LA GITANA BAILAORA – Mª Carmen Devesa García

                                      

  Los vio pasar de madrugada, sigilosos, mirando de reojo. Bebieron ávidos,  y llenaron tres botijas en la fuente, junto al viejo lavadero de la plaza. Eran cinco, contando al bebé que la madre abrazaba con fuerza, y cubría con un gran pandero que portaba en su mano izquierda.  Otro niño, de unos cuatro años, agarrado a las faldas de su madre, daba traspiés mientras caminaba. Demasiado grande para ir en brazos; demasiado chico para seguir el paso largo  de los adultos .

        El hombre les seguía muy de cerca, algo encorvado por el peso de un gran  cesto que cargaba al hombro, colgando de una vara. Cinta en la frente, recogiendo el pelo, cigarro en la boca; y  su mano derecha, crispada,  aferrando  una guitarra rota, ensangrentada.

        Una gitana vieja completaba el cuadro, con aire grave y misterioso, como de pitonisa. Le ocultaba el rostro un sombrero elegante, de copa y ala ancha .

       Pasada la medianoche, los vio desde su ventana. Así lo declaró, cuando pidieron testigos para esclarecer el crimen.

     Y el caso, tal como fue en todos sus detalles, lo relataron  los presentes,  y quedó estampado en los anales:

                                             

         “En el tablao bailaba la gitana, esbelta, graciosa, el brazo izquierdo en jarras. Y el derecho, libre por el aire, agitando el pandero; la cintura quebrada, las caderas ondulantes, la mirada abierta hacia el horizonte, ajena a todas las miradas. Su marido, templado en voz y guitarra, la acompañaba desde el lado izquierdo  del tablao. Muy bueno el contrapunto, todo acompasado: toque, cante, baile, palmas, jaleo y golpes rítmicos en las mesas. Sin esparrabarse, la bailaora se convulsionaba, poseída del duende que se expandía a través de ella.  Todo iba bien, una noche mágica, hasta que  sucedió aquello, y  el jolgorio se volvió tragedia.”

      Yacía en el suelo, pálido, entre los  estertores de la muerte, rodeado de los más amigos; el resto, un poco más lejos cuchicheando. Algunos, con las manos en la boca. Todo su pecado fue gritar: “Ole, Dolores”.  Y el marido como un loco, dejando  toque y cante, saltó de la silla.  Le espetó un golpe fuerte ,  la quilla de la guitarra se le hincó en la sien. Un golpe con mala suerte.  Calló fulminado.

      Dolores dejó de bailar; un nudo le atenazó la garganta, los pies, las manos. Se hubiera lanzado sobre el agredido para protegerlo, para darle aire, para no dejarlo morir…  Pero nada de eso hizo, por miedo al marido. Todo el sentimiento se lo tragó hacia dentro, y  el amor sucumbió en la amargura.

      Entre el suegro y el cuñado les prepararon la fuga, y con lo puesto se echaron al camino, antes de que llegase la justicia. Para cuando los familiares del difunto empezaron a pedir venganza, ellos ya estaban  lejos; y a buena marcha siguieron toda la noche. Llegaron al Puerto de las Indias, en Sevilla, de donde zarparía un barco para las Américas; al mando de la navegación, un capitán de la familia.

      Antes de subir al puente del  navío, Dolores pidió, con toda la serenidad que pudo, ahogando el llanto:

                       -Huye tú sólo, Manuel; si quieres llévate a Julián. Que tu madre y yo, con Juanillo, nos quedamos, para no ser lastre. Cuando pase tiempo, vuelve. Pero ahora, déjanos quedar. Y huye tú, Manuel, con Julián, que ya es grandecito.

       Se marcharon solos. Las dos mujeres, con el chiquitín, desandaron lo andado a toda prisa.

      Nadie en el pueblo les maldijo, siendo  como eran, inocentes. Lloraron, como todos, al muerto; y cada mes, Dolores acompañaba a la  madre del difunto  a limpiar la tumba y a poner flores.  Algunas madrugadas iba ella sola, lloraba, rezaba y bailaba para él.

-“¿Era mi padre?”, le preguntó Juanillo, una noche que la siguió hasta el cementerio. Y la respuesta fue un quejío.

      Pasaron muchos años. Murieron unos y nacieron otros. Dolores nunca más se subió a los tablaos. A Juanillo, a Juan, que ya le sobraba  el diminutivo,  le gustaban las guitarras, pero no para tocar en público, sino en su taller.  Aprendió el oficio de maestro artesano,  las fabricaba como nadie, las restauraba y las afinaba. ¡Qué  arpegios tan vibrantes sacaba de las cuerdas! Conocía todos los palos  del flamenco . Anejo a la humilde casa estaba su taller, y tenía varios aprendices.  Juan de Chavez… Juan, un tipo peculiar, artista, callado, luminoso;  y, a veces, de mirada torva.

  • Mi padre… un día lo voy a vengar. En cuanto pueda, cuando ese hijo de perra vuelva. O quizá vaya yo en busca de su sombra, para destrozarlo.

