Fueron a recibirle al aeropuerto, era una mujer de unos sesenta años, su ropa un tanto estrafalaria y su pelo con dos mechones de color azul en el flequillo, sonriente y feliz abrazó a Alba fuertemente mientras—le decía con voz muy suave gracias, gracias—

Era la hora de comer, fueron a un restaurante entrañable, comieron en un pequeño jardín acompañados por glicinias y jazmines, un suave perfume lo envolvía todo. Pidieron el menú…le habló de la Escuela de Cerámica donde iba a hacer el monográfico, pensaba que le resultaría muy interesante, hablaban y comían simultáneamente.

Trond comía y bebía, estaba en silencio, seguramente no quería interrumpir su interesante y animada conversación.

Al terminar la comida Alba vio algo extraño en el rostro de él, un leve rictus en sus labios y su cuerpo con cierta rigidez como el día que fueron al taller.

Con Inger quedó a las 12 del día siguiente en la Escuela de Cerámica, quería presentarle al director y a los profesores, ellos le explicarían el plan de trabajo, empezaría ese mismo día.

Pasado un mes, habló con ella, estaba feliz y tremendamente agradecida, había conocido en la Escuela a dos ceramistas; Numa y Emília estudiaban el último curso de cerámica.

—Podríais venir a cenar a mi casa el próximo viernes, le dijo Alba—. Les preguntaré y te lo confirmo comentó Inger, aunque estoy segura que vendrán.

No era muy buena cocinera, preparó una cena sencilla y entrañable, ensaladas, tortilla de patatas …en la mesa velas, flores y una vajilla torneada por ella, de diferentes formas y colores.

Entre las cuatro se estableció rápidamente una corriente de confianza mutua enlazadas por el vínculo del barro, se fraguaba una gran amistad.

Esos encuentros se repitieron a lo largo de ese año, intercambiaban ideas, risas, pensamientos, libros, formas de vida, se conocieron.

Trond le había llamado en varias ocasiones, ese día le invitaba a cenar, accedió por no decirle de nuevo que no.

Tomó un taxi, vivía lejos de su casa. El portal estaba abierto, subió las escaleras y golpeó suavemente la puerta con los nudillos, Trond abrió, se saludaron con un apretón de manos, Alba dejó el bolso y el fular rojo en el vestíbulo. Pasaron al salón, era amplio, con muebles modernos, blancos y sencillos, en un lado un pequeño sofá rojo y una mesa de centro ovalada blanca, un buen equipo de música, se escuchaba la sonata “casi fantasía” de Beethoven, Alba recordó a su madre, había sido profesora de piano y era una de sus piezas favoritas.

La mesa redonda, situada en otra esquina del salón; un ramo de rosas rojas contrastaba sobre el mantel blanco, platos de porcelana con un filo dorado, cuatro copas, dos bandejas con distintas ensaladas y cuencos con salsas diferentes.

En la mesita supletoria, el cubo de hielo con varias botellas puestas a refrescar. Se sentaron a cenar, Trond abrió una botella de vino blanco, llenó las copas y brindaron, poco después Alba le preguntó si podía traerle agua, el vino le producía dolor de estómago y no quería beber.

—No te levantes—, fue a la cocina y volvió con una jarra de agua fría.

Comenzaron la cena con una agradable conversación, el estaba más comunicativo que en la comida que hicieron el día que llegó Inger, le habló de su trabajo, era Asistente Social en un centro público, estaba jubilado, tenía dos hijos y se había divorciado hacía tiempo, Alba sabía escuchar, también le observaba, parecía estar disfrutando, había tomado dos copas de vino, terminaron las ensaladas, dejó los platos sobre la camarera y salió de la cocina con una fuente de salmón.

—Es un plato muy característico de mi país, le comentó—, espero que te guste. Estaba delicioso, le dio las gracias por la cena tan especial que había preparado. Alba continuaba bebiendo agua, el insistía en ponerle vino cada vez que llenaba de nuevo su copa.

Pasaron al sofá, en la mesa de centro colocó las copas y sacó del hielo la botella de cava, llenó las dos copas, brindaron, ella tan solo se humedeció los labios, al fondo la música de Beethoven continuaba sonando…

Empezaba a sentirse inquieta, él no paraba de beber, comenzó a hablar con un acento extraño, sus ojos tenían una mirada maliciosa, parecía alterado, más tarde comenzó a hablar en noruego, pensó que seria una broma de mal gusto cuando… ¡de súbito! se lanzó sobre ella inmovilizando fuertemente su cuerpo con sus brazos, toda su cara tenía ahora un rictus de locura, Trond le sujetó la cabeza, quería besarle en la boca, su rostro estaba demudado, Alba aprovecho ese momento para darle una patada con todas sus fuerzas, le dejó inmóvil unos segundos y pudo soltarse, fue al vestíbulo, cogió su bolso, salió disparada.

En unos minutos ya estaba subida a un taxi camino hacia su casa.

¡No quería verlo nunca más!, estaba asustada, en su garganta el sabor salado de sus lágrimas .

A la mañana siguiente telefoneó a Inger, tenían que verse, quería contarle lo que había ocurrido, quedaron esa misma tarde a tomar un café.

