DIAS DE LUZ – M. Rosa Alej López Capa

Hay días llenos de luz, esos que brillan y te ofrecen un sinfín de alegrías. Hoy para Lidia era uno de esos.

Al salir de la oficina observó a un grupo de personas en la recepción que no conocía, dos hombres y una mujer. La mujer hablaba muy seria con la directora general de la empresa y los otros dos hombres se mantenían tras ella como auténticos guardaespaldas. Tenían pinta de policía, eso se nota, pero no le dio mucha importancia, hacía unos días habían robado en el cuarta planta del edificio, en el departamento de contabilidad y supuso que vendrían a resolver algún cabo suelto.

Lidia salió como cada día en dirección al gimnasio, la encantaba ir después del trabajo para liberar el estrés y tonificar su esbelta figura.

  • Buenas tardes – dijo Lidia al entrar en la
  • ¡Que pronto vienes hoy! – se extrañó Andrés.
  • Tienes razón, hoy me he escapado un poco antes – sonrió

Al acabar su rutina diaria solía quedarse una rato a charlar con Andrés, el responsable de sala y además uno de sus mejores amigos. Desde niños habían vivido en el mismo barrio y habían crecido juntos. Incluso llegaron a tener un pequeño romance de adolescentes, nada importante. Con los años Andrés se había convertido en un confidente y fiel amigo.

  • Parece que vas con prisa- comentó Andrés.
  • Si, hoy llega Edu de viaje y estoy deseando llegar a
  • Dale recuerdos y dile que tenemos una caña pendiente.
  • Se lo diré, pero yo también me apunto, ya sabes que esos ratos me encantan

– respondió risueña Lidia.

Andrés y Edu habían congeniado muy bien, al principio le costó. Andrés siempre la había protegido de sus ligues y ninguno le parecía lo suficientemente bueno para ella, pero con Edu era distinto. Se llevaban bien.

 

Edu viajaba mucho por motivos de trabajo, en esta ocasión llevaba tres semanas fuera y a Lidia cada vez se le hacía más pesada la espera.

Desde el portal pudo oler ese aroma que tanto la excitaba, el perfume de su chico se podía percibir en todo el recinto. Un hormigueo recorrió su estómago, subió las escaleras de dos en dos, abrió la puerta y allí estaba él. Tan sexy como siempre, incluso más, cada vez que volvía le veía más guapo y atractivo. Se miraron, sonrieron y él se acercó despacio hacía ella. La agarró por la cintura y la besó con dulzura. Cómo le gustaban esos momentos después de tantos días sin verse. Casi no hablaban sólo se miraban y disfrutaban el uno del otro. Esa noche hicieron el amor como nunca y cayeron rendidos hasta el alba.

Por las mañanas, amaba observarle mientras dormía, admiraba su frondoso pelo moreno y esa barbita de unos días que la volvía loca, sentía mucha paz y serenidad, eso que tanto le había costado conseguir. Miró el reloj y se levantó corriendo, se dio una ducha rápida, intentó disimular con maquillaje las ojeras de una noche de pasión y se calzó su traje favorito. Hoy brillaba con una luz especial. Desde hacía un tiempo siempre lo hacía pero hoy si cabe, un poquito más.

 

Al llegar al despacho la invadió una sensación extraña, había mucho revuelo y la puerta del despacho de Amanda, la directora general de la empresa, estaba entre abierta. Al llegar a su puesto, el teléfono de Lidia comenzó a sonar:

 

  • Buenos días Amanda, ¿en qué puedo ayudarte?
  • Buenos días Lidia, acércate a mi despacho, unos señores quieren hablar
  • Ahora mismo voy – respondió inquieta

Al entrar en el despacho de Amanda todos se levantaron, había una mujer y dos hombres. Los mismo que había visto el día antes en la entrada del edificio.

  • Inspectora Ruiz, está es Lidia Oliveira, responsable del departamento de publicidad de nuestra empresa, lleva con nosotros alrededor de diez años y es una de nuestras mejores empleadas- afirmó contundente Amanda- estoy segura de que les ayudará en todo lo que

Amanda salió del despacho cerrando la puerta tras de sí y dejando a Lidia a solas con los tres policías.

  • Señora Oliveira, solo queríamos hacerle unas preguntas Nos consta que hace unos años usted salía con este hombre. – dijo la inspectora a la vez que sacaba una foto de su bolsillo.

