LA DESGRACIA AJENA – Alfredo de la Fuente Montesinos

Solo ahora, al llegar al final de mis días soy algo consciente del daño que he provocado y la maldad que he afligido a todos aquellos que se cruzaron en mi vida. Ahora, ante la imposibilidad de descanso terrenal y buscando la dulzura de lo eterno relato brevemente mi vida y sus circunstancias, para quien las quiera atender.

 

Nací un 15 de agosto de 1733 a las afueras de Zaragoza, en unas cuadras donde, según me decía mi padre una y otra vez: tu madre te defecó y murió. Así era la transmisión de conocimiento y amor de mi padre hacia sus hijos.

 

— Hijo, tu madre tuvo mala vida. Haz que la tuya compense su desgracia.

 

Y esa frase a los cinco años se me quedó grabada de por vida. La escuela de la Candelaria era un lugar donde nos enseñaban a leer y escribir. Se me daba bastante bien y la profesora puso empeño en enseñarme algo de sumas y restas, a la vez que me dejaba algún escrito interesante para leer en casa, principalmente textos de los acontecimientos en las Indias por parte de los exploradores españoles, textos que me inspiraban y hacían fantasear.

 

Mi familia pertenecía a la Casa de los Peiruza, cerca del Campo del Toro. Casa rica con huerta y caballerizas donde mi padre faenaba a diario a cambio de caseta y comida. La muerte de mi madre le debió dar pena a la señora de la casa y eso me permitió algún cuscurro extra de pan. El campo del toro era una extensión lindando con extramuros de la ciudad, hacia el sur. Terreno llano y roturado por diferentes cultivos que hacían de la ciudad un lugar donde raro era pasar hambre. Tenía una hermana fea, pero era mi hermana. La Bisalto le decían, por tener ojos saltones y una forma curva de cabeza a pies que sorprendía hasta a la propia gravedad. Yo no consentía que nadie se metiera con mi hermana salvo que por algún real a mi favor se dejara meter mano por diferentes mozos y no tan mozos. Este tipo de trueques me llevaron a entender el mundo del dinero y a darme cuenta de lo beneficioso que era aprovecharse de los demás.

 

Los años trascurrieron a base de bofetadas y desprecios de mi padre. Me tenía algo de odio por haberle matado a la mujer y me lo recordaba a diario.

 

—Sólo has traído desgracia a esta casa.

 

—Eres hijo del maligno y eso te acompañará de por vida.

 

Con arengas tan motivantes llegué a los dieciséis con una sola idea: hacer las Américas, volver rico para comprar la Casa de los Peiruza y esclavizar a mi padre. Pero este plan sufriría algún cambio al año siguiente ya que mi padre murió de fiebres y a mi hermana la preñaron, la echaron de la casa y también murió al tiempo. Alguien me dijo que de la paliza que le arrearon en los caminos para robarle al hijo.

 

Así que con el dinero de algunos chanchullos marché a Cartagena a embarcarme hacia las Américas. Recientemente había tenido noticias de que los

 

Reales Astilleros de Guarnizo habían dado vida a un navío llamado San Agustín, de dos puentes y setenta y cuatro cañones, y estaba listo para poner rumbo a Cuba. Este navío, años más tarde se hundió en la batalla de Trafalgar, con más de setecientos hombres a bordo. El viaje hacia La Habana fue fructífero. Yo me incorporé a la tripulación como mozo de cocinas y mi misión era limpiar toda la porquería para volver a echarla en la cazuela para el siguiente rancho. Mi maestre, Don Juan de Arango, me dio la segunda lección más importante de mi vida: mejor que lo malo le pase a otro.

 

Aquellos cuatro meses de travesía me agudizaron el ingenio. Viajaban bien hospedadas algunas familias adineradas que seguramente habrían pagado más de 500 ducados por la travesía y sus acomodaciones bajo la seguridad de un navío militar como aquel. Intimé con la hija de una de esas familias, que pretendía llegar hasta la Argentina para dedicarse a la ganadería extensiva. Adela, la susodicha hija, me soltaba algunos ducados por darle placeres. Era fea pero rica. Además, esto me permitía entrar en los camarotes y apropiarme de lo ajeno. Hice correr el bulo de que el ladrón era el chico de los aseos y el desgraciado acabó de cabeza por la borda. Menudo era el capitán del navío, Don Antonio de Gaztañeta, militar y marino. Mejor que lo malo le pase a otro.

 

Al llegar a La Habana salí por piernas. Seguramente a los nueve meses la familia de Adela disfrutaría de un nuevo bastardo. Cogí mi petate y marché a las plantaciones azucareras que, desde la guerra de los Siete Años, estaban en manos de los ingleses y donde se decía que podías ganar dinero. Allí fue la primera vez que vi un hombre negro. Los ingleses habían creado la ruta del comercio de esclavos desde Jamaica. Me di cuenta de que se ganaba más dinero con la carne humana que con la caña de azúcar. Congenié con un comerciante portugués, Diogo Gomes, muy amigo de los ingleses y perteneciente a la Real Compañía Africana, encargada del tráfico de esclavos. Él me enseñó mi tercera lección de vida: el dinero te da el título. Puedes ser un miserable, analfabeto o un bastardo. Si eres rico, cuentas con el respeto de los demás.

 

A los cinco años ya atesoraba una pequeña fortuna que me daba los placeres que quería. Principalmente siempre deseaba lo mismo. A la mujer de otro y sus riquezas. Diogo Gomes me advertía que aquello no acabaría bien. Lo curioso es que el que no acabó bien fue él. Un día estaba dando latigazos a unos negros revoltosos cuando se le volvió uno de ellos y le asestó un puñetazo que lo dejó muerto. Menuda fuerza la de aquel negro. Así descubrí el mundo de las apuestas a vida. Combates que realmente eran a muerte, lo que me hizo ganar más dinero ya que los ingleses eran sumamente aficionados al juego.