       Cuando este pensamiento le sobrevenía, inspirado por los demonios que le poseían, el color se le mudaba, de rojo a blanco y después a verdinegro; de los ojos le brotaba sangre y por las noches rechinaba los dientes con un  bruxismo que asustaba. A pesar de todo se casó y tuvo numerosa prole, que  Dolores ayudó a criar.

       A ella, varios la pretendieron. Nunca deseó estar con nadie. Su amor yacía muerto. Y vivo.

            – Recordad que tengo marido, que no soy libre, que un día ha de volver (“Ojalá que no vuelvas ni muerto ni vivo,  maldito seas”, decía para sus  adentros .)

            – Abuela, enséñanos a bailar la soleá, la bulería y el fandango, que dicen por el pueblo que no hay otra como tú.

      Porque no la marearan con sus impertinencias, les enseñaba un poco:

                    – Las manos así, leves como mariposas. Los pies firmes, arraigados en el suelo y  a la vez graciosos;  el ritmo, el  compás. No miréis a las caras de nadie, cuando bailéis, mirad a lo lejos, al horizonte; que enfrente está la vida real;  el tablao es provisorio, es aparencia, es humo. En cualquier momento  algo se quiebra, y viene la desgracia.

               – Madre, mira esta guitarra, que han traído para restaurar. No sé ni calcular sus años. Está escangallá. Tiene destrozada la quilla, doblado el mástil, y hasta parece que tiene manchas de sangre.

A ella le entró un pálpito,  cuando la reconoció.

        – ¿Quién la trajo?

  • Un hombre triste, madre, de espalda encorvada, cinta en la frente y manos de guitarrista.  Dice que la arregle y que me la quede, que él  ya no la quiere. Un tipo raro. Mira, es aquél que va a doblar la esquina. ¿Le conoces, madre? ¿Le recuerdas de algo?

 

  • No, hijo, ése no es del pueblo. ¿Y para qué vas a perder el tiempo, reparando una guitarra vieja que ni su dueño la quiere? Déjala para leña. Espera… Sólo quiero… voy a limpiar esto que parece sangre, tal vez sea de un inocente. Voy a recogerla, hijo, aquí en mi pañuelo más bonito, y darle sepultura. Sangre, quizá, del corazón y de la amargura de alguien, de alguna…

      Por las palabras de la madre adivinó el hijo. Le entregó  la guitarra. Y después, sin ser visto,  salió corriendo tras el asesino de su padre. Le dio alcance en el descampado, cerca del matadero. No quiso atacarlo por la espalda; se puso enfrente, le agarró por las solapas, le empujó al suelo. El otro no se defendió. Le miró suplicante, eso sí, y pronunció una unica palabra: “Hermano”.

No le oyó, no le escuchó. De haberlo escuchado, tal vez… No razonaba Juan. Él, tan sensible, tan artista, se volvió loco de ira y se dejó llevar por los demonios.  Visto de cerca, aquel hombre no le parecía tan viejo como él  calculaba por los años transcurridos, pero le daba igual. Él golpeaba y golpeaba.  Viéndole inconsciente, le dejó por fin.  Se limpió las manos con un trapo, se secó el sudor y volvió al pueblo y a su trabajo. No habló en todo el día, sólo escupió saliva. Y por la tarde durmió   una siesta de tres horas.

      Cuatro  buitres volaban haciendo  círculos, y cada vez descendían más hacia la carroña que yacía inerte. Carroña parecía, pero no lo era. Unos ojos clarividentes vieron más allá de la apariencia, y descubrieron un leve respirar. Parece mentira, cuánta fuerza en la vieja nigromante que lo había visto todo, y que se llevó al moribundo hacia su cueva.

Supo que era Julián, el nieto. 

                 –Gracias, señora.

                 –Soy tu abuela.

       –¿La del sombrero de copa y ala ancha?

      Un  recuerdo, un abrazo, una sonrisa . Julián, el infante  desterrado, completó capítulos que le faltaban.  Se recuperó de la somanta con los unguentos y brebajes de la abuela.. A los días, ésta  envió recado a la Dolores, y aunque no se trataban, acudió.

     –¡Madre!,

       Julián se agarró a su falda, y un llanto recio lo sacudió con  violencia . Se abrazaron las tres generaiones. Una sombra se escurrió dentro de la cueva, sombra de hombre tocando una guitarra restaurada. La voz grave, en un fandango. Dolores se irguió, majestuosa, brazos al vuelo,  mientras Juan cantaba.

        La abuela sirvió gaseosa para todos, en jarras desportilladas que había recogido en las basuras. ¡Qué buen ambiente en la oscura cueva, la familia reunida!

           –“Pero falta uno”,

 pensó la vengativa vieja. Y echó el mortal curare en las jarras de Dolores y Juan.

Al alzar las jarras y brindar, “Iros al infierno”, deseó la vengativa, que tras largos años de urdir su plan, pudo,al fín, quitárselos de encima.

 

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