EL PASTOR DE SANTO DOMINGO-2ª VERSION – Cristina Serra Colón

Coronar    la  cima  del  monte  de  Santo  Domingo  en  fecha  diez  de  agosto,  todos  los años,    pasó  de  ser  una  obligación  familiar  a  un  deseo  para  el  joven  Miguel Santamaria. Su padre, Don Rafael, gran caminante por las tierras de su juventud y amante  de  las  costumbres,  le  propuso  a  su  hijo  con  solo  cuatro  años,  celebrar  su cumpleaños en la cresta de la montaña en donde habían construido cientos de años atrás,  un  pequeño  refugio  de  piedra  en  donde  los  pastores,  especialmente  Don Arturo, se refugiaba del áspero clima de la zona tanto en los meses de verano como en los de invierno.Miguel,  niño  extrovertido  y  curioso  como  el  que  más,  no  tardó  en  hacerse  amigo del pastor que rondaba por las montañas de las “Cinco Villas”. La vida del ganadero era tan diferente a la suya que ansiaba por saber todos los detalles de su día a día y solamente lo podía hacer el día de su cumpleaños por lo que no desaprovechaba el momento. Cuando  llegaban  padre  e  hijo  a  la  cresta  de  la  montaña,  Don  Rafael  agradecía  al Señor  que  el  pastor  siguiera  en  el  mismo  lugar  de  todos  los  años,    mirando  al horizonte  y  contando  las  cabras.  Don  Arturo  era  el  protagonista  de  muchas  de  las conversaciones  familiares  a  lo  largo  del  año  y  sabía  que  era  un  hombre  que  se había ganado parte del corazón de su hijo. Miguel le echaba de menos a lo largo del año y por la expresión de ternura que mostraba Don Arturo, sabía que él también lo hacía.-¿Pero  no  se  aburre  a  lo  largo  del  día,  Don  Arturo?-  preguntó  el  niño  al  pastor curioso  por  saber  qué  es  lo  que  hacía  el  cabrero  durante  toda  la  jornada.  Eran demasiadas  horas  en  soledad  y  a  pesar  de  que  cada  año,  el  ganadero  le  daba  la misma  respuesta,  Miguel  no  terminaba  de  convencerse.  Era  imposible  que  a    Don Arturo,  la  jornada  no  se  le  hiciera  eterna  sin  ni  siquiera,  tener  un  teléfono  para comunicarse  con nadie.-Todo  lo  contrario,  muchacho.-  contestó  Don  Arturo  acariciando  con  sus  enormes manos  la extensa caballera del niño.- Cada año me preguntas lo mismo.-Y  usted,  cada  año  me  contesta  lo  mismo.  –  respondió  el  muchacho  resignado. Miguel,  nunca  se  atrevió  a  tutear  al  hombre  que  cuidaba  a  las  cabras  del  pueblo. Era  mucho  más  mayor  que  él  y  sus  padres  siempre  le  habían  dicho  que  jamás tuteara a un hombre que superara los cuarenta años. Y estaba convencido que esa franja de edad, por su aspecto molido y desgastado, el pastor ya la había superado. Eso  sí,  a  su  entender  con  una  vida  muy  aburrida.  Por  mucho  que  lo  pensara,  no

encontraba  ni  una  pizca  de  diversión  en  esa  profesión.  Responsabilizarse  de  unos animales que ni siquiera necesitan ser alimentados era una pérdida de tiempo. ¡Ni siquiera le recompensan con el amor que puede ofrecer un animal de compañía!-¿Y a  tí, qué tal te ha ido este año, jovencito?.- El pastor cogió con cuidado la cara del muchacho con una mano y comprobó que todavía no había ni un solo pelo en el rostro.  Mantenía  intacta  la  suave  piel  que  solamente  tienen  los  niños  –  Sigues siendo un chiquillo. Feliz cumpleaños, amigo.- dijo Don Arturo agradeciéndole con la mirada que hubiera vuelto a subir al monte. Sabía que los tres primeros años, el joven  hacía  la  excursión  por  obligación  paterna  pero  ahora,  creía  de  buen  agrado, que  ya  no  era  así.  Los  dos  disfrutaban  de  la  conversación  que  mantenían  y compartían  un  almuerzo,  cada  año  más  generoso.  El  padre  de  Miguel,  Don  Rafael, se  mantenía  al  margen  de  la  conversación  que  su  hijo  y  el  pastor  mantenían  pero era  el  responsable  de    subir  un  buen  trozo  de  jamón  serrano,  cortado  justo  antes de  subir  al  monte,    una  amplia  cuña  de  queso  de  cabra  sabiendo  que  era  el preferido  de  Don  Arturo  y  media  barra  de  pan.  