EL AFFAIRE DE LAS VACUNAS. M. Luisa García-Ochoa

Hay veces que una cuenta una historia a alguien y no sabe muy bien por qué. Pero allí estaba yo, frente a Tulio, al que acababa de conocer, narrándole un episodio insólito de mi vida.

Llevábamos más de tres horas esperando a que arreglaran una avería del avión y pudiéramos embarcar y volar a nuestro destino. En aquella sala del aeropuerto internacional Bangui M´Poko, en el corazón de África, nos tenían enclaustrados. No había ventanas, tan solo una puerta por la que habíamos entrado y otra por la que se accedía a los cuartos de baño.

Tulio volvía a su tierra, Rio de Janeiro, tras una década en la que había recorrido varios países africanos dedicado a trabajar en una investigación sobre el gran pulgón pardo de los sauces.  Le reclamaban desde el Instituto Oswaldo Cruz, conocido internacionalmente por sus pesquisas en enfermedades tropicales. Como no entendía muy bien qué relación había entre su investigación y el Instituto, le pregunté si en su país había pulgones y sauces. Él me contestó que no, pero parte de sus planteamientos servían como patrón para combatir plagas que sufrían las plantas carnívoras.

Cada vez estaba más perdida.

– Pero, las plantas carnívoras y los pulgones se alimentan de insectos, ¿no? – pregunté.

– Sí, en principio las plantas carnívoras se alimentan también de pulgones, pero éstos se reproducen a gran velocidad y la planta termina esquilmada por el pulgón.

– ¿Y no hay solución?

– Sí, poner un criadero de mariquitas.

Sentí pena por las plantas carnívoras.

Tulio sabía mucho de bichos, yo también, aunque de diferente clase.

– ¿Vas de vacaciones a Rio? – me preguntó.

– Bueno, no exactamente, pero intentaré darme un baño en Copacabana- contesté.

Me miró con cara de interrogación, pero no tenía mucho sentido contarle que mi trabajo en la ONG había finalizado y que me buscaría otro trabajo en un lugar más civilizado. Así es que heme aquí intentando volar al primer sitio que encontrara, a Rio de Janeiro, tras tres jornadas de ardua caminata.

Entró un empleado del aeropuerto comunicándonos que habían arreglado la avería del avión. Podíamos embarcar. Nos esperaban diez horas de viaje.

Por fin subimos al avión y fue entonces, sentados uno junto al otro, cuando me preguntó si trabajaba en una ONG. Cuando le contesté afirmativamente me pregunto cual había sido mi tarea.

Mi cometido, como enfermera, era poner vacunas en una pequeña aldea a la que me destinaron. Al jefe de la tribu, un holandés convertido, no le gustaba que yo hiciera mi trabajo y me vi obligada a huir de mala manera porque me perseguía un grupo de sus secuaces para transformarme en árbol.

El resto de los miembros de la ONG se desentendieron, el único que me echó una mano fue el hermano David que supo inmediatamente el peligro que corría.

– Pero ¿qué trabajito te encargaron? – me preguntó Tulio.

– Vacunar a la población- respondí.

– Pero, si estabas ayudando.

– Ellos querían quedarse con las vacunas y venderlas en el mercado negro- respondí.

– ¿Y qué hiciste?

– Coger la mochila y las vacunas y salir por la noche. Al llegar a la ciudad le di las vacunas al hermano David. Él me había sacado el billete para viajar y aquí estoy.

Seguimos charlando durante más de una hora. Tulio me comentó que tenía ganas de ver a su familia y de comenzar en su nuevo trabajo.  Me preguntó por los míos, los míos me habían dejado hacía cinco años, murieron en un accidente de coche.

Nos dieron un piscolabis y me quedé un buen rato dormida. Estaba rendida por el viaje a pie durante tres días y por la tensión. Me acordé de Sor Elvira, que intentaba finalizar la construcción de una leprosería a pocos kilómetros de donde yo estaba, toda una heroína.