Al mirar la foto Lidia empalideció, toda la luz que brillaba hoy en su rostro se desvaneció en un momento. Su corazón se aceleró y sus manos empezaron a temblar. No le salían las palabras.

  • ¿ Conoce a este hombre, verdad? – insistió la inspectora.

Lidia se recompuso y pudo contestar con firmeza.

  • Claro que conozco a este hombre, solo que pensé que no volvería a verle. Es Martín de Solorzano Domínguez, fue mi novio durante tres años y lo último que sé de él es que me dejó unos días antes de nuestra boda y se fue del país sin más explicaciones. Ni siquiera tuvo valor de mirarme a los ojos mientras lo hacía. Me mando un mensaje y desapareció. No se que habrá hecho ahora pero no me
  • Hacer, ha hecho poco desde hace aproximadamente diez años. Han encontrado su cadáver en un descampado cerca de aquí. Al hacer la excavación para construir un edificio nuevo unos obreros han encontrado unos restos óseos. Al analizarlos, coinciden con los de Martín, su novio. Es probable que le mataran el mismo día que desapareció.

Lidia no daba crédito a lo que estaba escuchando, aquello que pensaba guardado en lo más profundo de su ser, volvía a perturbarla de nuevo. Superar ese momento había supuesto muchos años de terapia y trabajo personal y no podía dejar que aquel hallazgo lo echara todo por tierra.

  • Lo único que sé es lo que les acabo de contar – afirmó
  • ¿Por qué no denunció su desaparición?
  • Pensé en hacerlo, pero el mensaje era bastante claro, no quería saber nada de
  • ¿No insistió, ni le llamó, ni quiso saber más sobre la ruptura, su paradero, su nueva vida?, ¿ de verdad no quiso saber nada más?

Lidia empezaba a sentirse incómoda y no sabía muy bien como continuar esa conversación, se sentía acorralada .

Un silencio invadió la estancia y todas esas preguntas quedaron sin respuesta.

  • Muy bien señora Oliveira, si recuerda algo más de aquella época póngase en contacto con nosotros. De todas formas es probable que volvamos a hablar, le rogaría que estuviera localizable- concluyó la

Lidia salió del despacho, acompañando a los policías a la salida y decidió tomarse el resto del día libre. Tenía que pensar y estudiar como iba a cambiar su vida a

 

partir de este momento. Todo lo que había construido se derrumbaría como un castillo de naipes. Todo por lo que había luchado se perdería en un momento. Tenía que fingir que no había pasado nada y que todo estaba igual que ayer. Nadie de su entorno podía notar nada.

Así lo hizo, los días siguientes transcurrieron con total normalidad, trabajo, gimnasio y ratitos de disfrute y pasión con Edu, hasta que una tarde en el gimnasio Andrés se acercó sigiloso a ella.

-Ya lo sabe – le dijo Andrés al oído.

Su cuerpo se estremeció, y la pesa que tenía Lidia en la mano cayó al suelo, provocando un gran estruendo. Las personas que estaban en la sala giraron su cabeza hacía la posición de ambos. Pero enseguida siguieron cada uno a lo suyo.

  • No se de qué estas hablando – dijo Lidia con voz
  • Si lo sabes, y ha llegado el momento de que se sepa la verdad.
  • Aquello pasó hace mucho tiempo y no tiene sentido que se sepa ahora. Los dos hemos rehecho nuestra vida y nos va bien. No tiene sentido , no tiene sentido – repetía Lidia sin cesar.

Andrés cada vez estaba más cerca, podía sentir su aliento en el cuello. Cada vez más cerca.

  • Tu has rehecho tu vida, y yo tengo que verte cada día con otro hombre, feliz y pletórica, pero con Pensé que si hacía aquello por ti, tu me lo agradecerías eternamente y serías mía. Solo mía. Y no lo cumpliste, hicimos un trato y no lo cumpliste.
  • Yo no te pedí que lo mataras, yo no quería que hicieras eso.
  • Pero lo hice y no te importó, es más, te gustó, te le quité de encima y no dijiste nada. Y ahora él también lo sabe.

En ese mismo instante la puerta de la sala se abrió y apareció Edu y la inspectora Ruiz.

 

Mª Rosa López Capa Mayo 2021

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