EL DESTINO. Luis de Dios.

El destino siempre está en entredicho, y hoy un recién nacido acabará en un contenedor de basura a la espera de la salvación o del olvido.

Marta no irá hoy al colegio. El sudor recorre su cuerpo y le duelen las encías a rabiar. Durante horas ha llorado de dolor y cada espasmo, cada desgarro, se tatuó en todas las partículas de su organismo con una violencia desconocida. Pensó que gritar la delataría, así que mordió una toalla mientras empujaba aquella vida que resbaló por el suelo de la bañera, ensangrentada de líquidos y placenta.

A Sebastián le duelen las rodillas al levantarse de la cama cuando comienza a anochecer. Le pesa el cuerpo antes de tomar el primer café, que lo mantendrá desvelado mientras recoge los desperdicios que sus conciudadanos producen diariamente. Cuando besó a su esposa sintió una profunda tristeza aferrar su corazón y, sin atreverse a mirar aquellos ojos desdichados, salió de la casa con el propósito de hacer su trabajo, regresar y abrazarla un día más.

—Te traeré un regalo —dijo, intentando sacar un resquicio de alegría a su mujer.

—No hace falta, no necesitamos nada —Al escucharse tragó saliva y sintió su boca agria.

Sebastián cerró la puerta con cuidado. Bajó las escaleras pensando en las arrugas que habían irrumpido en el rostro de su esposa en estos últimos meses.

Cuando Marta envolvió en toallas mojadas a su recién nacido, no quiso mirarlo atentamente, ni limpiarlo con orgullo, ni susurrarle un nombre. Tan solo lo envolvió y lo dejó  en el suelo. Con una energía adolescente limpió y fregó todas las pistas de aquel parto. Fue difícil mantener aquellos últimos ocho meses en secreto. Le ayudó a ceñir el vientre una vieja faja de su madre y  vestirse con enormes jerseys con estampados de manga japonés.

Tratando de hacer el mínimo ruido posible, metió al bebé en su mochila escolar. Sus padres dormían profundamente cuando ya andaba veloz por la calle, todavía oscura.

La ruta de un camión de basura es siempre la misma. Sebastián se sentía mayor al saltar sobre el asfalto. Su trabajo consistía en retirar la tapa, arrastrar el contenedor de plástico y colocarlo en los brazos mecánicos del camión. Al presionar el botón rojo, observaba la maquinaria elevar el cubo por encima y girarlo dejándolo boca abajo. Los residuos eran arrojados en las entrañas del vehículo.

Al volver a subir a la plataforma, lo único que quedaba era el sonido de los dientes de la trituradora deshaciendo todos aquellos desperdicios. El metal contra el metal formaba un ruido estridente, capaz de crear un tinitus que acompañaba a los trabajadores durante horas.

Esos contenedores de plástico son el sumidero de la ciudad. Allí llega todo lo que sobra, lo que se estropea, lo que perdió su utilidad o lo que nunca la llegó a tener.

Marta sentía el cansancio en sus caderas. La mochila cada vez pesaba más. Pensaba que no podría cargarla por más tiempo, cuando tropezó con una gata desorientada que olisqueaba el suelo. A punto estuvo de patearla, pero el animal continuó su camino maullando y mirando hacia todos los lados al mismo tiempo.

En la casa de Sebastián, la luz del amanecer se colaba entre los resquicios de las persianas. Su esposa Dolores ya había arreglado la cama y fregado la cocina cuando volvió a entrar en el cuarto pintado de azul. La cuna vacía en el rincón estaba impecable. Bajó la cabeza con una profunda tristeza y miró, sin ver, sus zapatillas de lana con punto de espiga.

El basurero continuaba vaciando los contenedores en una rutina tan automática que pensamiento y acto circulaban cada uno por su lado. Los pensamientos estaban en casa, abrazando a su esposa, y sus actos en la profesionalidad de un buen jornalero. Contenedor tras contenedor todo seguía su curso.

Marta sintió su cuerpo minúsculo al plantarse delante de ellos. Los observó durante unos segundos. Son eternos los instantes donde algo comienza y termina al mismo tiempo. Levantó una tapa. El olor a carne muerta y pescado descompuesto provocó que su estómago y cabeza dieran cien vueltas de campana. Perdió el equilibrio. Se salvó al agarrar, en el último segundo, una esquina del contenedor, con lo que evitó caer, como un fardo, sobre el empedrado.