 

Con una comprada y respetada posición en La Habana había llegado el momento de contraer nupcias. En aquel tiempo el gobernador era nuevamente español, Don Ambrosio Funes Villalpando Abarca de Bolea, conde de Ricla, lo que me aportó su confianza de inmediato por aquello de ser los dos de Zaragoza. Hombre ya cansado de guerrear de un continente a otro y cuya familia había traído desde Madrid con la intención de que le acompañaran en su etapa

 

americana. Y hasta allí llegó la señorita Margarita Funes Villalpando de Linajas y Muel. La que se convirtió, para desgracia suya, en mi mujer.

 

Dos años más tarde, ya asomaban dos pequeños retoños fruto de nuestro

¿amor? No negaré que le tenía afecto, más allá de que mi promiscuidad la hacía muy desgraciada. Era guapa, delgada y con buenos modales. Traía una fortuna bajo el brazo, cosa que le daba mucha más belleza. Hice construir un palacio para ella, con cuadras de hermosos caballos y diez criados negros a su disposición. Asistíamos a fiestas y encuentros sociales que nos hacían estar con lo más granado de la ciudad. Cierto es que me ausentaba por meses con el fin de atender mi negocio de esclavos en las plantaciones de La Florida y sabido era que allí contaba con otras mujeres que satisfacían mis placeres más humanos. En mi defensa tengo que decir que todas esas mujeres se volvían a sus casas con buenas dotes que les daban una nueva posición casadera.

 

Mis dos hijos, Emilia y Ambrosio, marcharon a vivir a Madrid con su madre y su abuelo, cuando el gobierno y las fiebres decidieron que el bueno de mi suegro debía regresar con el fin de tener una muerte digna en el reino.

 

Pasaron años de gran provecho para mí y de miseria para todos aquellos que entraban a formar parte de la mercadería de mi compañía. Yo tenía la gloriosa misión que me encomendó mi padre de que mi vida compensara su desgracia, y a mí me compensaba. El dinero me daba todo aquello que cualquiera podía desear. Llegó un momento en que ya no sabía qué hacer con tanta fortuna y, aunque las mujeres me seguían interesando, mi cuerpo parecía haber decidido que ya no tenía más interés por ellas y las faenas se hacían sin cortar oreja alguna.

 

Así que, en el año del señor de 1785 y una vez fallecido mi suegro, evitando así mi seguro asesinato, decidí volver a España y asentarme en Zaragoza. Mandé comprar la finca de los Peiruza por tres veces su valor, lo que evitó cualquier rechazo de compra, y traje a ella a mi mujer y mis hijos. Su odio hacia mí era innegable y muy obvio. Tampoco hice nada por contrarrestarlo. Más bien lo incrementé. Mi amargada mujer se pegaba el día entre llantos y con cada llanto engordaba un kilo. A mi hijo le encomendé la misión de formarse y dirigir los negocios en La Habana. Él rehusó la oferta y huyó de la casa. Supe que había muerto, básicamente porque lo mandé seguir y en una de esas persecuciones cayó del caballo y se desnucó. A mi hija la hice casar con un comerciante inglés que le dio buena vida y buenos hijos, y a mí nuevas rutas de mercadería. Ella no ha querido saber nada sobre su padre. El dinero que le he mandado siempre ha venido devuelto junto a una nota: El día que mueras celebraré una gran fiesta.

 

Margarita murió un mes de agosto, igual que mi madre cuando me parió. Ambas muertas por los dolores que yo les había provocado. A partir de entonces me encerré mucho en la finca. En la ciudad se sabía de mi fortuna e hice por dejar alguna huella de mi paso por la vida. Mandé pintar varios cuadros a un tal Francisco de Goya y Lucientes que andaba mucho por la corte de Madrid y que había nacido a algunos kilómetros de la ciudad de Zaragoza. En España se

 

notaba ya la decadencia y las malas artes de la corona, estúpida y sin sustancia. Esto me llevó a volver a La Habana y no regresar nunca más al viejo continente.

 

Y es ahora, ante la realidad de mi inminente muerte que doy cuenta de tantas vidas arruinadas por mis propias lecciones de vida. No me siento culpable de la muerte de mi madre. Nada tuve que ver. Fui un mero espectador de los acontecimientos. Siento por la de mi hermana la Bisalto a la que algo puede ayudar y no hice. Siento por los que han muerto en mi lugar por mis falsas y mal intencionadas informaciones. Siento por los hijos que habré dejado por La Florida, La Habana y otros lares. Pero ante todo lo siento por Margarita y por mis hijos. No supieron aprovechar la vida de riquezas que les di y prefirieron ahogarse en su desgracia antes que luchar contra ella, como mi propio padre, primera lección de mi vida, indicándome el camino que jamás debería de seguir. Creedme si os digo que no os dejéis atrapar por el barro de la vida, superadlo y si hay que salir de él, aprovechad la espalda de otros. Soy consciente del daño que he generado y que muchos festejarán mi muerte, mi hija la primera. Pobres diablos. Vidas miserables las suyas. Salvo por estos destellos de arrepentimiento que ahora tengo, una y mil veces volvería a vivirla. La desgracia ajena siempre es relativa. En cuanto te alejas de ella, el silencio la borra de tu mente.

 

Y para quien quiera leer estas breves memorias, aquí las dejo en La Habana a 27 de julio de 1794 por quien firma, Don Alfredo de Easo y Arizmendi, bienhechor de La Habana, Zaragoza y Ricla por herencia dejada a estas tres poblaciones para que hagan uso de esta, dejando busto honorífico de mi persona en plaza principal de cada villa.

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