LA EXPOSICION – Jeanne Gassion

 

Recuerdo la primavera de 1939, cuando conocí a Frida Kahlo. Y me enamoré como una bestia. De su cuerpo torturado, de su cara hermosa, de su alma sedienta. De su todo.

Ocurrió en una exposición de sus cuadros, aquí en París. La verdad, no me gustaban demasiado las exposiciones. Enseguida me empezaban a doler los pies -a mí, que tanto había caminado por París y sus alrededores-, me aburría y acababa pegando la hebra con el conserje o con la empleada del mostrador; sus conversaciones me entretenían más que las pinturas. Excepto si los cuadros eran de Picasso. Sobretodo los de su etapa azul. Podía pasarme largo rato admirándolos; algo tocaban en mi alma que no sé describir, y que me subyugaba. Me entristecían, pero era una tristeza placentera. Me hacían temblar, me removían por dentro, sí. De dolor y placer a la vez.

Fue el mejor amigo de Picasso, Jean Cocteau, quien me recomendó tal exposición. Te encantará, Édith, me dijo. Es una pintora mexicana, Frida Kahlo, que ha sufrido mucho, y eso se palpa en cada pincelada, me dijo. El Louvre ha comprado uno de sus cuadros, me dijo. A mí todo eso me importaba bien poco. Pero entonces me soltó: si tanto te gustan las pinturas de la etapa azul de Picasso, esas también te gustarán, te lo aseguro. Y me empezó a entrar curiosidad, así que, una tarde -eran las cuatro y el cielo, muy oscuro, griseaba en varios tonos amenazantes- me vi apretujada en el coche de Cocteau con Picasso, su novia Dora Maar y los Breton: André, el poeta, y su mujer, la pintora Jacqueline Lamba. A los Breton apenas los solía tratar yo; eran amigos de mi querido Cocteau y habían asistido, por consejo de él, la a algunos de mis conciertos.

Llegamos a la galería. A mí me apretaban ya los zapatos nuevos. Dentro, además, hacía un calor digno del infierno, y, en cuanto entramos, todas las miradas y los comentarios se centraron en Picasso. Cargada con mi abrigo de paño color vino, mi bolso y mi estola de pieles

-me la había comprado días atrás; era realmente bonita y yo estaba muy orgullosa de ella-, pillada entre Jacqueline y Dora -que, como pintoras, comentaban con propiedad los aspectos técnicos y las influencias-, yo, que no entendía nada, miraba los retratos de una altiva y hermosa mujer cejijunta con extrañas vestimentas – luego supe que eran ropas tradicionales mexicanas- y me preguntaba qué aspecto tendría yo, pequeña y fea, entre las bellezas que eran Jacqueline y Dora. Me sentí triste por mi fealdad e ignorancia, cansada de tanta pintura, sofocada por el calor, y deseé tomarme una copa, así que me separé de Jaqueline y Dora y me puse a deambular por la sala cuando, de golpe, vi el cuadro.

¡Dios mío, qué cuadro!

En una habitación desnuda excepto por una cama de matrimonio y un cuadro con una mujer llorando, otra mujer, cubierta de cintura para arriba con una sábana, paría: de sus interioridades emergía la cabeza de la cejijunta que aparecía en tantos retratos. Todo era tan crudo -la sangre en la sábana bajera, el vientre abultado de la parturienta, sus piernas abiertas en la postura del parto, los pelos en su pubis, la desproporcionada cabeza adulta de la cejijunta saliendo del agujero, la soledad de aquel extraño nacimiento. Nada que ver con los desnudos edulcorados que tanto gustaban a los impresionistas- que me dejó pasmada, allí de pie, largo rato. Me costó mucho asimilar lo que veía, y en cuanto conseguí recuperarme volé en busca de Dora Maar:

  • Dora, Dora, explícame este

 

Dora me acompañó hasta el cuadro y suspiró de satisfacción:

  • Exquisito, Édith. ¿Te gusta?

-¿Qué tiene de exquisito, carajo? – pregunté asombrada.

  • Su fuerza. Su sinceridad. La sangre, que casi nunca se pinta ¿no lo has pensado, Édith? Los colores son…
  • ¿Pero qué representa? – interrumpí. No me interesaban los aspectos técnicos.
  • El nacimiento de Su nuevo nacimiento, después de la muerte de su madre.
  • ¡Ah, carajo! Por eso la tía que pare está tapada. ¡Es un cadáver! Y por eso el bebé es una mujer adulta. Y ¿quién es esa mujer que llora en el cuadrito? – señalé el cuadro pintado sobre el cabecero de la cama.
  • La Virgen de las Angustias, Édith. Llora la muerte de la madre de Frida, y llora por la tragedia que eso representa para Ven. Te llevaré a ver otros cuadros que te encantarán.

