ESPEJISMO – Mireya Guzmán Burgos

La observó a través de la rendija de la puerta entornada, fueron unos minutos eternos… ella sonreía primero y reía después a carcajadas mientras se cepillaba la larga melena con su cepillo de plata. Para él, aunque el regusto era algo agridulce, su imagen le resultaba terriblemente seductora y no podía dejar de mirar aun sabiendo que se arriesgaba a ser descubierto.

 

De pronto ella se levantó bruscamente, volvió la cabeza para mirar hacia la entrada de la habitación y cambió entonces de rumbo en dirección a la doble puerta de la terraza; acababa de salir a contemplar las estrellas y se le olvidó cerrarla al entrar.

 

Sacó de la cómoda una cajita de nácar, (él suspiró aliviado) por un momento temió ser descubierto.

 

Ella de nuevo sentada frente al espejo, desnuda, ya no se ríe. Se retira el pelo con la mirada perdida y saca de la cajita una barra de carmín rojo con la que se pinta sensualmente los labios.

 

Después se perfuma el cuello y se levanta para meterse en la cama. Lola y Lila ya duermen hace rato a los pies.

 

Cada  noche a las diez y veinte Marc subía las escaleras para descubrirla tras la puerta, y Bella ajena a todo, desnuda frente al espejo repetía su ritual.

 

Nunca imaginó que su vida acabaría superando la ficción y pareciéndose a la de las protagonistas de algunas de sus obras y relatos.

 

Era una mujer carismática que no pasaba desapercibida para nadie, producía cierta adicción a todo el que la conocía por su personalidad entusiasta. Siempre fue desinhibida y algo excéntrica; su mente creativa estaba constantemente activa; escritora, actriz, amante del arte y de la belleza. Como solía decirle su buena amiga Lucía, una auténtica mujer del Renacimiento.

 

Sena vivía en un ático dúplex de un barrio bohemio en un edificio de construcción típicamente colonial. El portón de la casa daba paso directamente a un gran salón que aun rehabilitado, mantenía la esencia de la época; suelo de baldosa, grandes ventanales y  paredes pintadas de blanco, los techos altos; a la derecha una escalera permitía acceder al ático en el que dos dormitorios se comunicaban a través de un baño. Lo mejor del dormitorio de Sena, una terraza desde la que se contemplaban los tejados de las casas vecinas, hacía las delicias de Lola y Lila.

 

Amaba su independencia y aunque vivía sola con sus dos gatitas, siempre necesitaba que alguien estuviera cerca; tenía ese carácter contradictorio propio de artista y una sensibilidad que a veces la hacía vulnerable. Su carácter fuerte, pero al mismo tiempo frágil, la convertían en un ser irresistible para todos.

 

Su casa siempre estaba abierta para acoger a sus amigos y aunque solo tenía dos dormitorios, se apañaban con los sofás y la gran cama balinesa del patio. Las noches de verano en ese patio rodeados de bananeros y el olor a hierbabuena del té moruno que preparaba Marc, llegaban casi hasta el amanecer. Eran míticas las largas conversaciones y confesiones a la luz de las velas. La diversión y la pasión con ella estaban aseguradas.

 

Lucía solía quedarse la última para ayudar a Sena a recoger el patio; la mayoría de las veces se quedaba a dormir para así seguir con sus confesiones. De niña se quedó huérfana. Eso le hizo madurar y adoptar el papel de madre con sus hermanos: tierna y protectora, era la mejor amiga que podía tener Sena. Las unía una relación casi de hermanas y conocían todo la una de la otra.

 

Junto con Lucía, Marc era otro de esos amigos del alma, su gran amor de juventud. Recientemente Marc se había trasladado al barrio donde vivía Sena y pasaban mucho tiempo juntos: bohemio, soñador y afable, era un tipo encantador con una sonrisa que enamoraba.

 

Tenerlo cerca era un bálsamo y daba paz solo escuchar su cálida voz.

