EJERSICIO FINAL. Mª del Carmen Gomez Aristu

En una cálida mañana de verano de mil novecientos setenta, cuando contaba con seis años de edad, sería víctima de un tremendo engaño.

Sin desayunar y con los ojos aun pegados, mamá me dijo que visitaríamos a un doctor que estaba en la ciudad.

Con toda mi inocencia, le pregunté el motivo y la respuesta fue clara y concisa: “Enfermas con mucha frecuencia de la garganta”.

Mi hermana Ana también me acompañaba. Aunque yo era la mayor de las dos, ella siempre me cuidaba como lo haría un ángel de la guarda.

Llegamos al centro de la ciudad y aparcamos en la misma puerta de la consulta. Recuerdo que mi madre conducía un Mini Cooper de color rojo, que le había obsequiado recientemente mi padre; el trayecto fue corto.

Ambas hermanas subimos muy ligeras unos escalones anchos de riga que, daban paso a la sala de espera situada en el primer piso de un edificio antiguo; mamá nos seguía más despacio.

 

Enseguida salió a nuestro encuentro un hombre delgado con bata blanca, que nos sonreía, y exclamó: ¡Qué niñas más guapas y obedientes han venido hoy a verme!”.

Nosotras, ante tanto halago nos miramos divertidas y le dimos las gracias por los piropos.

Cuando llegó mi turno, pasamos a un cuarto luminoso y blanco, de techo alto, donde me sentaron en una poltrona fría y recia; la enfermera, por orden del doctor, comenzó a sujetarme las muñecas y los tobillos con unas tiras de cuero.

Me estaban atando, no entendía por qué y tampoco podía hacer nada; para más inri, me colocaron en la boca un artilugio parecido a un megáfono, con instrucciones de aspirar lo más profundo que pudiera.

Comencé a sentir que me desvanecía: ¡Me habían anestesiado para quitarme las amígdalas!

A partir de esa intervención, según me explicó mamá después, ya no tendría más infecciones y mi calidad de vida mejoraría.

Realmente se produjo en mí un gran cambio: ya no me fiaría de los extraños, había conocido la falsedad y la traición; un sentimiento de humillación, hasta entonces desconocido, me acompañaría durante un largo periodo.

Ahora, bajaba mareada y dolorida aquellas escaleras, agarrada de las manos por mi hermana y mi madre, quién me la apretaba bien fuerte.

“¡Mentiroso, idiota, eres bobo!”, gritaba yo desde la calle al hombre que me había hecho daño y que también me había engañado.

Para mi asombro veía cómo, asomado por la ventana, se reía pues le hacían gracia mis pequeños insultos; entonces lloraba más.

Siempre destaqué por ser una niña sumisa, obediente, tranquila y risueña pero aquel día me pusieron a prueba y habían sacado lo peor de mí.

El siguiente recuerdo que tengo fue verme ya en casa, y a mis familiares alrededor de la cama, esperando a que me despertara para agasajarme.

Con la intención de animarme un poco, me dieron una gran noticia: era conveniente que tomara mucho helado para bajar la inflamación de la garganta. Lo tomé al pie de la letra y me atiborré; abusaba del buen corazón de mis padres y de todos los que me visitaban a quienes pedía sin cesar que me trajeran mucho helado.

Con el tiempo pasaría el berrinche, pero no el recuerdo que aún aflora a su antojo y me conmueve.

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