Cuando me desperté, comprobé que Tulio no estaba sentado a mi lado. Asomé la cabeza para comprobar dónde podría estar. El avión estaba a oscuras y era grande. No se le veía. Aproveché para ir al baño. Me refresqué la cara y me lavé las manos.

Sentía un fuerte dolor de cuello, era el comprobante de haberme quedado dormida cuatro horas con la cabeza malamente apoyada en la ventanilla. Me estiré para desentumecerme y salí del baño en dirección a mi asiento.

Me quedé paralizada en mitad del pasillo al comprobar que Tulio estaba hablando con alguien que me sonaba mucho, uno de los secuaces de Manfred Beenhouwer, el carnicero.

Con un gran esfuerzo llegué a mi asiento, ¿qué hacía Tulio conversando con aquel hombre? Quedaban tres horas para aterrizar y decidí leer un poco. En mi mochila de mano, mi único equipaje, llevaba el libro de Szymborska que me había comprado antes de ir a África, me encantaba su poesía y tenía que reconocer que era uno de los elementos que me había salvado durante mi estancia en el poblado. Intenté tranquilizarme antes de que Tulio viniera. Saqué a Szymborska y abrí por uno de sus poemas.

 

La bomba explotará en el bar a las trece veinte,

Ahora apenas son las trece dieciséis.

Algunos todavía tendrán tiempo de salir.

Otros de entrar.

 

Dios mío Wislawa qué poemas escribes, pensé, mientras sostenía el libro entre mis manos temblorosas.

Repasé mi conversación con Tulio. Era todo falso, seguro, ni le reclamaban desde el Instituto Oswaldo Cruz ni entendía de plantas carnívoras ni de pulgones.

Los auxiliares de vuelo iniciaban su recorrido por el pasillo para ofrecer un café. Tulio se acomodó en su asiento sonriente y dándome los buenos días. Yo disimulé mi miedo contestándole.

– ¿Has dormido algo?

– Poco, en los aviones no suelo dormir.

– Te has encontrado con alguien conocido, ¿no?

– Sí, un colega. Quizá tú le conozcas porque vive por la zona por donde tú has estado.

Tragué saliva y le contesté que no me había fijado.

– ¿Café o té? – preguntó la azafata.

Tomamos el pequeño refrigerio y simulé leer. No podía concentrarme, había contado a Tulio toda mi vida y era uno de ellos, estaba convencida. Todo lo que me había relatado era mentira y se había enrollado conmigo mientras esperábamos embarcar con un fin muy concreto: controlar todos mis movimientos. Claramente no estaba a salvo, seguían persiguiéndome.

Me acordé del hermano David, que me había dicho que avisaría por radio para que me recogieran en el aeropuerto a mi llegada. Ahora él también estaba en peligro, sabían por mí que las vacunas estaban en su poder. Cuando llegara, no sabía quién estaría esperando, seguramente alguna persona de la embajada y tendría que pedirles que rápidamente se pusieran en contacto con él para que estuviera al tanto. Esta gente no se andaba con chiquitas. No se me va de la cabeza el muñeco con alfileres que me encontré en mi cabaña cuando aquella noche me disponía a descansar. Por supuesto que no me acosté, cogí mi mochila y las vacunas y hui. Desconozco por completo las técnicas vudú, pero sé que no son nada bueno.

Pasé varias hojas del libro. No levantaba la cabeza. Tulio sacó la revista que todos los aviones llevan en la bolsa del asiento delantero, publicidad de viajes y de objetos susceptibles de adquirir para llevar, comer o beber. Creo que pensó que no tenía ganas de hablar, o, lo que es peor, intuía que estaba mosqueada. Así que, haciendo un esfuerzo ímprobo, comencé a hablarle como si nada.

– Tulio ¿tú no estás cansado?

– Un poco, tengo ganas de llegar.

– Yo también, aunque, cuando lleguemos serán las seis de la tarde en Rio, deberíamos resistir hasta la noche para dormir.

– ¿Dónde te alojarás?

La pregunta me dejó muda, pero, tras tres segundos, reaccioné.

– Por la zona de Botafogo. ¿Por dónde vives tú? – pregunté para cortarle su curiosidad.