Sena se quedaba embobada observando el movimiento de sus manos  mientras hablaba; era tan sensual imaginarlas en su piel… le encantaba el gesto recurrente de retirarse el pelo hacia atrás.

 

Su intensa historia de amor se interrumpió drásticamente por el traslado a Londres de Marc, que aunque fijó su residencia durante años en Inglaterra; la distancia, sin embargo, no consiguió apagar ese profundo sentimiento.

 

La chispa revoloteaba a punto de prender de nuevo.

 

Se reencontraron en Barcelona hacía unos años, era fin de semana cuando Sena salía a dar un paseo por las callejuelas del centro, tomaba un café y después visitaba una de sus librerías favoritas. Podía  pasar las horas entre libros, siempre la elegía porque estaba llena de  estanterías que formaban pasillos laberínticos que le encantaba recorrer y ese olor a madera, tinta, papel y cuero era evocador para Sena. Aquel escenario despertaba su imaginación y la hacía soñar.

 

De pronto llamó su atención un libro viejo que sobresalía a punto de caer de una de las estanterías donde se podía leer: Bella, le trajo el recuerdo de Marc, porque la solía llamar cariñosamente Bella, lo agarró con los dedos y al otro lado tirando del mismo libro se encontraba él.

_ ¿Marc?, no me puedo creer que seas tú  -susurró para no molestar.

_ ¡Sena!, mi Bella -Marc no contuvo su grito, y los dos corrieron dando vuelta a la estantería hasta encontrarse en un abrazo estrecho y eufórico.

Desde ese día volvieron a ser tan inseparables como lo eran de niños. ¡Tenían tanto que contar y tanto que recuperar!

 

Pasearon abrazados al salir de la librería y rieron sin parar mientras querían contárselo todo en minutos de forma atropellada.

_ ¿Sabes quién vive en Barcelona también Marc?, ¿Recuerdas a Lucía?

_ ¿Cómo no recordarla? ¡Claro que sí! ¿Qué fue de su vida? Qué alegría me da haberte encontrado, Bella, qué alegría -y la estrechaba entre sus brazos.

_ En media hora Lucía sale del trabajo. ¡Vamos a darle la sorpresa, Marc!, ¿sabes cuántas veces hemos hablado de ti en este tiempo? ¡Ni te lo imaginas!

 

Marc se mudó al mismo barrio y ahora podía pasar más tiempo en casa de Sena. Comían juntos muy a menudo. A veces iban a recoger a Lucía para reunirse los tres en el patio.

 

Ese lunes se habían quedado a las dos y media en el café. Eran las tres de la tarde y Sena no aparecía.

 

_ Es raro que no nos haya llamado Marc, _ decía Lucía nerviosa sin dejar de mirar a la puerta_.

_ Seguro que tiene alguna explicación, no te preocupes- intentaba tranquilizarla mientras le apretaba con un gesto de cariño el hombro_.

_ ¡Sena!

_ ¡Bella!

Gritaron al unísono al ver abrirse la puerta del café y descubrirla, una hora más tarde.

_ ¡Chicos, qué sorpresa veros! -se mostró extrañada.

Lucía y Marc en silencio y perplejos, se miran, y callan.

 

 

 

En las últimas semanas Marc pasaba más tiempo con ella, porque sentía algo extraño en su Bella. Lucía también lo había notado.

 

El viernes por la mañana, Marc llegó a casa a las once para desayunar, la noche anterior habían tenido función y se acostaron tarde. Encontró la llave en el portón, así que pudo entrar sin llamar. Sena todavía no había bajado al patio y Lola y Lila fueron a recibirlo maullando sin parar.

 

_ Vamos, pequeñas, ¿a qué viene tanto maullido? Enseguida Marc comprobó cuál era el motivo  y llenó sus cuencos de agua y pienso mientras esperaba a Bella en el patio.

