ELLA – M. Carmen Pérez Morales

Al principio de los años setenta , todavía eran pocas las mujeres que estudiaban en la  Universidad. Algunas lo hacían con la finalidad de encontrar novio, pero ella quería terminar una carrera y ejercer la profesión que había elegido.

 

Los días se sucedían entre clases, prácticas, unas cañas con los amigos, tardes de cartas, exámenes y alguna que otra rebelión propia de la juventud. Aquellos estudiantes tenían tiempo para la diversión y el estudio. Entre clase y clase, salían a fumar un cigarrillo al pasillo y comentar cual era la mejor forma de copiar en los exámenes o de “pirarse” las clases sin que se enterase el profesor.

 

En segundo curso, apareció un chico nuevo en su clase. Era alto, guapo, agradable, vestía con ropa de marca y tenía coche propio. “Un pijo”, como se decía entonces. Venía rebotado de otras universidades en las que había empezado varias carreras sin éxito, pero adquirido un magnífico don de gentes.

 

Todas las chicas de la clase, incluso las de otros cursos, estaban locas por hablar y salir con él. Bueno, casi todas, porque ella le consideraba creído, chulo y soberbio. No le hacía demasiado caso, solo lo justo para no ser maleducada. Y fue precisamente en ella en la que se fijó. Intentó salir con ella varias veces, pero solo conseguía desaires y disculpas. Cambió de táctica y se introdujo en su grupo de amigos. Salían en pandilla, pero con el tiempo consiguió distanciarla del grupo y al final de curso se hicieron novios. Durante el verano apenas se vieron, cada uno lo pasó en un lugar diferente. Ella le echaba de menos.

 

Cuando comenzó el nuevo curso retomaron su noviazgo. Los amigos de ella la advirtieron que había pasado el verano tonteando con unas y con otras y, que lo seguía haciendo los fines de semana que se iba al pueblo. Ya era tarde, se había enamorado de él profundamente y no lo creyó, sin embargo era cierto y no desperdiciaba ninguna ocasión para divertirse en otros ambientes cuando no estaba con ella. La quería a su manera, estaba enamorado de ella, pero le gustaba coquetear con otras.

 

A los pocos meses de terminar la carrera, decidieron casarse. Tenían trabajo y un futuro prometedor.

 

Una boda en aquella época, implicaba la aprobación de los padres de los novios, que tenían muy en cuenta la posición social, el patrimonio, las apariencias y una infinidad de condiciones más. Para los padres, una boda era un trato entre dos familias, en este caso muy diferentes.

 

Los padres de ella, aunque ambos provenían de familias humildes con escasos recursos económicos, vivían con una cierta holgura, pues el padre, que trabajaba para una gran empresa, disponía de un sueldo aceptable. No tenía hermanos y pudo estudiar en un buen colegio de la capital. Su madre murió siendo ella muy joven y su padre enseguida se casó en segundas nupcias con una mujer también viuda, simplona  y caprichosa, pero con una buena posición económica y diez años más joven que él. La hija representaba una carga en su nueva vida y solo le prestaba atención si no hacía lo que él la ordenaba. Mientras vivió con ellos sufrió malos  tratos con agresiones físicas. Cuando decidió casarse no pusieron inconvenientes. ¡Se quitaban un peso de encima!

 

Por el contrario, la familia del novio estaba muy bien situada social y económicamente, tenía peso en la política local y nacional y un círculo de amistades muy selecto. El padre, déspota y autoritario, trataba con desprecio a su mujer, que solo se preocupaba por el “qué dirán”. Sin embargo, de puertas para afuera, aparentaban ser un matrimonio perfecto. Sus hijos crecieron en un ambiente elitista y machista, convencidos de ser superiores al resto de los mortales. Los padres vigilaban de cerca sus amistades y si pensaban que no les convenían por no pertenecer a su mismo estatus social, ponían todos los medios a su alcance, éticos y no éticos, para romper sus relaciones. Así que, aceptaron la boda con reticencias. No era exactamente lo que hubieran deseado para su hijo, pero ella, la novia, era culta, educada, discreta y sabía comportase en cualquier ambiente y  situación.

 

La boda  fue todo un acontecimiento que tuvo su reseña en las ”notas de sociedad” de los periódicos de la época. Se celebró en un edificio histórico y emblemático de la ciudad con doscientos cincuenta invitados. Las familias tuvieron sus mas y sus menos con respecto al elevado número de asistentes, ya que el cubierto era el de mejor calidad y, por lo tanto, el más caro.

 

 

 

Ella enseguida quedó embarazada, pero a los tres meses perdió, de forma natural, al hijo que esperaba. Era un niño. Para sus suegros fue un contratiempo ya que toda su obsesión era que no se perdiese el apellido paterno, pero para ella, aquel  aborto fue una experiencia traumática que tardó mucho en superar.

 

Dos años después quedó otra vez embarazada y, tras muchos cuidados, el embarazo llegó a término. Se puso de parto por la noche.  Avisó que iba a la clínica, pero solo acudió la familia del marido acompañada de una comadrona de su confianza ajena a la clínica. El motivo de su presencia era que estuviese en el parto para que no cambiasen al recién nacido, que por cierto fue una preciosa niña. El padre de ella y su mujer, que no habían querido atenderla cuándo necesitó reposo, llegaron por la mañana. Estaba claro que no les importaba lo más mínimo su hija.

