EL VIAJE – Melina Rodríguez Fernández

Me soltaron en el escenario del crimen teniendo que hacer una labor de investigación para la que no estaba preparada. Ni siquiera se atrevieron a ocultármelo, o por lo menos a enmascarar el asunto que se traían entre manos. Era cosa de mayores.

Mi mente vagaba en soledad: ¿por qué exponían la realidad ante mí con tanta crueldad? Era tan espantoso que me costaba mirar.

¿Y si yo no la quería ver? Nadie me lo había preguntado. No conocían mis necesidades de niña. Puede que fuera el  miedo a lo desconocido lo que me paralizaba.  Me producía un cierto temor  aquello que veía y  que nadie  era capaz de explicarme desde la sencillez y la naturalidad de lo que sucede de forma irremediable. Hablar sobre ello hubiera sido un paso esencial, un gran avance para que yo no creciera asustada, enfadada, o culpable por algo que no había provocado.

Imagino que vuestra mente me dice: no tienes derecho a enojarte, te dieron la oportunidad de aprender sobre ella al presentártela como algo que forma parte de la vida real.

Sin embargo, para mí, aquella vez fue diferente, al darle un beso a mi abuela muerta percibí como en mi corazón se clavaba una cuchillada forjada en hielo. La oscuridad del día nos acompañaba, y la lluvia lloraba  las lágrimas que no caían de mis ojos. El ambiente en la casa era lúgubre, y los allí presentes solo podíamos respirar la melancolía que flotaba en el aire. Las personas caminaban  cabizbajas, con la mirada perdida y un semblante que denotaba tristeza. Desde algún  lugar escondido llegaba el sonido de los sollozos que provocaban la ruptura definitiva de mi corazón herido.

Los pensamientos actuaban como intrusos que invadían mi espacio vital: quiero comprender lo que estoy viendo porque siento que mi futuro depende de ello. Os pido por favor que me tratéis con cariño durante  el tiempo que dure la explicación de los hechos. Acogedme entonces en vuestro regazo, porque necesito sentirme cómoda, segura y tranquila cuando orbite en la verdad de lo que aquí ha sucedido.

Nadie respondía. Mis padres debieron de pensar que no estaba preparada para lo que tenían que decirme, puede que no entendiera sus explicaciones, o que el hecho de hacerlo me afectara muy negativamente.

Se equivocaban. Percibir la presencia de la muerte cerca me impactó de una manera tan profunda que ha condicionado para siempre  mi  manera  de existir en el mundo. Sentía que el dolor no iba a cesar nunca. Me invadió una sensación de desamparo al verme al final del camino. El borde del abismo se presentó ante mí, y el vértigo me acompañó como un fiel compañero, siempre atento a los peligros del caminante por un sendero sin señalizar.

Casi sin darme cuenta estaba siendo apartada de la vida al no encontrar una explicación convincente a mi finitud. Decidí entonces sentirme engañada, con una importante sensación de abandono, y rebosante de angustia al percibir como  amenazas las punzadas de mi propio corazón.

El agotamiento hizo mella en mí por soportar una lucha incesante entre  mi mente y un entorno incapaz de reaccionar. Tenía muchas dudas, pero estaba segura de algo, no toleraba ninguna mentira más.

Pensaba que las personas más cercanas podrían escuchar  el alboroto en mi cabeza, que me entenderían y se expresarían en sintonía conmigo. Creía  que tenía enfrente personas sin miedo, que el maligno solo me acechaba a mí. Pero me equivocaba.

Al escuchar su silencio, yo misma me respondía: son las dos caras de la misma moneda, una no puede vivir sin la otra.

Comprender esto resultó esencial en mi mente infantil.  Sutilmente me daba cuenta del trasfondo, y fue la primera vez que recurrí a mi imaginación. El viaje me llevó a fantásticos lugares llenos de  imágenes oscuras que me generaban confusión, desconsuelo y un miedo irreal con forma de terribles monstruos que perturbaban mi descanso.

La imaginación sin alas intentaba volar lo más lejos posible buscando algo que no hallaba. De ese no encuentro nació mi vulnerabilidad ante la vida. En el transcurrir de estos viajes descubrí que la tristeza se hizo invisible para mí. Permanecía  disfrazada de una alegría ficticia; aunque a veces pareciera que ambas convivían, queriéndose desde un cuidado y respeto mutuo que enmascaraban la realidad.

No te preocupes, todo está bien, cualquier ocasión es buena  para ser cariñosos y actuar desde el amor. Mi mente tranquilizadora y engañosa salía siempre al rescate.

Quise resolver el misterio de la tristeza desaparecida, y mi ágil pensamiento me transportó enseguida a un recuerdo todavía más antiguo. En él sonaba un llanto desconsolado. Era yo mientras suplicaba a mi madre  ayuda  para tratar de  entender  mi existencia antes de tener que partir de este mundo sin querer hacerlo. Y no encontré  ninguna respuesta  que me ayudara en la necesidad de integrar la muerte dentro de la vida.  Se manifestó en ese momento  un miedo real a quedarme sola. El temor a una posible desaparición me acechaba. Quería  buscar un sentido a esta viveza en la que todos somos partícipes de nuestro fin. El cielo y el infierno eran respuestas  fáciles que no ayudaban a calmar mi sufrimiento.

La magia de las fábulas hizo el resto. A través de la fantasía pude ver que los finales no son solo una experiencia humana. Descubrir que forman parte de la naturaleza fue un tesoro que me reconectó con mi esencia y con la verdad más poderosa que existe en el mundo. La vida está compuesta por ciclos de morir y renacer; como el dormir de la noche en el día, los apetitosos cambios estacionales, las alteraciones en la posición de la luna, el fluctuar de la energía emitida por el sol, los ríos  que agonizan en el mar…Todo acontece sosegado a su tiempo.

Vida y muerte van unidas, y escapar  a este final convierte tu biografía en algo irreal. El giro tiene que ser completo para acoger el abrazo de  las dos.  En el sentimiento de este abrazo único es donde por fin pude ver una luz en la aceptación del adiós a la persona que emprende el viaje más importante de su vida, tal y como hizo mi abuela aquel día.

Y no fue en vano. Aprendí a agarrarme con vigor y energía a todo lo que me provoca un grado mágico de satisfacción o bienestar, a comprender a las personas, abrazar a las plantas y a jugar con los animales. A través del amor compartido con todos los seres pude llenar mi alma de felicidad.

Para mí es muy importante haber amado para poder integrar la mortalidad en la esencia de la vida de una forma más amistosa.

 

 

 

 

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