Los cuadros eran asombrosos, e irradiaban un dolor que clamaba al cielo, como si la pintura tuviera una pátina de sufrimiento puro. En uno, la cejijunta desnuda, tumbada en una cama llena de sangre, con un abultado vientre de embarazada, de fondo un cielo turbio, y, por encima de ella, de la mujer, un enorme feto varón (\\\»Anhela tener un hijo, pero ha sufrido varios abortos\\\» me susurró Dora). En el segundo, una niñita pequeña con la cara cubierta por la máscara de la muerte, de fondo el mismo cielo turbio. Este me contrajo el corazón dolorosamente, porque me recordó a mi pequeña Cécelle, que en aquella época tendría seis años, de haber vivido. Pero la niñita del cuadro bien podría tener dos años y medio, la edad de mi Cécelle cuando murió. Turbada por los cuadros, con la guardia baja, empecé a llorar en silencio y, torpemente, hurgué en mi bolso en busca de un pañuelo. Dora Maar, que me estaba contando, en voz muy baja, que Frida Kahlo pintaba tanta sangre porque en realidad quería representar la regla (\\\»¿te das cuenta, Édith, qué valiente? ¡Eso nadie lo pinta, es un tabú!\\\») me soltó el brazo y se alejó de mí murmurando \\\»voy a ver qué hace Pablo\\\», pues le horrorizaban, a Dora, las \\\»efusiones sentimentales\\\». Manías de los artistas. Yo no podía dejar de pensar en el cuadro de la muerta pariendo, porque mi madre me abandonó de pequeña, jamás estuvo presente en mi infancia y ahora no me quería más que para pedirme dinero para morfina, así que me imaginaba siendo parida por un cadáver en un cuarto solitario. Y, delante de mí, el cuadro de la niña con la máscara de la muerte, con aquellas piernas regordetas que tanto me recordaban a mi Cécelle, en aquel extraño paisaje turbio; me pregunté dónde estaría mi Cécelle ahora, si estaría en alguna parte. Lloré y lloré, tapándome la cara con el pañuelo. En algún momento había dejado caer mi bolso, mi abrigo y mi estola para llorar más a gusto, siempre en silencio, eso sí, pues no quería quitarme el pañuelo de los ojos y ver que todo el mundo me estaba mirando, a mí y a mis pertenencias desparramadas, o eso creía yo. Entonces oí una clara voz femenina con fuerte acento:

-¿Se encuentra bien? ¿Puedo ayudarla en algo? Perdone que no le recoja sus cosas, pero no puedo agacharme.

Miré, a través de mis lágrimas, y vi en persona a la pintora cejijunta, aquella Frida Kalho que me miraba solícita. Era una mujer bellísima, vestida con los extraños ropajes de los cuadros. Me incliné rápidamente a recoger mis cosas, me sequé la cara con el pañuelo y constaté que

 

no había nadie mirando en mi dirección. Volví a fijar la vista en la pintora mexicana y farfullé con voz ronca:

  • Esos .. me abrasan por dentro.
  • Mi francés no es muy La abrasan… ¿quiere decir que la queman? ¿Como con fuego?
  • Exacto, eso quiero decir- respondí con voz ya más
  • No puedo evitar alegrarme, porque jamás había visto una reacción así ante mis Lamento el mal rato que ha pasado usted.
  • Bah, no se preocupe, soy una llorona de cuidado. Sus cuadros son tremendos, tremendos de La felicito. Los únicos cuadros que me habían impactado tanto son los de la etapa azul de Picasso. Sobretodo el de la alcohólica. ¿Lo conoce usted?

-¿Que si lo conozco? – exclamó ella, cogiéndose de mi brazo -. Pero qué feliz me hace usted, comparándome con Picasso. Venga, por favor, a sentarse conmigo: no puedo estar mucho rato de pie o acabaré por los suelos. Por cierto, soy Frida Kalho, que no me había presentado.

Seguiremos charlando, si le parece bien.

  • Me parece Aunque no entiendo nada de pintura, si le soy sincera.

Fuimos hacia un banco, y su manera de andar me impactó, porque se movía como una muñeca desarticulada. Qué contraste con su cara bellísima, sus manos hermosas llenas de anillos ornamentados, su voz cálida y su manera de mirarme, como si yo realmente le interesara.

