¿Y SI HUBIERA DICHO NO? Patricia Díaz-Caneja Sela

  • ¡Uy! Qué niña más ..
  • No quiedo dadte un beso. Estoy jubando -Dijo la niña
  • Hay que obedecer a los

Los mayores casi nunca dicen cosas bonitas cuando les dices la palabra no. Además, la palabra obedecer es importante, porque siempre la dicen muchas veces, y muchas veces cuando están enfadados. Pensaba Ana.

Así que Ana miró a su abuelo, que ahora estaba muy serio. Le dio un tímido beso. No sabía lo que significaba la palabra maleducada pero intuía que debía de ser algo malo. A partir de entonces, la pequeña Ana dio besos a todo el que se lo pedía. Parecía que eso funcionaba, porque se alegraban y decían cosas como ¡Qué niña más guapa!, y ella cada vez se sentía más orgullosa.

En el día de su cumpleaños, cinco años más tarde, su madre le preparó una gran fiesta. Globos de colores por todas partes, primos, abuelos… Ana estaba contenta, pero también se sentía algo abrumada. Era una niña tímida, cuyas mejillas se sonrosaban a menudo.

Odiaba que se lo dijeran, porque entonces se ponía aún más colorada.

Su tío le ofreció un vaso con algo naranja con burbujitas. Ana lo cogió y, al llevárselo a los labios, sintió en su nariz pequeños pinchacitos y un sonido raro. Le devolvió el vaso a su tío rechazando la bebida. Su madre le había puesto un vestido blanco con florecitas para la ocasión, y le había hecho unas trenzas de espiga, que ató con lazos azules que resaltaban el color de sus ojos.

  • Ay que probarlo todo. Ya verás como te gusta. -Insistió el

Es un pesado, pensaba la niña. Además, ¿por qué hay que probarlo todo? ¿Y si no quiero?

En el cole nos han dicho que los refrescos no son buenos. Además, a mamá no le gusta que bebamos eso. Dice que tiene mucho azúcar.

– ¡Bah! – dijo el hermano de su madre. – Tu madre no tiene ni idea. Además, ella no se entera. ¿No ves que no nos mira? Hazme caso. Prueba un poco.

Ana buscó a su madre entre la gente y, en efecto, no la vio. Le molestaba hacer algo que su madre desaprobaría. Ella adoraba a su madre. Pensaba que era la mejor madre del mundo, la más divertida, la más guapa. Bebió de nuevo. La bebida refrescante pasó por su garganta. Efectivamente picaba. Sabía a azúcar pero casi nada a naranja. No le gustó, pero se la bebió entera porque había que obedecer.

A los trece años, el chico popular del colegio la invitó a dar un paseo en su moto.

¡Es guapísimo! Mi padre no me deja ir con él en moto, pero no se va a enterar.

Ana aceptó feliz, y caminaba como un gallo junto a él. Los pantalones ajustados la hacían más esbelta, y su melena rubia, recogida en una cola de caballo, prolongaba su de por sí largo cuello. Le gustaba ir agarrada a él en la moto, podía oler su cuello, sentir su calor.

Se sentía segura, mayor, importante. Pararon en un lugar precioso y se bajaron de la

 

moto. Él pasó su brazo por la espalda de ella, y un leve cosquilleo recorrió su cuerpo. Era agradable. Muy agradable. Sus rostros se rozaban, podía sentir la dureza de su cara con algo de barba. Él se giró despacio, le acarició la cara. Sus manos eran suaves. Dirigió su cabeza hacia la de Ana, despacio. Sus labios estaban a punto de encontrarse.

¡Dios mío! ¿Iba a besarla?

Movió ligeramente su cara, separándose de él. Sintió el rubor en sus mejillas, el calor que llegaba. Había humedad en sus axilas. La excitación cada vez era mayor, pero ahora había también una presión en el pecho, en la boca del estómago. Sentía como si sus genitales estuvieran hinchándose. No quería que cesara. Sin embargo, mil pensamientos llegaban a su mente.

Si lo rechazo, quedaré como una pudorosa monjita. Nunca he besado a nadie. ¿Y si no lo hago bien? ¿Se estará aprovechando de mí? Total, por probar no pasa nada. Hay que probarlo todo. Alguna vez tendré que hacerlo. ¿Qué pensará mi padre? ¿Y si me rechaza? ¿Y si piensa que soy una maleducada?

Se separó un poco.

  • Anda, dame un
  • No sé…
  • Si no, ¿para qué hemos venido?
  • Bueno, yo pensaba ..
  • Anda, cállate y

La agarró de la cintura, se acerco a ella. Ella giró su rostro hacia el de él y permitió que sus labios se unieran… Fue maravilloso, pero le quedó una duda. ¿Y si hubiera dicho que no? ¿Por qué ella nunca dice no?

Cuatro años más tarde, no le pidieron un beso, ni un vaso de refresco.

