EL PECADO DE BAÑARSE DESNUDO – M. Isabel Tárrega Toribio

El corazón viajero y aventurero de Ángel era conocido por todos. Unos le criticaban y buscaban cualquier excusa para calificarle de loco excéntrico; una actitud que olía a envidia. En cambio, otros, le admiraban y disfrutaban oyéndole hablar de sus exóticos viajes. El principal aliado que le permitía vivir infinidad de aventuras por el mundo era el arte que tenía manejando las tijeras; a la hora de cortar el pelo no tenía rival. Sus famosas tijeras viajaron con él por el mundo. Trabajó en salones prestigiosos y hoteles de lujo. Sólo tenía que demostrar qué sabía hacer y quedaba contratado.

La pasión de Ángel era conocer los países cálidos. Era propietario de un salón en un gran hotel de la costa de Azahar, donde acudía la clientela más “chic”. En cuanto acababa la temporada, marchaba buscando sol y playa. En la década de los 70 recorrió toda América del sur. Recordaba a menudo lo que vivió en Colombia, en la paradisíaca playa de Punta Arena, cerca de Cartagena de Indias.  Ángel era sociable y extrovertido lo que le permitía dejar muchos amigos por donde pasaba. Se enamoraba de las personas, no le importaba si eran hombres o mujeres. Era coqueto, cabellos impecables, elegante, todo él era un conjunto de buen gusto. Las mujeres le adoraban, aunque las relaciones más intensas las había vivido con hombres. Discreto y respetuoso con la vida de la gente, quizás por lo que pasó de niño en su pueblo, donde llegó a convertirse en el blanco de las burlas, por su sensibilidad, su manera de ser que le hacía tan especial; en suma; resultó ser un incomprendido. Allí en el pueblo tenía una amiga que se convirtió en la eterna enamorada, Mercedes nunca le reprochaba nada. Ella vivía ilusionada con el fantástico viaje que hicieron juntos al carnaval de Venecia. Ángel la invitó, gastó un dineral en aquel capricho, ambos estuvieron meses preparándose los disfraces, eligieron telas vistosas, pelucas, máscaras…Eran los requisitos indispensables para presentarse en las fiestas de carnaval organizadas en el hotel donde tenían reservada la estancia. Juntos vivieron un sueño. Ella a pesar de que Ángel era el amor de su vida, sabía que su alma era libre y que jamás podría ser suyo en exclusiva; siempre le quedó el recuerdo de Venecia.

Un domingo muy temprano, en Colombia, Ángel quiso pasar un día en una playa solitaria. Buscaba huir de tanta relación social que era inevitable por su trabajo. Alquiló un coche y se desplazó hasta Punta Arena, aparcó y buscó el rincón más solitario, la gente no había comenzado a llegar. De pronto se manifestó ante él una playa solitaria esplendida y un mar brillante que le invitaba a bañarse. De manera espontánea se quitó la ropa y corrió desnudo mar a dentro. Todo su cuerpo experimentó una sensación de libertad indescriptible. Miró a su alrededor y comprobó que estaba solo en plena naturaleza. Embelesado por aquella belleza nadó despacio disfrutando de sentir como su cuerpo se deslizaba sin ataduras. Durante largo rato se dejó llevar por aquella maravillosa sensación, hasta que cansado decidió salir del agua, con la intención de tumbarse al sol. Un sol acogedor que comenzaba a brillar con fuerza. Su sorpresa fue grande cuando a medida que iba saliendo del agua, escuchaba unos gritos autoritarios desde la orilla. Eran dos hombres vestidos de uniforme.

-Salga inmediatamente.

Le costaba oír lo que decían, el vientecillo se lo impedía. Pero al ver a uno de ellos cargado con las cosas que había dejado en la orilla, era la señale más claras de que se dirigían a él.

-Es mi ropa-dijo- disculpe ahora mismo me visto y me marcho.

-¡Pedazo de huevón! En este país no está permitido bañarse en pelotas- le hizo saber el que parecía el jefe.

-Circule…rápido…hasta el coche policial.

-Pero permítame que me vista por favor.

– ¿Vestirse? -dijo el jefe- agente meta la ropa de este “gonorreico” en el maletero del vehículo.