La ciudad comenzaba a despertar, las furgonetas de reparto comenzaban su función, los estudiantes salían de los portales cargados de libros y mochilas, las persianas de los establecimientos abrían dando paso al día.

—¡Las últimas tres calles y a casa! —gritó el conductor sacando la cabeza por la ventanilla del vehículo. Sebastián asintió y levantó el pulgar.

 

Marta andaba arrastrándose a sí misma. Ya no cargaba la mochila, pero seguía sintiendo su peso sobre los hombros. Por fin libre. Todo había terminado pero sus pasos se iban hundiendo en el lodazal de los pensamientos.

—¡Ya está, ya está, ya está! —repetía cuando cruzó la calle sin mirar. El chirrido de un frenazo la sobresaltó. Gritó, encogió los hombros y abrazó su estómago en un instinto de protección y de supervivencia.  El conductor del vehículo comenzó a tocar el claxon. El violento sonido sacudió a Marta que echó a correr, a duras penas, para alejarse de todo, incluso de sí misma.

El camión estacionó al lado de los tres últimos contenedores del recorrido y encendió las luces de posición. Al acercarse a ellos Sebastián escuchó un sonido que parecía salir del interior, ¿un gemido?, ¿un llanto? Quedó inmóvil por unos segundos, pero al no volver a percibirlo le quitó importancia y empujó el primer contenedor hasta los brazos mecánicos. En un instante fue vaciado y devuelto a tierra. Se acercó al segundo contenedor.

—Espera, ¿qué es eso? parece un… no, seguro que no es nada.

Sin embargo, la duda le hizo prestar atención. Intentó volver a oír aquel lamento ahogado pero los cientos de ruidos que lo rodeaban lo imposibilitaban casi por completo. Aguantó un instante. Silencio. Tiró de las asas de arrastre, pero las ruedas se habían trabado con el tercero. Empujó este último hasta lograr desengancharlo y unos segundos después estaba vacío mientras los cuchillos afilados hacían su trabajo.

Al pasar por una de las calles cercanas al instituto, Marta se encontró con un grupo de compañeros de clase que marchaban en dirección a ella. Él venía tan guapo como siempre. Ella bajó los ojos y siguió andando mirándose las zapatillas con cordones de colores.

Dolores descansaba recostada en el sofá sin estar cansada. Encendió el televisor un día más. Las noticias y las cosas de los otros sonaban muy distantes.

La niña entró en el portal de su edificio. Al subir el primer tramo de escaleras sus piernas no dieron para más. Se tambalearon. Decidió sentarse en un escalón.

—Solo un momentito, necesito descansar un poco y subo.

Cerró los ojos y con las pocas fuerzas que le quedaban deseó que la pesadilla hubiera terminado. Al reposar la cabeza en la pared, desconchada por la humedad, se durmió al instante. Soñó que se asfixiaba con un cordón umbilical con forma de horca.

El operario se acomodó al lado del conductor. Al terminar la ruta los camiones se dirigen al vertedero para vaciarse de los restos que sobran de la vida. Se desprenden del olor a muerte a base de desinfectante y chorros de agua a presión. Iba feliz por haber encontrado el mejor regalo del mundo. No podía haber deseado nada mejor. Lo acunaba entre la chaqueta y su pecho. El calor que desprendía aquel minúsculo cuerpo era insólito.  Deseaba ver la cara de alegría de su esposa. Imaginaba volver a verla sonreír y él mismo se alegraba al pensarlo.

Abrió su chaqueta y acarició el pecho de un gatito negro recién nacido. Tenía los ojos cerrados y no paraba de maullar. Olía a suerte.

El camión pasó por delante de la puerta de un colegio. Las madres y los hijos se despedían con besos y abrazos. Una gata olisqueaba las ruedas de unas cubetas de basura cuando el destino cruzó y continuó su camino sin detenerse ante nada ni ante nadie.

 

Luis de Dios.

Fuerteventura

Febrero 2021

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