La  bota  de  vino,  cosida  en  piel  de gamuza, por el mismo pastor, era cosa de Don Arturo que este año, a diferencia de los  demás,  se  había  propuesto  enseñar  a  su  joven  amigo  a  beber  de  la  misma  sin derramar  ni  una  sola  gota  de  vino.  Un  trago  de  alcohol  a  los  trece  años  sería  toda una  experiencia  que  contar.  Su  joven  amigo,  que  ese  año  abría  la  puerta  de  la adolescencia,  como  todos  en  esa  franja  de  edad  se  sentían  más  formados  y experimentados  que  el  propio  adulto,  por  lo  que  con  el  permiso  previo  de  Don Rafael, le daría orgulloso su primer trago de vino.-Este  año  comenzaré  a  estudiar  en  un  instituto.-  le  anunció  Miguel  orgulloso.  -Ya no  soy  tan  niño,  Don  Arturo.  El  mes  que  viene,  mis  padres  me  han  prometido  que me  van  a  regalar  un  teléfono  móvil.  Si  usted  también  tuviera  uno,  podríamos hablar más de una vez al año. No tendríamos que esperar tantos meses para saber el uno del otro.Don Arturo, no dijo ni una sola palabra pero no era necesario porque su expresión lo  dijo  todo.  La  mueca  que  formaban  sus  labios  y  el  fruncido  de  sus  cejas  eran suficientes para que Miguel supiera, sin necesidad de expresarlo con palabras, que su amigo estaba en desacuerdo con ese regalo. El joven sabía a la perfección que el pastor estaba en contra de las tecnologías y menos que un niño tuviera un teléfono móvil.  Y  menos  en  edades  tan  tempranas.  Les  hacía  perder  demasiado  tiempo  de vida,  unos  años  maravillosos  para  pensar,  leer  y  correr.  Jugar  en  las  calles,  reír  e incluso comer.-  Miguel,  ya  lo  hemos  hablado  en  varias  ocasiones.  Y  sabes  lo  que  opino  de  los teléfonos y de todas esas plataformas que usáis para relacionaros telemáticamente. Además, si yo tuviera uno de esos aparatos, dejarías de subir a Santo Domingo y en consecuencia, dejaría de verte y lo sentiría tremendamente.

-Tendría  usted  que  abrirse  una  cuenta  en  “instagram”.-  insistió  Miguel,  haciendo oídos  sordos  a  sus  palabras  y  ante  la  negativa  de  Don  Arturo  a  abrir  su  mente  a otros  mundos  diferentes.-Podría  explicar  su  experiencia  con  las  cabras  a  las  que tanto adora. ¡Se haría famoso! ¡Y publicaría fotos de sus rumiantes, de sus botas de vino,  de  lo  que  come  en  estas  montañas  apartadas  del  mundo!  Estoy  convencido que  su  vida  llamaría  la  atención  allí  abajo,  en  el  mundo  real.  –  Miguel,  cada  vez  se sentía  más  entusiasmado  con  la  idea.  –  Y,  lo  más  importante,  podría  hablar  con usted más que un día al año. ¿No sería fantástico?-Quien  quiera  saber  mi  opinión,  que  venga  a  peguntármela  a  mí  directamente.  ¿Y qué  demonios  es  “instagram”?.-  preguntó  Don  Arturo  horrorizado.-  No  siento  la necesidad de mostrar qué es lo que hago o que es lo que como. ¿A quién le interesa mi  vida?,  ¿no  pueden  disfrutar  de  la  suya  con  sus  propias  experiencias  que  lo  han de  hacer  con  la  mía?  –  Don  Arturo  suspiró  profundamente  antes  de  aspirar  una buena bocanada de oxígeno y continuar con su reflexión.-Siento que tus padres te regalen  un  teléfono  móvil,  Miguel.  No  es  un  buen  regalo.  Comenzarás  a  perder  la libertad  que  te  proporciona  el  no  tener  uno.  ¡Incluso  me  han  dicho  que  puedes volverte   adicto!   –   Don   Rafael,   que   seguía   sin   intervenir   en   la   conversación, comenzó a preparar el almuerzo cortando el queso y el jamón a láminas, tal y como le   gustaba   a   su   hijo.   Estaba   de   acuerdo   con   el   ganadero   respecto   a   los inconvenientes de que su hijo tuviera un teléfono pero era imposible retrasar más lo inevitable.-No sea exagerado, Don Arturo. Además, eso ya no se hace.- dijo su joven amigo.