Entonces supo que Trond había sido pareja de Inger durante dos años, lo había pasado muy mal, —es un tipo extraño, le dijo—, había empezado a beber, su personalidad cambió, era agresivo, rompieron la relación, sabía que había estado ingresado en una clínica, habían pasado más de veinte años de aquello y pensaba que estaba curado, se veían esporádicamente, de su relación tan solo había quedado una amistad. Sentía muchísimo lo que a Alba le había ocurrido, hablaría con él.

Durante unos meses temía encontrarlo, le daban miedo las personas que se transformaban en otras, que perdían el control y eran agresivas.

Hubo un encuentro “casual” e inesperado, se encontraron cerca de su casa, el estaba muy delgado, la ropa descuidada, su mirada perdida, parecía que había pasado una eternidad, Trond le miro en silencio unos instantes, le dijo que se iba a vivir a Tenerife, ya no soportaba esta ciudad.

Eso fue todo.

—No volvió a verle—.

Emilia le llamó iban a hacer una cena de despedida a Inger, en unos días volvía a Noruega.

—¡El tiempo había pasado rapidísimo !—, deseaban reunirse las cuatro.

Dos días más tarde, a las seis, estaban todas en casa de Emília y Numa, habían preparado un maridaje de comida francesa y argentina magnífica . Sus conversaciones eran como siempre fluidas y espontáneas, Alba propuso hacer una exposición conjunta en Noruega y empezaron a planearla, Inger vivía en una ciudad cerca de Oslo, conocía varias galerías de arte, seguro que podremos hacer la exposición ¡Estaban ilusionadas!

Pensaron un tema común, al fin decidieron cada una presentar lo más significativo de sus obras. Tenían un año por delante para prepararlo todo.

Pasado un mes Inger había localizado una galería para la exposición en Hamar, la ciudad en la que vivía.

Ahora tenían que ponerse manos a la obra, había mucho trabajo por hacer, se reunieron varias veces, ya sabían que la galería era grande y tendrían que llevar bastante obra. Les quedaban aún casi nueve meses de duro trabajo. Cuando ya estaba todo preparado, fotografiaron cada pieza e hicieron su curriculum. La exposición era en marzo, un mes antes ya estaban las obras embaladas, y preparadas para el transporte. Las enviaron directamente a la galería.

Era principios de marzo, cuando llegaron al aeropuerto de Oslo, Inger estaba esperándoles, hacía mucho frío, todo estaba nevado, cargaron las maletas en la furgoneta y en una hora estaban en su casa, sobre la mesa, la cena que les había preparado, era muy tarde, estaban muy cansadas, esa noche durmieron las tres en el mismo dormitorio.

Por la mañana planearon el día, irían a visitar la galería, era una antigua granja convertida en sala de exposiciones, allí embaladas estaban las obras de las cuatro, las fotografías y los curriculum, la galería era grande, disponía de cuatro salas comunicadas entre ellas y con muy buena iluminación.

Más tarde, Inger les llevó a conocer la ciudad, allí había nacido la escritora y premio Nobel en 1928 Sigrid Undset, fueron a visitar su casa natal recién restaurada, de madera, con sus recuerdos, impresionante, Alba había leído algunos de sus libros no hacía mucho, su descripción era lo que estaba viendo.

Se acercaron a ver al lago Mjøsa era el más grande y profundo de Noruega, estaba helado, hacia más de 80 años que no había ocurrido algo similar, bicicletas e incluso alguna moto lo recorrían.

Ellas no pudieron evitar recorrer una parte y tumbarse sobre el lago helado, unas ruinas sobresalían sobre el hielo, Alba recordó sobrecogida el cuadro que Trond pintaba en la academia donde se conocieron; ¡ahora le tenían le tenía pavor!

Pasaron dos días montando la exposición, colocando las piezas, orientando las luces … llegó el día de la inauguración. Alba había salido a comprarse algo de ropa de abrigo, estaba pasando mucho frío y buscaba algo especial para esa noche.

La inauguración era a las 18 horas, todo estaba nevado, era la hora y Alba no había llegado, le llamaron por teléfono, no lo cogía, esperaron quince minutos más, la galería estaba llena, las copas con zumos ya estaban preparadas, la galerista comentó, que tenían que empezar. De nuevo le llamaron, el móvil estaba desconectado, a las 20,30 no había aparecido, se asustaron, era muy extraño. Fueron al hospital y no estaba, recorrieron la ciudad con el coche, todo estaba cerrado, no le encontraron, se acercaron al lago, nevaba, la noche era tan oscura que no se veía más que un espacio helado infinito.

Fueron a la policía, era ya muy tarde. Amanecía a las 5 , a esa hora comenzaría la búsqueda.

Les telefonearon a las 7 de la mañana, dos personas habían visto a una pareja caminando por el lago sobre las 3 de la tarde, la descripción que habían aportado sobre Alba coincidía, le habían visto con un hombre alto, delgado,

—No podía ser! Trond no estaba en Noruega, no vivía aquí—¿habría vuelto? Sabían el miedo que le tenía Alba.

La policía, decidió entrar en el lago con sus motos de nieve, llegaron hasta las ruinas semi sepultadas por el hielo, habían encontrado en el hielo resquebrajado un fular rojo, bajaron de las motos, anduvieron unos metros.

Detrás de una roca, en las ruinas que sobresalían del hielo, aparecieron dos cuerpos ensangrentados.

Estaban abrazados, Alba con un disparo en el corazón, Trond en la cabeza, el arma permanecía en su mano.

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