  • Así aguantarás más y trabajarás más concentrada. -Le dijo el jefe del bar donde

Ahora no aparecieron los pensamientos ni las preguntas. No hubo espacio ni tiempo para la reflexión. Había aprendido a ser educada, a ser cortés. A probar de todo. Sabía que cuando alguien te ofrece algo es más cómodo aceptar. Siempre había sido así. Desde que tenía uso de razón, decir que no le daba problemas. La gente no suele aceptar un no por respuesta, y además te piden explicaciones. El sí es más fácil. Así que Ana dijo simplemente:

  • ¡Ah!, muchas gracias. -Y como si fuera una experta, cogió el billete de 10 euros enrollado que le tendía su jefe, se lo colocó en su orificio nasal derecho mientras se tapaba el otro con el índice de la mano izquierda. Aspiró el polvo y sintió algo interesante: era una excitación diferente a otras, euforia, bienestar, alegría, energía. Su corazón latía con más fuerza, y sintió muchas ganas de

Aquella noche Ana trabajó como nunca, repitió la operación varias veces. Al día siguiente amaneció con el maquillaje de ojos corrido en la casa de su jefe.

Han pasado diez años. Hoy llueve en la ciudad. El día está oscuro aunque son las tres de la tarde. La gente camina por la calle. Se van a trabajar, pasean… Nadie mira hacia un pequeño portal de una casa en obras. Hay un bulto tras unos cartones. Un montón de ropa amontonada. El portal está grafiteado y tiene manchas de orina de perros y seres humanos. Hay alguna lata de cerveza tirada en el suelo. En realidad huele mal, pero todos pasan sin darse cuenta.

 

Una mujer pasea despreocupada con su perro. Va escuchando un podcast en su móvil. Su perro se acerca al portal, olfateando, ella escucha el podcast. Su perro hace pis sobre uno de los papeles tirados. Sigue oliendo. Ella continúa con su podcast, aunque ahora se da cuenta del olor tan desagradable que sale del sucio portal. Tira de su perro para salir, pero su perro insiste en ir hacia el montón de ropa que hay tras los cartones.

La mujer le sigue, y entra un poco más. Su perro no hace pis en el bulto, pero se comporta de un modo extraño. Comienza a ladrar. Se aleja, se acerca. Es inusual.

Una punzada atraviesa la base de las costillas de la mujer, que ahora se ha quitado los auriculares. Una horrible intuición le llega. Se acerca. Aparta con el pié lo que parece un saco de dormir… y ve un rostro.

Es una mujer. Una mujer de unos 30 años. Duerme. ¿O no? Está muy blanca. Podría estar plácidamente dormida si no fuera porque no está dormida.

Ana había continuado sin decir que no. Ana había dicho sí a todos los hombres que le pidieron cosas. Había dicho que sí a todo cuanto le ofrecieron.

Ahora, tirada en un portal, tampoco habría dicho que no a un bocadillo, ni a una cerveza. Pero esta vez le habían ofrecido otra cosa.

En realidad le habían pedido y ofrecido muchas cosas desde que tenía aquellos 3 añitos, cuando su abuelo no quiso aceptar el no de su nieta. Ni su abuelo, ni su tío, ni su amigo del colegio, ni su jefe sabían del destino de Ana.

Ninguno sabe que ahora está tirada en un sucio portal, por fin descansando. No saben que sonríe, ni que su rostro muestra paz. En realidad hace años que no saben nada de Ana.

Hoy nadie sabe quién fue esa chica indocumentada cuyo cuerpo descansa en el portal. Nadie recuerda hoy su carita de pecas, sus trenzas rubias, su sonrisa cuando te miraba. Nadie sabe que le gustaba leer, que mordía los lápices mientras pensaba cómo hacer las sumas que le mandaban en el cole. Nadie conoce esa anécdota en la que Ana fue al circo, y cuando tocaba la orquesta salió a bailar despreocupada. Nadie sabe que esa niña aplicada que soñaba con ser maestra descansa ahora sucia sobre un roído colchón.

El chico popular que invitó a salir a la alegre niña de la clase del al lado nunca la olvidó, pero nunca se enterará de que esa guapa rubia y deportista se ha convertido en un cuerpo flaco con dientes podridos.

Los sanitarios que la recogen no saben que fue nieta, hija, amiga, sobrina y prima. No saben, ni les importa, que sacaba sobresalientes, que amaba a los perros, que hacía unos bizcochos buenísimos y que cuidó a su madre hasta que ésta murió, cuando ella tenía sólo 16 años.

No saben que creció rodeada de chantajes emocionales, ni que fue una niña tan obediente, que obedeció incluso cuando el sí la destruía.

No saben que fue un ángel en vida, y que ahora es un ángel en muerte. Pero… ¿y si Ana hubiera dicho no?

pensamientos de 3 \"¿Y SI HUBIERA DICHO NO? Patricia Díaz-Caneja Sela\"

  1. Cierto que nos enseñan desde la más tierna infancia a no decir que no por no defraudar a los adultos.
    Es una historia desgarradora pero cierta en la sociedad en le que vivimos, hace años fueron las drogas hoy las redes sociales y mañana qué?

  2. Me ha parecido una historia en un principio tierna y poco a poco se veía venir el final desgarrador, me ha gustado, una historia que muchos jóvenes y adultos debían leer, les ayudaría a pensar …» hay que saber decir no «, quizás la educación tendría que enseñar a pensar.
    Felicidades por tu historia

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