Sin miramientos, el subordinado, introdujo a Ángel en el asiento trasero del coche patrulla desnudo. El detenido púdicamente se tapaba sus partes íntimas con las dos manos a la vez que obedecía sin rechistar. Aquellos dos personajes no hicieron otra cosa que mofarse y propinarle insultos durante todo el camino. El trayecto se le hizo eterno, nada que ver con el recorrido que había hecho de madrugada permitiendo que disfrutara de la naturaleza. Aquellos dos hombres eran muy “machos” y parecían divertidos con aquel hecho tan insólito.

En comisaría el despropósito llegó al máximo exponente. El detenido fue obligado a salir del coche desnudo y cruzó un tramo de la calle hasta llegar al interior del edificio. Una vez dentro soportó insultos, silbidos, mofas y griterío del resto de agentes y personas que estaban en aquel lugar. Ángel no concebía aquella actitud tan sumamente retrógrada. No hubiera imaginado nunca que el hecho de bañarse en una playa desierta desnudo, le llevaría a tener que soportar aquel horror.

-Venga al calabozo, a ver si aquí encuentras un novio entre toda la chusma- le empujó de nuevo el agente.

– ¿Cuándo me van a devolver mi ropa?

– ¿No querías exhibirte? Aquí vas a tener público.

-Tengo frio- suplicó

-No lo tenías mientras nadabas desnudo en el mar, indecente.

-No me insulte por favor, soy ciudadano español y tengo mis derechos. No podía saber que bañarse desnudo comportaba tantos problemas. He estado en muchos países y jamás me he visto en esta tesitura. El trato que estoy recibiendo es inconcebible.

– ¿Español?… Estoy seguro que en su país tampoco permiten indecencias.

– En la playa dónde vivo nunca he tenido problemas. Siempre me baño de madrugada.

-Pues aquí va a parar a la cárcel- le habló el agente violentamente a poca distancia de su cara.

Ángel optó por callar, pensó que era inútil razonar con aquella gente tan cerril que había topado eran el ejemplo claro de dos personas homófobas que aprovechando su situación privilegiada estaban abusado de él.

Dirigiéndose hacia el calabozo el agente le seguía increpando sin piedad.

-Aquí tenéis a un exhibicionista, tratadle bien es muy “sensible”

Un hedor repugnante le llegó al entrar en aquel lugar. Era una amalgama de sudor, vómitos, alcohol, orín…Allí apiñados había hombres de todo tipo: delincuentes, borrachos, drogadictos… Ángel no pudo soportar aquella situación y se desplomó en u rincón sin poder evitar llorar de impotencia a la vista de toda aquella gente.

– ¿Lloras? Pedazo de maricón- le gritó uno de los detenidos.

– ¿Eres extranjero? -le preguntó un joven drogadicto a la vez que le mostraba los pocos dientes ennegrecidos que le quedaban.

No pudo contestar nada. Tenía el estómago revuelto y ganas de vomitar, estaba deseando que sus pituitarias se habituaran a aquel olor asqueroso.

Pasaron horas, le resultaba incomprensible que entre todos aquellos hombres no hubiera nadie capaz de dirigirle una sola palabra amable. Allí estaba como un delincuente más. Su pecado había sido bañarse desnudo en una playa sin gente y toparse con dos policías desconsiderados que en lugar de llamarle la atención o sancionarle, optaron por pasearlo desnudo a la vista de todos, como si quisieran darle un “escarmiento”. Dos cretinos inhumanos, llenos de prejuicios estúpidos que abusaron de su condición y cometieron atropellos. En su cabeza no cabía la posibilidad de que todos los agentes hubieran actuado de la misma manera.

Llegó la noche y Ángel consiguió serenarse acurrucado en un rincón esperando cuál sería su destino. La sorpresa llegó casi de madrugada cuando un joven agente se plantó frente a las rejas y le buscó con la mirada, llevaba en sus manos una especie de pareo, sin hablar por la expresión de su cara, Ángel, entendió que venía en su auxilio. En el rostro de aquel hombre vio empatía, le entregó la tela para que se cubriese y marchó. Cada vez que narraba aquella desagradable aventura siempre decía que nunca olvidó la cara del muchacho.

Después de aquello no tuvo que pasar mucho rato para que decidieran liberarle. Nadie le dio ninguna explicación, simplemente se limitaron a entregarle sus cosas y dejarlo marchar.

María Isabel Tárrega Toribio

 

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