– En Niteroi, no estamos cerca- contestó con simulado tono de pena.

– Bueno, podemos quedar para vernos- contesté sabiendo que me exponía a lo peor.

– Sí, ¿tienes móvil?

– No, lo siento, dame el tuyo y te llamaré- contesté viendo el cielo abierto.

Volví a abrir mi libro para intentar concentrarme en algún plan. Alguien me esperaría a mi llegada y tenía la ventaja de no haber facturado ninguna maleta, tan solo llevaba mi mochila de mano, así que, mientras todos esperaban en la cinta para recoger su equipaje yo saldría como un rayo.

Determiné no perder de vista la presencia de Tulio para controlar si volvía a encontrarse con el secuaz del carnicero.

Tardamos en salir porque el avión iba bastante lleno. No quise comprobar a qué distancia me perseguían, mientras no saliera del aeropuerto estaba a salvo. Intenté ir muy atenta y tranquila.

Me despedí de Tulio cuando las indicaciones de Recolha de bagagem y Saida eran diferentes. Pasé el control de pasaportes con bastante celeridad a través de unas máquinas destinadas a identificarte.

Salí apresuradamente a la sala. Había una gran cantidad de personas esperando a pasajeros. Tras una barrida visual, vi un cartel con mi nombre. Lo sostenía en alto un señor con traje elegante. Esperaba que fuera de fiar. Me dirigí a él y me identifiqué. Me estrechó la mano, anunciándome que pertenecía al consulado español, Pedro Lafuente. Emprendimos la marcha hacia la calle, fue entonces cuando me percaté de que dos personas nos seguían, no íbamos solos. Nos sentamos en los asientos traseros del coche, un Mercedes magnífico. Delante iba un conductor que me saludó. Las dos personas que nos seguían montaron en otro coche menos lujoso que se encontraba detrás.

No nos pusimos en marcha inmediatamente, esperamos un buen rato.

– Me preocupa la seguridad del hermano David…

Pedro Lafuente me cortó.

– El hermano David está a salvo y usted también, no se preocupe. Lo tenemos todo controlado. Esperamos aquí dentro por seguridad. Las dos personas del coche de atrás son policías, están al tanto de todo. Vigilamos a dos personas que han viajado con usted en el avión, queremos comprobar que las detienen.

– ¿Dos personas? – inquirí muy nerviosa.

– Sí, dos, uno brasileño y otro africano, saldrán juntos, seguramente. Los tenemos identificados.

Pedro Lafuente sacó del bolsillo interior de su traje dos fotografías que me mostró. Casi se me para el corazón al comprobar que una de las fotos era de Tulio y la otra era la imagen del africano con el que habló en el avión, el secuaz del carnicero.

Por el espejo retrovisor vimos como salían flanqueados por la policía y los introducían en un furgón.

Seguro que Tulio no tenía ni idea del gran pulgón pardo de los sauces. Me sentía derrotada, necesitaba pegarme una ducha y descansar un poco.

Salimos del aeropuerto Santos Dumont y nos dirigimos a Lagoa. El gran piso destinado a invitados de la embajada me esperaba. A las nueve me vendrían a recoger para cenar en casa del cónsul, tenía tiempo suficiente para ducharme y descansar un poco.

Tina, la secretaria del cónsul me trajo un vestido decente. Todo estaba previsto.

A las once, después de cenar, daban la noticia en la CNN. En varios puntos del continente africano habían sucedido una serie de robos de vacunas que la Organización Mundial de la Salud había hecho llegar a través de varias organizaciones no gubernamentales, también involucradas en el robo.  Se habían producido muchas detenciones y el caso seguía abierto. El affaire de las vacunas.

Pedro Lafuente y el propio cónsul me dieron la enhorabuena, mi buena forma física y mi valentía me habían salvado de una muerte segura. Sería recompensada por ello.

Pedro me llevó a la casa para que descansara. En el camino me preguntó si me gustaría quedarme en Rio, tenían trabajo para mí. Antes de acostarme, desde la terraza, observé la hermosa laguna Rodrigo de Freitas, realmente bella.

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