-¿Qué es lo que no se hace?. – preguntó Don Arturo desconcertado.-Hablar con las personas tal y como hacemos usted y yo. -¿No hablas con tus amigos?. ¿Tampoco juegas con ellos?- Eso sí que no me lo creo.-Sí  que  jugamos,  pero  cada  uno  en  su  casa…  y  también  hablamos,  por  supuesto, pero  a  través  del  ordenador…  ¡deje  de  mirarme  de  esa  forma,  por  favor!  –  rogó Miguel  con  un  tono  de  súplica.  -Ya  le  he  explicado  que  todo  el  mundo  hace  lo mismo.   Si   usted   dejara   por   un   momento   sus   cabras   y   bajara   a   la   ciudad comprendería mejor lo que le digo y no se aburriría tanto.-Jovencito, ni por un carro repleto de oro dejaría yo mis cabras. Cada año te explico que soy muy feliz con la vida que elegí. – Don Arturo cogió dos trozos de queso de cabra y le ofreció al joven el más grande. Miguel lo aceptó encantado. La subida al monte de Santo Domingo había sido dura y escuchaba desde hacía un buen rato los rugidos de su estómago.-Y cada año, lo entiendo menos. ¿Cómo puede ser feliz sin tener nada que hacer?.- El niño aceptó, de buen agrado, el trozo de queso y se dispuso a disfrutarlo justo al lado  de  Don  Arturo,  que  ya  se  había  sentado  al  lado  de  su  padre.  Miguel  se  dio

cuenta en ese instante que su amigo siempre llevaba el mismo uniforme de trabajo. Una  camisa  azul  marino,  desgastada  en  el  cuello  y  en  los  puños  por  el  roce  de  la piel, un chaleco rojizo y unos pantalones verdes de cazador con varios bolsillos en cada  pierna.  Siempre  llevaba  en  el  bolsillo  derecho  una  pequeña  navaja  y  el izquierdo un silbato que utilizaba para llamar a la atención de las perras que, a su entender estaban más aburridas que su propio amo.-Miguel, tengo tantas cosas que hacer que no me da la vida para ello. He de contar cada  día  las  cabras  ya  que  muchas  de  ellas  se  desorientan  y  se  pierden  por  el camino,  después  he  de  dar  de  comer  a  Lua,  Mosquita  y  Leona  (  las  tres  perras pastores  que  cada  año  estaban  más  delgadas),  además  tengo  una  montaña  de libros  que  leer  en  el  refugio  y  pensar  en  qué  comer  y  cenar.  ¡Y  eso  todos  los  días! ¿Crees que tengo tiempo para aburrirme?-¿Algo más?- preguntó Miguel convencido que la vida del pastor era una pérdida de tiempo absoluta. ¿Cómo es posible ser feliz todos los días contando cabras?-.  Ya  te  he  dicho  que  no  solo  cuento  cabras.  También  pienso  y  contemplo  a  todas horas. –  ¿Y  qué  contempla,  Don  Arturo?  –  Miguel  formuló  la  pregunta  de  una  forma burlona. Seguía sin comprender la felicidad del pastor. -La naturaleza que me rodea. Pequeños detalles que se te escapan si no  estás muy atento y en el día a día, muchacho,  pasa exactamente lo mismo.  En  ese  mismo  momento  apareció  un  grupo  de  senderistas  y  les  faltó  tiempo  para sacar el móvil de la mochila y comenzar a hacerse fotos unos a otros. Se mostraban exhaustos  por  haber  logrado  llegar  a  la  cima  y  no  dejaban  de  mirar  el  móvil después  de  cada  foto.  Ninguno  de  los  senderistas,  dejó  el  teléfono,  se  sentó  y  se permitió  un  segundo  para  contemplar  el  paisaje  y  así  poder  mantenerlo  en  el recuerdo.Miguel,  observó  la  escena  de  los  caminantes  y  pudo  ver  las  palabras  del  pastor reflejadas  en  sus  actos.  Ni  siquiera  los  jóvenes  viandantes  se  habían  permitido cinco  minutos  para  respirar  pero  aun  así,  a  pesar  de  que  los  senderistas  no  le habían  ayudado  en  absoluto  a  convencer  al  pastor  de  los  beneficios  de  la  era digital, Miguel no tiró la toalla.-¿Entiendes  ahora  lo  afortunado  que  soy?  .  Necesito  poca  cosa  para  ser  feliz. ¿Nunca  has  oído  ese  dicho  que  dice  que  “no  es  más  feliz  el  que  más  tiene,  sino  el que menos necesita”?-No, no lo había oído nunca.- respondió Miguel, levantando las cejas y frunciendo el ceño.-Pues ya sabes por qué soy un hombre feliz.

