BELLA. Francisca Huelamo Medina

En el cielo de animales se vivía muy bien, jugabas con otros perros, chapoteabas en los riachuelos, comías todo tipo de fruta que caía de los árboles…en resumen era el paraíso, qué os voy a contar.

A pesar de todo, Bella sabía que, ante una llamada de ayuda como la que estaba sintiendo en ese momento, no podía hacer otra cosa que prepararse para volver una vez más. Presentía que esta ocasión era la que esperaba desde hacía tantas vidas para conseguir su objetivo, tres karmas que liberar seguro que sumarían muchos puntos.

Así que se preparó, se fue a una planicie en la que había un manantial de agua clara y fresca, se sumergió en él y sintió cómo desaparecían sus recuerdos, y con ellos sus emociones y apegos. Al salir del agua supo que su alma estaba preparada para comenzar de nuevo el camino.

En ese preciso instante en la Tierra, en la habitación de una acomodada casa Barcelonesa, Lucas, un niño de 10 años, se tapaba los oídos lo más fuerte que podía, para no escuchar los insultos que sus padres se proferían. Sollozando y pidiendo al Niño Jesús, que por favor cesaran los gritos, se quedó profundamente dormido.

En sus sueños apareció una perrita blanca, peluda, guapísima que corría hacia él y al alcanzarlo le lamía las lágrimas haciéndolo entender que no estaba solo, que ella lo acompañaba y que a partir de ahora jugarían y compartirían cuanto él necesitase.

Los golpes desesperados en la puerta de su habitación lo despertaron.

–¡Lucas, hijo, abre la puerta por favor!, ¿estás bien?

–Trae algo para romper el picaporte Miguel, ¡date prisa! –suplicó Rebeca a su marido, el cuál con la cara desencajada, salió pitando a por un martillo.

El niño todavía medio dormido abrió la puerta, salió con los ojos hinchados de tanto llorar, y se abrazó a su madre. La tristeza, la culpabilidad y el alivio de ver que Lucas estaba bien, se reflejaban en su rostro y se juró con firmeza, que nunca volvería a hacer pasar a su hijo por esa situación.

Las nubes se habían despejado y la mañana parecía anunciar un misterio por desvelar. Rebeca salió a comprar harina, huevos y chocolate para hacer el postre preferido de Lucas, quería compensarlo de alguna manera por el sufrimiento que le provocaban con sus continuas disputas.

Al doblar la esquina se encontró con Paloma, una amiga de toda la vida.

–¡Rebeca! cuánto tiempo, cómo me alegra verte, ¿qué tal va todo?

Llevaba en sus brazos una perrita que miraba con ojos enormes a Rebeca. Una energía especial recorrió todo su cuerpo y al mismo tiempo el vello se le puso de punta. Tenía pánico a los perros desde que era una niña.

 

Nunca había dejado de recordar cómo un día cuando iba al colegio, un galgo la persiguió y después de correr y tropezar para que no la alcanzase, se le subió encima, al menos así lo recordaba ella. Quizás –pensó ahora en un golpe de consciencia–, solo quería jugar.

Desde entonces no podía ver un perro ni a un kilómetro de distancia, daba igual el tamaño o la raza. Esa era la razón por la que se había negado durante años a la insistente petición de Lucas de tener una mascota en casa.

–¡Hola Paloma!, nosotros fenomenal, ¿y tú cómo estás?

Por un instante, Rebecca, solo percibía el movimiento de labios de Paloma sin escuchar ni una palabra de lo que decía. Solo la mirada iluminada y llena de amor del cachorro, que estaba arropado con una manta blanca, ocupaba todo su espacio y sintió que había aparecido en su vida una señal que no podía dejar pasar.

La voz de Paloma la devolvió al momento presente.

–Pues como te decía, Luna, mi perra, ha tenido camada y ésta es la más pequeña de los cachorros, parece incluso un poco enfermita. He ido al veterinario para que la examinase, pero la consulta está cerrada; en fin, que no sé qué hacer con ella, es la última que me queda por colocar…

–Me la quedo –contestó Rebeca casi de forma automática.

–Pero ¿qué dices? ¡si tienes pavor a los perros desde que te conozco!, ¿estás segura?

–Nunca he tenido algo tan claro en mi vida, Paloma, y no me preguntes por qué.

–Pues no se hable más, es tuya, recuerda que tienes que ponerle las vacunas.