Aquel fue un día de impactos, sí. Y de ese modo conocí a mi Frida. Jamás podré olvidarla, por más años que viva. De pronto me soltó, mientras nos sentábamos:

  • Ya sé quién es Usted es la môme Piaf.
  • Para servirla- respondí, asombrada -¿Cómo se ha enterado? ¿Se lo han dicho los Breton?

Lo que más anhelé en aquel momento es que Frida me dijese que me había oído cantar, y que le había impresionado tanto como a mí sus cuadros. Pero no fue exactamente así:

  • Sí, los Breton me han hablado de usted. Me han dicho que es cantante. De las buenas. Y, después de haber visto cómo .. esto, se vaciaba, sí, ante mis cuadros, la verdad es que me gustaría mucho verla y oírla cantar.
  • Ah, pues venga usted a verme cuando Esta noche actúo en el cabaret Tal, en la rue Tal (ahora que escribo esto no recuerdo exactamente dónde actué aquella noche). Los Breton saben dónde es – le respondí muy contenta.
  • No puedo, por desgracia. Mi cuerpo no aguanta tantas horas sin descansar. Ahora mismo estoy rendida y me duele todo – comentó ella con tristeza. – Pero no puedo marcharme de mi propia exposición.
  • Ay, ojalá pudiera hacer algo por ¿Quiere que le traiga algo?
  • Se lo agradezco, pero traigo mi propia medicina – sacó una petaca y dio un largo
  • ¿Qué es? – pregunté yo, Ya entonces me gustaba cualquier bebida siempre que llevara alcohol.
  • ¿Quiere probar?

 

  • Pues sí, gracias – repuse, y tomando la petaca di un buen La garganta me ardió como si hubiera tragado fuego:
  • Aaaaaaaajj, mi garganta, carajo, que me gano la vida con

Frida soltó la carcajada; su risa era como música de flauta, como un pegadizo andante, e iluminaba su rostro ya de por sí bello:

  • Ah, los europeos, los europeos no aguantan el tequila – dijo
  • Apuesto a que con entrenamiento sí lo aguantaríamos – repuse yo, algo irónica, sin dejar de

Ella me puso la mano en el brazo y susurró:

  • Pero mire, mire a Lleva un buen rato mirando hacia aquí y no para de dibujar en su bloc. ¿Cree usted que nos dibuja a nosotras?
  • A usted es posible: a mí, no creo – contesté, poniéndome de pie – pero voy a

Me llegué donde Picasso, esquivando los grupos de gente que cada vez eran menos numerosos:

  • ¿Qué estás dibujando, Pablo? ¿La estás dibujando a ella? ¿A ver?
  • Édith, disimula, mujer – gruñó él. Casi no vi el dibujo porque Picasso, enfurruñado, trataba de apartarlo de mí con movimientos bruscos. Pero me pareció distinguir una cara con entrecejo: Jean Cocteau, presuroso, me cogió de los hombros y me atrajo hacia sí:
  • ¿Te está gustando la exposición, Édith?
  • Oh, Jean, me Pero debo volver con Frida.
  • Te has hecho muy amiga de Frida. ¿Ya te ha dejado probar su agua con secreto? – me preguntó Picasso con malicia, en voz baja, acercándose a mí para que le oyera bien. Pude ver con claridad el dibujo, entonces. Era magnífico. Con unos pocos trazos había captado con nitidez la expresión, entre estoica y muy atenta, de
  • Por supuestísimo, Pablo, pero contigo no la vamos a compartir- le contesté muy digna. Él se rio, y yo me alejé de ellos en dirección a Frida. Para mi disgusto, Dora y Jacqueline estaban sentadas con ella, ocupando el sitio que antes había disfrutado yo. Las tres hablaban de Me volví, pues, a contemplar los cuadros que tanto me habían impresionado. Y pasé la tarde en otro mundo.

Oh, sí, en otro mundo. En el mundo en que transcurrieron las siguientes dos semanas, hasta que ella regresó a su tierra y me dejó con la boca y el alma secas. ¿Que si tuvimos una relación? La tuvimos. Durante aquellos días, Frida pintó sobre mi cuerpo e hizo latir mi piel.

¿Que si la piel puede latir? Doy fe de ello. ¿Acaso no es el órgano más grande del cuerpo?

¡Dios mío!

Aquellos días gloriosos, Frida reinó. En mis pensamientos, en mis días, en mis noches, en mi canto. En mi todo.

Un pensamiento en \"LA EXPOSICION – Jeanne Gassion\"

  1. En el relato la exposición, veo un diálogo a tres voces: pintura, literatura y vida real.
    Una mágica combinación que ilustra realidades vitales.
    Son de gran calidad literaria los relatos.
    Enhorabuena.

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