CITA EN EL CAFÉ DE ORIENTE – Mª Lucía Martín García

Son las cinco de la tarde de un sábado de primavera. En el Café de Oriente de Madrid hay una mesa reservada a nombre de Sofía, que ha citado a sus cuatro hermanas para pasar un rato con ellas y de paso comunicarles algo.

Durante su niñez y adolescencia la relación entre las cinco hermanas fue muy buena. Sin embargo, una serie de desencuentros ocurridos desde el fallecimiento de su padre las había alejado hasta tal punto que estaban unidas solamente por la sangre que corría por sus venas. Por motivos que Sofía nunca supo, Carmen y Elena (las dos hermanas mayores que ella) la alejaron de su madre en los últimos años de la vida de ésta. Cuatro años más tarde, Socorro (la menor de todas) la separó de su hija para siempre en cuanto ésta terminó sus estudios universitarios.

El sufrimiento por estas pérdidas fue tal que acabó siendo operada de un tumor no maligno. Su fe en Dios y el amor hacia su hijo fueron la mejor medicina para resurgir de sus cenizas. Después de recuperarse de la operación estaba decidida a vivir. Porque, como ella dice a sus amigas y a su hijo, «para eso hemos nacido.»

Una de las decisiones más importantes que tomó fue descasarse. Su matrimonio se asemejaba a un elástico pasado. Sí, esos elásticos que parece que sujetan la ropa, pero a la mínima de cambio la ropa se cae.

Solamente quince días después de haber logrado la libertad que nunca tuvo en su vida, conoció a Lorenzo y su blanca sonrisa. Una blanca sonrisa que ilumina su rostro color canela y sus ojos negros oblicuos. Lorenzo había sido en su niñez y juventud un atleta. Había estudiado una ingenieria y había trabajado en buenas empresas. Pero con la crisis económica que asoló su país vino a España para trabajar y ofrecer a sus hijas una vida digna, aunque fuese lejos de su país de origen.

Veinte años después Lorenzo tiene planeado volver a su país en unos meses, donde vivirá hasta el resto de sus días. Sofía sabe que para entonces, lo único que la ligará a España será España. Por eso ha decidido irse con él. Ambos se sienten jóvenes y con fuerzas para empezar una vida juntos en otro país.

Pero, antes de irse y de no volver a ver más a sus cuatro hermanas, quiere despedirse de ellas. Las está esperando, algo nerviosa, pero las quiere ver. Quiere decirles que las quiere. Solamente eso.

Como hace años que no hablan entre ellas, no se pueden imaginar lo que Sofía les va a comunicar. Alguna de ellas, piensa que Sofía, al haberse divorciado y no tener trabajo, les va a pedir dinero para pagar algún gasto elevado para su maltrecha economía.

Pasan ya varios minutos de la hora de la cita y no viene aún ninguna de ellas. Sofía se ha tomado ya dos cafés. Mira el móvil por si hay alguna llamada perdida o algún mensaje. No ha recibido nada.

Por fín llega Sonsoles, que como siempre aparece con una preciosa sonrisa y sus brillantes ojos color verde lago. Ha venido en taxi, porque las piernas ya no la obedecen para caminar tan rápido como ella quisiera.

Sonsoles la besa, la abraza. Y se pone a llorar amargamente. Entre las dos no tienen suficientes pañuelos para limpiar sus lágrimas. Sonsoles siempre ha ayudado a los demás. De las cinco hermanas es la que más ha sufrido el desamor de sus padres. Quizá por eso padezca esclerosis múltiple. Es una luchadora desde pequeña. Ganó la batalla a las amigdalitis después de muchos años de padecerlas. Sonsoles es la única hermana que nunca ha hecho daño a Sofía. Es más, cuando Sonsoles nació Sofía tuvo muchos celos de ella. Y tardó años en apreciarla tal como es.

Después de calmarse, Sonsoles pide un vaso de agua. Sofía le ofrece más cosas. Pero Sonsoles solamente toma agua. Llora porque está convencida de que Sofía les va a decir que tiene una enfermedad grave. Pero no se lo ha dicho ni a Miguel, su marido. No puede más con la intriga de su hermana. Sonsoles siempre ha admirado a Sofía.

Un cuarto de hora más tarde llega Socorro, con cara de pocos amigos. Sus ojos son grandes, marrones. Su mirada es inquisitorial casi en todo momento. Parece que intenta hacer demostración de su fortaleza. Al ver a Sofía le sonríe. Pero solamente con la boca. Sus ojos se mantienen como he dicho, inquisitoriales. Y da un beso al aire. No roza la cara de Sofía, como si se tratase de un ser totalmente ajeno a ella. Pero esto a Sofía no le duele, ni le sorprende.

Pasada una hora llega Elena con un paquete para Sofía. La abraza como si supiese que ésta se va para siempre. Los grandes ojos azules de Elena se reflejan en los ojos grises de Sofía. Nadie puede calcular cuál de las dos llora más. Elena la abraza y abraza. No se quiere despegar de ella. Sofía se acuerda entonces de cuando no se querían separar ni para dormir en un campamento de verano en Motril. Cuando las separaban lloraban.

Sofía pregunta a Elena si sabe cuándo vendrá Carmen. Elena le dice que no va a venir. Carmen falleció hace una semana. Sofía se cae al suelo al saberlo. Siente una opresión en el pecho muy fuerte.

Unos minutos después, Socorro le pregunta bruscamente a Sofía cuál es el motivo de citarlas a las cuatro. Le pregunta socarronamente si le ha tocado la lotería.

Sofía, acostumbrada ya a su forma de tratarla, le contesta que es para despedirse de ellas para siempre. Les dice que ha encontrado al mejor hombre que ha podido encontrar en la tierra. Les dice que no es español. Y que como él ha decido irse a su patria, ella le acompañará.

En ese momento Sonsoles le dice que ella también quiere irse. Que no quiere pasar más tiempo sin su compañía. Le suplica que no la deje sola en España. Sofía le pregunta por su marido. Sonsoles le dice que su marido falleció la Nochebuena de hace dos años. Deciden que se irán las dos con la agradable compañía de Lorenzo.

Los meses siguientes pasaron volando aún más deprisa que los años anteriores. De repente estaban ya dentro del avión rumbo a Quito. Después de diez horas, llegaron a su destino. Al bajarse del avión, Sonsoles empezó a notar cómo su cuerpo mejoraba en movilidad.

Los esperaban en el aeropuerto los padres de Lorenzo y alguno de sus nueve hermanos con parte de sus familias. La calidez de sus palabras era el preámbulo de la nueva vida que los esperaba.

Lo mejor estaba por llegar aún. Unos días después, cuando ya estaban viviendo en su nueva casa, recibieron la llamada de Sofía hija. Su llamada era para pedir perdón a Sofía por los años de desprecios continuados. Sabe que su madre tardará en perdonarla. Pero Sofía siempre perdona. Sofía no odia, en su corazón solamente hay agradecimiento por vivir, ganas de vivir.

Meses después Sofía hija llegaba a Quito en representación de la cadena hotelera para la que trabaja. Ella nunca le agradeció a su madre ese puesto de trabajo, pero sabe que su madre tuvo mucho que ver en que ella lo encontrara.

Empezaba por tanto una nueva vida en el nuevo mundo que descubrió Colón. Sofía vivió junto a Lorenzo el resto de su vida. Cada mañana agradecía a Dios por todo cuanto le había dado, sin ella merecerlo.

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