Paloma y Rebeca se despidieron y la sensación de tener aquel ser blandito y precioso entre sus brazos fue una experiencia reveladora de que algo esencial empezaba a suceder. La llamaremos Bella –pensó–, porque siento que algo bello va a traer a nuestras vidas.

Lucas saltaba de alegría, no podía creer lo que estaba viendo. Reía y corría de un lado a otro siguiendo los pequeños pasos de Bella. La felicidad de Rebeca al ver el entusiasmo de Lucas superaba el miedo que trataba de ocultar.

Si soy capaz de quitarme para siempre esta fobia, sé que podré superar todo en la vida – se dijo– y corrió a abrazar a Lucas deseando jugar con los dos.

La puerta de la entrada sonó y Miguel llegó al salón con cara de sorpresa al escuchar las risas y los ruidos poco habituales que provenían de la estancia.

–¿Qué es esto? No me puedo creer que hayas traído un perro a casa Rebeca, sabes que no vas a poder convivir con él, y después va a ser peor.

–No, Miguel, lo voy a conseguir, créeme y Lucas está feliz. Ven mira qué cosa tan bonita.

 

–Hola, pequeña…–dijo Miguel sin cambiar el gesto. Besó a Lucas y rozó los labios de Rebeca con aire serio.

–Voy a cambiarme.

Demostrar sus sentimientos no era el fuerte de Miguel, nunca lo había sido.

Los días pasaban y el ambiente en sus vidas era cada vez un poco más alegre. Lucas deseaba llegar a casa al salir del colegio para sacar a pasear a Bella junto a sus padres, nada podía divertirle tanto como correr tras ella y tirarse al suelo juntos dando volteretas.

Bella crecía desprendiendo esa energía tan especial que durante muchas vidas había ido acumulando en su alma, si bien en ocasiones, su instinto natural la llevaba a intentar hacerse con los mandos en cuanto veía la ocasión, ladrando y saltando encima de quién tuviese cerca.

Ese comportamiento, de cuando en cuando, sin poder evitarlo, despertaba de nuevo en Rebeca la emoción de terror que sintió cuando era niña…

–Creo que me estoy arrepintiendo, Miguel, no sé si voy a poder superarlo; Lo siento mucho pero quizás debería hablar con Paloma para ver si puede volver a quedarse con Bella – comentó Rebeca con angustia en uno de sus peores días.

Cómo si hubiese comprendido cada palabra, Bella, se tumbó a sus pies, le lamió los zapatos y luego buscó su mirada con esos ojos infinitos del primer encuentro. Entonces Rebeca, de una forma inexplicable, entendió claramente lo que Bella le decía sin palabras:

–No te rindas, vamos a darnos esta oportunidad. Yo también te necesito para cumplir mi objetivo de evolución en esta vida.

A partir de ese momento la fobia de Rebeca desapareció por completo. Entraba en los parques de perros y los acariciaba, manteniendo cierta precaución, disfrutando de ese placer que se había negado durante tantos años.

Los paseos de los cuatro juntos al atardecer se empezaron a convertir en uno de los mejores momentos del día. Mientras Lucas y Bella jugaban, Rebecca y Miguel hablaban de lo que habían hecho durante el día en el trabajo, y las broncas y las salidas de tono, empezaron a dejar paso a las charlas, las confidencias y los momentos íntimos.

Tanto Miguel como Rebecca y Lucas se comunicaban con Bella casi como si fuese humana. Parecía que todo lo entendiese. No eran necesarias instrucciones precisas, captaba el sentido de las frases y obedecía todo cuanto se le decía.

Lucas estaba venciendo su timidez, se había vuelto mucho más sociable y alegre, le encantaba que sus amigos viniesen a casa y que todos juntos jugasen con su perrita. Bella siempre lo hacía con cuidado, intentando no despertar ninguna sensación de peligro, y para ellos era una más del grupo.

La relación de Bella con Miguel también era especial, la cuidaba, le daba de comer, la peinaba y la lavaba.

 

–Pero qué bonita eres, ven aquí princesa, deja que te seque bien el pelo para que no te salgan heridas –por alguna razón Bella permitía que él pudiese expresar todas las emociones positivas que sentía.