 

Lucía llegó a los pocos minutos, Marc le abrió la puerta y le comentó lo ocurrido en voz baja. No se atrevían a preguntarle a Sena por miedo a equivocarse y tampoco querían crearle preocupación, pero sentían que algo no iba bien.

 

Sena había dejado plantados más de una vez a Lucía y a Marc en esos días y no era capaz de recordar que habían quedado. Al principio pensaban que era una broma de su amiga pero no tardaron en darse cuenta de que era algo importante que debía revisar un médico.

 

Olvidaba dar de comer a sus gatas, dejó el fuego encendido en un par de ocasiones y sus cambios de humor ya eran constantes. Pasaba de la risa al llanto en segundos.

Cierto era que su condición de artista siempre había hecho que sus sentimientos fueran una montaña rusa, pero en esta ocasión era señal de que algo no iba bien dentro de su cabeza. Su mirada se quedaba perdida muchas veces, estaba ausente y ya no seguía la conversación.

 

Marc la acompañó esa mañana a la visita del médico, estaba asustada porque no entendía qué pasaba, decía que se encontraba bien porque no recordaba nada de lo que hacía. Marc salió de la consulta pálido, conteniendo las lágrimas para que no notase nada. Al llegar a casa, mientras Sena se ponía cómoda en el dormitorio, salió al patio y llamó a Lucía para contarle el lamentable diagnóstico de su amiga, los dos lloraban sin encontrar consuelo.

 

Ambos tomaron la decisión de que Marc fuera a vivir a casa de Sena para cuidar de ella y de las dos gatas.

 

Ya no visitaba tanta gente la casa, sólo Lucía iba varios días por semana, y los viernes, cuando Marc tenía función en el teatro, se quedaba a dormir con ella. El sábado amanecían juntos los tres y compartían el grato momento del desayuno en el patio.

 

 

Sena los sábados se levantaba animada, ponía música como antes de la enfermedad y por momentos parecía que todo había sido un mal sueño. Cogía en brazos a Lola y Lila, sus gatitas, y bailaba con ellas mientras Marc y Lucía bailaban también para evadirse y disfrutar de los momentos felices que tenía su querida amiga.

 

Después, los domingos eran tristes para Marc, en su soledad y con su Bella ausente la mayor parte de las veces, preparaba un té moruno después de cenar y solía recordar su intensa historia de amor. La vida los separó un tiempo, pero eran almas gemelas así que siempre sintieron su conexión. Por eso en su reencuentro después de años solo bastó un abrazo para sentirse unidos de nuevo. Necesitaban muy poco para comunicarse, con solo mirarse ya sabían cómo se sentían. Eran de esas conexiones que a veces no se encuentran en toda una vida.

 

Sena bebía también un té, seguía disfrutando de ese sabor y le relajaba; Marc aprovechaba para que tomara su medicación.

 

En el silencio de la noche cuando llegaba la hora de ir a dormir, Sena subía al dormitorio primero; miraba a Marc con extrañeza a veces y le preguntaba por qué estaba allí con ella. Él con enorme tristeza le decía que la quería y le daba un beso.

 

Esperaba en el patio justamente veinte minutos para subir tras ella a su habitación, era el tiempo que tardaba Sena en lavarse los dientes, desvestirse y después salir a la terraza desnuda para contemplar las estrellas antes de dormir. Qué cosa extraña es la cabeza, en su locura, en sus ausencias… guardaba algún recuerdo de lo que había sido su vida hacía muy poco. Como un espejismo para Marc que quería retener el tiempo y la esencia de Sena, y así paradójicamente, olvidarse de todo, para no tener que perderla una y mil veces cada día.

 

Diez y veinte minutos. Subió la escalera despacio para no hacer ruido. La observó a través de la rendija de la puerta entornada, fueron unos minutos eternos… ella sonreía primero y reía después a carcajadas mientras se cepillaba la larga melena con su cepillo de plata.

 

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