 

Durante esa larga noche se sintió como el ser más solo del Universo. Fueron unos momentos muy duros en los que necesitaba una madre. ¡Su madre! Estaba segura de que no la habría abandonado en tales circunstancias. Una madre consuela, protege y calma. Es un refugio en situaciones complicadas.

 

El parto fue difícil, y una vez que nació la niña y la lavaron, se la llevó la comadrona para enseñársela a sus abuelos.  Así que ella no pudo ver a su hija ni abrazarla hasta que horas después se la llevaron a la habitación. Nadie preguntó cómo se encontraba la madre, y la madre estaba mal, muy mal, triste y abatida emocionalmente, ya que ni siquiera la habían dejado conocer a su hija en el momento de nacer.

 

Al volver a casa, cansada, con varios puntos de sutura y una niña que comía mal, dormía mal, y lloraba mucho, todo el mundo desapareció, cada uno a sus quehaceres, incluido el marido, pues hacía ya un tiempo que la engañaba con becarias jovencitas que hacían prácticas en la empresa que dirigía. Ella lo intuía (las mujeres tienen un instinto especial para captar las infidelidades), pero estaba tan convencida  de que su marido cambiaría con el nacimiento de la niña, que cerró los ojos a lo evidente y continuó adelante con su  matrimonio. Con frecuencia pensaba en las advertencias que le habían hecho sus amigos antes de casarse, pero trataba de olvidarlas.

 

Como en aquella época aún no existía permiso por maternidad,  a los ocho días ella tuvo que ir a trabajar, dejando en manos de una niñera a una criatura recién nacida. Intentó compaginar el trabajo con el cuidado de su hija, pasaba las noches en vela y al poco tiempo enfermó. Una hemorragia la tuvo más de un mes de baja; tiempo que aprovechó para disfrutar de su hija. El marido casi nunca estaba en casa. Siempre tenía “otros asuntos”que atender. Ella callaba y se dedicó en cuerpo y alma a su hija y a su trabajo.

 

Cuando su suegra se enteró por terceras personas de  la relación que mantenía su hijo con la becaria, que ya duraba casi un año, Intervino en el asunto y contrató a unos detectives de Madrid, que en tres días consiguieron las pruebas de la infidelidad grabándolas en una casete. En la habitación del hotel donde se alojaban los detectives ella escuchó la cinta y de inmediato decidió separarse. Pero antes se aseguró de que las pruebas  quedaban custodiadas por los detectives, y solo ella tenía derecho a solicitarlas si se producía la separación. Recelaba de la reacción de sus suegros que no consentirían semejante escándalo.

 

Sus presagios se cumplieron y un día, sin el menor escrúpulo,  hablaron con ella del tema: “No entra en nuestros planes que os separéis. Tú no tienes un trabajo estable, vivís en un piso que es nuestro, eres huérfana, no tienes hermanos y tu familia no te puede ayudar porque son unos muertos de hambre. Nosotros tenemos mucho poder y nos deben grandes favores; si te separas ya tenemos todo organizado para quedarnos legalmente con la niña”.

 

Estaban dispuestos a llevar a cabo un chantaje emocional indecente. Ella se dió cuenta de que no tenía más opciones y continuó casada,  con el propósito de ascender en su trabajo, aprobar unas oposiciones a funcionaria y educar a su hija lo mejor que pudiera hasta que fuese capaz de ganase la vida por sí misma.

 

Durante casi treinta años soportó de su marido humillaciones, en privado y en público, descalificaciones, obstáculos en su trabajo, agresividad y malos tratos psicológicos.

 

Por fin, a base de mucho pelear, ella consiguió ser funcionaria y su hija terminar una carrera. Sintió un gran alivio, ya no era la pobrecita huérfana que no tenía nada. Durante esos años había conseguido estabilidad profesional y económica además de un piso propio. Su autoestima creció y emocionalmente se encontraba preparada para no tolerar mas vejaciones. Se enfrentó a él y las discusiones eran diarias y cada vez más subidas de tono.

 

Su hija consiguió trabajo al acabar la carrera y se fue a vivir con su novio a una urbanización alejada de la ciudad, poniendo tierra de por medio. Al año siguiente se casaron y formaron una familia.  Con su marcha, el marido se envalentonó y cada vez era más violento. Sus desmesuradas amenazas  la atemorizaban hasta el punto en que temió por su integridad física.

 

Un día se fue. Solo se llevó sus efectos personales y algunos libros. Se separaron legalmente, pero ella le veía todos los días, ya que trabajaban en la misma empresa y en despachos contiguos. Una dificultad añadida para empezar una nueva vida.

 

Durante varios años soportó, con fingida indiferencia, los comentarios malintencionados que difundió sobre ella. Con el paso del tiempo, que todo lo suaviza, aquel galán, del que una vez se enamoró, tiene ahora un trato correcto con ella, que dejó a un lado el rencor por el bienestar de sus dos maravillosos nietos.

 

 

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