-Sigue  sin  convencerme,  Don  Arturo.-  Miguel  se  levantó  para  comenzar  a  recoger los restos del almuerzo y dejar el refugio tal y como lo habían encontrado.- El año que viene subiré con mi móvil y le enseñaré todo lo que podemos hacer.-El año que viene no subirás a Santo Domingo y lo sentiré profundamente. – dijo el pastor  de  forma  sincera.  Parecía  como  si  Don  Arturo  pudiera  además  de  vivir  el presente, ver el futuro.-Claro que subiré, Don Arturo. Ahora he de comenzar a bajar al pueblo. Piense en lo que  le  he  dicho.  ¡Abra  una  cuenta  en  instagram!-  dijo  Miguel  convencido  que mucho  antes  de  un  año  se  volverían  a  ver  a  través  de  la  cuenta  de  la  famosa  red social.El  ganadero,    abrazó  a  Miguel  con  la  misma  fuerza  que  lo  hacía  todos  los  años. Miguel  pudo  inhalar  el  olor  que  desprendía  la  ropa  de  su  amigo.  Era  una  mezcla entre  cuero  y  humo.  Inhaló  más  de  una  vez.  Necesitaba  recordar  durante  todo  el año el perfume natural de Don Arturo.-Cuídate,  querido  amigo  y  no  olvides  lo  que  te  he  dicho.  –  dijo  Don  Arturo  con  el semblante  entristecido.  Nunca  le  habían  gustado  las  despedidas  y  menos  de Miguel.  El  pastor  disfrutaba  igual  o  más  de  la  compañía  de  su  joven  amigo.  -Contempla  los  detalles  de  tu  vida,  reflexiona  todos  los  días  y  vive  despacio.    No quieras correr si no quieres caerte.Al  año  siguiente,  Miguel  y  su  padre  volvieron  a  subir  al  monte  de  Santo  Domingo. La ilusión que sentía el joven por ver al pastor era más intensa que nunca. Quería demostrarle  que  sí  había  subido  y  con  un  teléfono  en  el  bolsillo  contándole  los pasos.-¿Don  Arturo?-  Miguel  corrió  hacia  el  refugio  y  se  encontró  a  un  hombre  joven, vestido  con  el  mismo  estilo  de  ropa  que  el  pastor  y  acompañado  de  un  perro labrador  que  sufría  de  sobrepeso  y  que  nada  tenía  que  ver  con  las  tres  perras pastoras de su amigo.-Disculpe,  ¿sabe  dónde  se  encuentra  Don  Arturo?.  He  visto  que  fuera  están  sus cabras pero no soy capaz de dar con él.-Don  Arturo  falleció  a  principios  de  año  por  una  neumonía  grave  causada  por  un virus entonces desconocido.Miguel,  sintió  en  lo  más  profundo  las  palabras  del  nuevo  pastor.  Quizás,  si  este hubiera sabido lo que Don Arturo significaba para él, hubiera tenido más cuidado a la hora de anunciarle la noticia. El joven, con la mente y los sentimientos nublados por  el  impacto  de  la  triste  noticia,  asintió  con  un  leve  gesto  al  nuevo  pastor  de Santo Domingo y comenzó a descender al pueblo.

Durante  las  cuatro  horas  que  duró  el  descenso  hacia  el  pueblo,  Miguel  recordó sobretodo  la  última  conversación  con  Don  Arturo.  El  pastor  era  hábil  dando consejos  pero  los  últimos  habían  sido,  a  su  entender,  los  más  acertados.  Entendió la  importancia  de  una  buena  conversación,  del  momento  de  un  almuerzo  en compañía, del valor de la intimidad, de aprender a vivir despacio y de querer pasar el tiempo de la vida con las personas que te aprecian, te escuchan y te aman.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *