30 DIAS – Zaira María García Sosa

 

Celia jamás olvidó aquella fría mañana de principios de marzo en la que tropezó de frente con su propia ingenuidad. Con su manera fácil y estructurada de entender el mundo. Solo un segundo bastó para que se vinieran abajo los pilares sobre los que había cimentado todo su proyecto de vida.

 

Cuando sonó el despertador a las siete en punto de la mañana nada presagiaba el terremoto que se acercaba. Si no hubiera decidido tomarse un par de horas libres, no hubiera llegado a casa antes de tiempo y no habría descubierto que Mario la engañaba.

 

En ese momento solo pudo pensar en correr. Huir tan rápido como su mente se lo permitiese. Aún no sabía que el dolor es más veloz y la estaría esperando. Durante mucho tiempo ese instante lo abarcó todo. Inundó todo su espacio, todo su mundo.

 

Ese fue el punto de inflexión. El momento que la rompió por dentro hasta el punto de no quedar nada por reconstruir. Ruinas de la persona que fue. Escombros de emociones y sentimientos encontrados.

 

……….

 

Los primeros días transcurrieron en medio de una niebla espesa que no le permitía ver con claridad. El teléfono no paraba de sonar. El nombre de Mario aparecía continuamente parpadeando en la pantalla, intentando explicarse. Cientos de mensajes pidiendo que se perdonara lo imperdonable. Suplicando olvido para la deslealtad más absoluta.

 

Celia estaba perdida. Tanto que no recordaba ningún otro momento que ella, una mujer independiente y decidida, no hubiera sabido afrontar. Supuso que era su marido la fuente de esa fortaleza. Recordó que siempre había estado a su lado, casi desde niños; que era su mejor amigo, su amante, su confidente, su persona favorita para todo. Y supuso equivocadamente también que, sin él, siempre se sentiría como en ese momento.

 

La primera semana se quedó sola en casa. Sentada en el sofá de rayas azules que Mario y ella habían comprado dos veranos atrás cuando redecoraron el salón, abrigada con la manta de chenilla que trajeron como recuerdo de su viaje a Moscú, mirando con lágrimas en los ojos la fotografía tomadas en las playas de Tulum durante su luna de miel.

 

La autocompasión fue la reina de la casa hasta que, días más tarde, Celia se atrevió a empezar a contar lo que había sucedido. Le daba tanta vergüenza que al principio no era capaz de verbalizarlo. Puede parecer contradictorio, pero la vergüenza es un sentimiento común cuando, estando tan rota, llegas a creer que eres responsable de lo sucedido. Cuando sientes en lo más profundo de tu ser que si hubieras sido suficiente, si hubieras llegado a lo que se esperaba de ti, aquello no hubiera ocurrido.

 

Sacó la poca valentía que le quedaba para hacer frente a su familia y amigos. Para contarles que iba a separarse de Mario porque ya no le quería. Qué se le va a hacer… cosas que pasan. Y se inventó la mayor patraña jamás contada para salvar la poca dignidad que le quedaba.

 

Todos la apoyaron, por supuesto.

 

  • Hoy en día ya nadie aguanta – decía su madre.

 

Con su padre apenas intercambió un breve lo siento, hija. Su mejor amiga le dijo que podía contar con ella para lo que hiciera falta. Y ahí acabó la exposición pública de su vida privada.

 

Después de superado aquel agónico trance, era el momento de plantearse dejar la casa en común. Aquellas paredes rezumaban recuerdos, retales de una vida que ya no le pertenecía y que le dolía. Así que durante la segunda semana Celia se dedicó a embalar, entre arrebatos de rabia y llanto. Alicia, se llamaba… la imagen de su marido con aquella desconocida volvía a su cabeza una y otra vez. Alicia.

 

Era el momento de la tortura autoinflingida. Aquella voz chillona que no conseguía sacar de su cabeza y que le hacía creer que debía saber todo de la persona que había arruinado su existencia. Entonces fue ella la que llamó, la que creía que necesitaba saber más detalles escabrosos, ver las fotos publicadas en redes sociales. Estaba convencida de que así iba a entender cómo había sido posible que el hombre que amaba se hubiese fijado en otra mujer.

 

………

 

 

Aquella segunda semana fue la peor de todas. La obsesión se había apoderado de su voluntad. No podía pensar en otra cosa y lo peor es que era totalmente consciente. Se torturaba intentado averiguar en qué momentos su marido le había mentido, cuándo había aprovechado alguna ausencia suya para dar rienda suelta a sus instintos.

 

La ansiedad había hecho acto de presencia y ya no podía comer ni dormir. Decidió tomarse unos días libres en el hospital. En aquel estado no podía atender a sus pacientes. Y eso fue peor. Se encerró en su casa a lamerse las heridas, sin responder siquiera a las llamadas de la gente que se preocupada por ella.

 

Alicia… En su pequeñez recién adquirida le parecía la mujer más alta y rubia del mundo. Sumida en su total ausencia de autoestima decidió que debía ser una persona inteligente, divertida y… deportista. Sí, debía ser eso. A ella nunca le había gustado el deporte y seguramente Mario lo echaba en falta. Toda su desgracia había sido por culpa de su poca destreza para las actividades deportivas. Toda una serie de ideas absurdas como aquella la asaltaban continuamente.

 

Celia no se daba cuenta de que era una mujer espléndida a sus treinta y largos. No lo veía. No veía lo increíblemente hermosa que era por dentro y por fuera. No veía a la médico competente y exitosa en que se había convertido. No veía lo importante que era en la vida de sus amigos para los que siempre estaba. No veía que era el pilar fundamental en el que se apoyaban sus padres. Siempre dispuesta, amable, cariñosa, inteligentísima. No veía nada de nada. Solo la insignificancia más absoluta frente a la rubísima Alicia.

 

 

 

 

Fue preciso llegar a la tercera semana para que Celia pudiera al menos atisbar la salida de aquel túnel oscuro por el que llevaba días transitando. Cuando ya no hubo nada que averiguar, cuando las redes sociales ya no daban para más, cuando las discusiones telefónicas con Mario eran totalmente infructuosas; fue entonces cuando desde el fondo más oscuro comenzó a recomponerse una nueva persona. Otra mujer empezaba a resurgir.

 

Aquel lunes Celia dejó por fin el cálido nido compartido para lanzarse a su nueva aventura vital. Dejó que sus amigos la ayudasen con la mudanza y ocupó su nuevo refugio. Consiguió ilusionarse con la luz de su nuevo hogar, haciendo suyo aquel espacio tan impersonal antes de su llegada. Colocó sus recuerdos más queridos, se fue de compras, se rio a carcajadas con su mejor amiga mientras se probaban gafas de sol en un centro comercial, y compró comida china para cenar.

 

Su nueva casa le gustaba. Por primera vez tenía un espacio propio. Un lugar arreglado a su medida en el que sentirse a salvo, en el que no tenía que rendir cuentas a nadie, y eso le gustó. Allí Mario no era nadie. Por primera vez.

 

De vez en cuando la asaltaban aquellos horribles ataques de llanto, seguidos de una angustia que dolía como pequeñas dentelladas en el alma, sobre todo por la noche; cuando la ansiedad daba paso al insomnio. Pero afortunadamente aquellos arrebatos empezaron a ser cada vez menos frecuentes a medida que se iba acercando la cuarta semana.

 

 

………..

 

 

Celia estaba de buen humor por primera vez desde aquella espantosa mañana. Había pasado el fin de semana viendo películas románticas con su mejor amiga. Riendo y llorando juntas cuando hizo falta. Hay amistades que sanan y Silvia era una de ellas. Tenía mucha suerte de que formase parte de su vida.

 

Así que el lunes de la cuarta semana decidió que era hora de volver al trabajo. Ya había descuidado durante muchos días a sus pacientes y ella siempre había sido una persona responsable y cumplidora. Se vistió con esmero y al mirarse al espejo reparó, después de muchos días, en su aspecto. ¡Por dios! Estaba horrible. Había descuidado su bonita melena castaña y las pocas canas que tenía empezaban a hacer su aparición, no se había depilado ni hecho la manicura, y unas ojeras oscuras enmarcaban sus preciosos ojos verdes.

 

Se maquilló sutilmente para conseguir adecentar algo todo aquel desastre y antes de entrar en el hospital pidió hora en el salón de belleza para aquella misma tarde. Estaba extrañamente contenta y los siguientes días volaron empujados por el viento de aquella euforia.

 

Hasta que llegó el fin de semana y se derrumbó. Es extraño cómo podemos pasar de la alegría al llanto, y viceversa, cuando la inestabilidad gobierna nuestro barco. La mente nos juega malas pasadas con el único fin de poder sobrevivir. Sólo para poder seguir adelante.

 

Pero aquel momento desgarrador que Celia tuvo que atravesar, aquel desierto árido en el que tuvo que aventurarse sola, era necesario para poder llegar a su oasis personal. Había que sanar esa herida y transitar por ella con el alma al aire era la única cura.

 

Pasado aquel momento Celia durmió casi todo el día. Era domingo y podía permitírselo. Descansó profundamente, reconfortada por un sueño plácido y reconstituyente.

 

Y llegó el lunes. Habían pasado treinta días. Se levantó lentamente, como un oso que despierta de su letargo. Se desperezó ampliamente y fue al baño. Al mirarse al espejo fue como si hiciera mucho tiempo que no se veía. Era su rostro, su pelo, pero no era ella. Al menos no la Celia de siempre. Era una mujer nueva, renacida de sus propias cenizas. Se sentía fuerte, empoderada, espléndida.

 

Pensó en Mario y su recuerdo se desdibujaba. Se miró al espejo y sonrió.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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