Rebeca incluso había llegado a sentir celos de los piropos y palabras cariñosas de su marido hacia Bella –quizás porque echaba de menos que se las dijese a ella–. Sin embargo, estaba feliz porque percibía, por primera vez desde que conocía a su marido, que él podía sacar lo que llevaba dentro y eso al final se extrapolaba de forma positiva a todos los ámbitos de su vida, incluyéndola a ella.

Así la relación entre el matrimonio continuaba mejorando, tenían sus días, como todos, pero la luz de la perrita alumbraba toda la casa y sus corazones parecían haberse limpiado del rencor y de los malos recuerdos.

Una mañana al sonar el despertador, Bella no fue corriendo a la cama de Lucas a despertarle. Rebeca escucho la respiración entrecortada de su perrita y despertó a Miguel angustiada.

–Algo pasa, Miguel, despierta, ¡Bella no puede respirar!

Miguel se levantó sobresaltado y se acercó a la perrita para ver qué ocurría. Ella lo miró a los ojos y él comprendió. Miguel escucho internamente la voz de Bella que le hablaba:

– Todo está bien, no te preocupes, ya he cumplido mi misión. Ahora solo necesito despedirme de toda la familia. Gracias por cuidarme con tanto amor, recuerda que ese sentimiento está en ti, incluso cuando me vaya.

–¡Vamos, Miguel! –repetía Rebeca mientras se vestía a toda prisa– acabo de llamar a urgencias y me han dicho que vayamos para allá ahora mismo.

Miguel despertó a Lucas para que toda la familia estuviese unida, acompañando a Bella.

–Las pruebas son concluyentes– dijo la veterinaria de guardia con los ojos empañados en un brillo que la delataba. Conocía a Bella desde que era una cachorrita y sabía que era un Ser muy especial.

Rebeca, Miguel y Lucas no podían creer lo que escuchaban. Bella casi sin poder mantenerse en pie lamía los pies del niño y miraba a Miguel y Rebeca con una energía que destilaba tranquilidad y agradecimiento. Era mutua…

Se fueron los cuatro a un parque cercano y allí pasaron unos minutos en silencio, sintiéndose, despidiéndose y acariciando a Bella que estaba tumbada en el suelo con una respiración cada vez más superficial.

–Vamos, preciosa –dijo Miguel– y los cuatro caminaron juntos de nuevo a la clínica.

Había pasado un mes desde que Bella marchó de nuevo al cielo de animales, pero su energía seguía con ellos. Sabían que ella había transformado sus vidas y se lo agradecían con una sonrisa llena de amor siempre que la recordaban.

Miguel entró por la puerta y llamó a Rebeca para saber si ya estaba en casa.

 

–Rebeca, cariño, ya estoy aquí.

–¡Hola, Miguel!, ven tengo que enseñarte algo, ¡deprisa!

Miguel siguió a Rebeca hasta el salón sonriendo por la alegría y la ilusión que veía en su rostro.

–¡Estoy embarazada, Miguel! –le dijo enseñándole un predictor.

Él la abrazó y los dos sintieron una energía de paz ya conocida que les recorrió el cuerpo…y el alma.

En ese mismo momento… en el cielo de animales, Bella se preparaba de nuevo, feliz por haber conseguido por fin un salto en su evolución.

–Allá vamos –dijo llena de ilusión, expectante por la nueva experiencia…e impaciente por el reencuentro.

pensamientos de 13 \"BELLA. Francisca Huelamo Medina\"

  1. Relato profundamente sentido. Tiene diferentes lecturas y nos permite sentirnos empaticos con la narración. Despierta ternura, evoca recuerdos vividos en los que te sientes identificado y además tiene un gran sentido de humanidad. Gracias por tu relato lo he disfrutado.

  2. ¡¡Bellísima historia!! Daya, tienes esa virtud de poder poner todo el sentimiento en cada una de las palabras que escribes…¡¡Felicidades!!😘🥰

  3. Me ha hecho recordar los 16 años que también me dio mi perrita. Su representación de hoy es un arbolito donde yace a sus pies. El amor hacia los animales nos enriquece. Tu relato es bello, como Bella y así como ella eres tú, Daya, que has aparecido en mi vida para enriquecerla. Gracias😍

  4. Daya me has metido tanto a la historia que no he podido evitar llorar, reír y recordar a mis perritos que me han acompañado en mi vida! Gracias por compartir este talento guardado que no te conocía! Eres grande! Te mando un abrazo fuerte!!🙏❤️🙌

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