LA LLAMADA – Magdalena Verd Noguera

Eran las dos de la madrugada  cuando una llamada telefónica quebró el silencio de la noche interrumpiendo su sueño. Javier se levantó sigiloso para descolgar  el teléfono, pensando que  las llamadas telefónicas  a estas horas siempre producen desasosiego e  intranquilidad,  las llamadas  que se reciben a estas horas  son las que no pueden esperar y son siempre portadoras de malas  noticias. Descolgó el teléfono y al otro lado del teléfono

escuchó  a su hermana que le decía:- ponte en camino, mamá ha muerto hace unos minutos.

Helena, presintiendo lo que ocurría se levantó y se dirigió hacia él para abrazarle. Así permanecieron unos minutos llorando, después  prepararon un ligero equipaje mientras comentaban cómo había sucedido.

Se dirigieron  al tanatorio y  cuando se  acercaban al  féretro   notaron  una calidez que emanaba del perfume  de los numerosos  ramos  de  flores y coronas.

Nunca  había estado tan hermosa, le susurró Helena a su  marido todavía embargado por la emoción  y el llanto que le produjo aquel   primer momento.

Con un rosario entre las manos, su imagen parecía arrancada de una estampa de santos,  en su rostro  sonrosado no  había el más mínimo atisbo de sufrimiento,  de él  emanaba  tranquilidad y  dulzura  matizada por  una  sonrisa  tenue  y sutil  que al observarla parecía darse  cuenta  de  la presencia de todos sus  seres queridos, porque todos fueron a despedirse de ella. Su aspecto no  dejaba  entrever las penalidades que le había deparado su existencia, porque había formado un escudo de  dulzura y cariño como blindaje a aquella larga y   dura  carrera contra la adversidad que fue  su vida.

Observándola en su féretro, Helena   trató de imaginarse el ostracismo  en que vivió, el largo silencio que fue su vida. Esa historia que a fragmentos le había contado su marido  y que juntos investigaban  para llegar a descifrarla por completo y comprobar que las mayores adversidades  no habían mermado esa extraordinaria capacidad para  salir adelante, dar cariño y transmitir alegría  que la  caracterizó hasta  el último momento.

Hizo frente a las circunstancias que  la acompañaron con un pacto de silencio efectuado consigo misma. Supo desarrollar una vida al margen del entorno  del que  formaba parte  desde su matrimonio, para que sus hijos llevaran una vida normal  y no se  vieran afectados por la época de sordidez, carestía, dureza económica,  por las  crueles habladurías, desprecios y  la marginación impuesta por unos vencedores.

Recordó aquella Navidad que pasaron con ella,  la última de su  larga vida, cuan- do  un día antes  de  su regreso, a hurtadillas y con manos temblorosas abrió el mueble bajo del reloj de  pared   y con el máximo de los secretos  les entregó una cartera  decolorada y  vieja que había mantenido escondida  más de cincuenta años y como todavía con miedo,  con voz queda y casi  a oscuras les  relató algunos de los secretos inconfesados hasta la fecha sobre las actividades de  Marcos, su marido y desconocidos para el resto de  su  familia.

La cartera curtida por el tiempo custodió  en silencio su más preciado tesoro, las  cartas  que le remitió su esposo  durante su  larga y forzosa ausencia y así como los documentos que recibió al fallecer. Tenía dos fuelles laterales. En uno  permanecía escondida y pegada a los bordes  una libreta muy deteriorada  con las esquinas desgastadas, y las hojas marchitas  y amarillentas .En el otro lateral  estaba su billetera con documentación personal y una factura doblada, crujida con manchas de sangre  que durante  más de cincuenta años  había guardado en silencio  muchos   secretos. Además de  la factura de pago era  la garantía de compra de un reloj en una  relojería ubicada en  el 34 de la Rue du Cotton de en Hanoi. Las cartas  recibidas en el transcurso de los años  de exilio las guardó con todas  las  pertenencias  recibidas y las quiso guardar en un lugar seguro.

La entrega de los documentos además de sobrecogerles despertó  un enigmático interés en ambos. La factura  fue un hallazgo casi  mágico  que se erigió en   talismán de un largo recorrido  a través del misterio,  la  historia y la intriga.

Regresaron  a su casa en el último  avión. Silenciosos con el semblante triste y cansado entre café y bocadillo tras la larga espera hicieron cábalas y  por sus mentes iban desfilando preguntas, especulaciones, intrigas, secretos y misterios indescifrables sobre el contenido  de  aquel manuscrito que  habían empezado a leer y que les costaba  interpretar dada su complejidad. Ahora más que nunca les apremiaba el interés por descubrir su significado. Se preguntaban si sería un diario de guerra si las palabras entrecomilladas o subrayadas serían  claves de operaciones de guerra o  secretos de Estado comprometedores, un sinfín de ideas corrieron por  su imaginación  acortando la larga espera.

La libreta  manuscrita  era  un diario personal escrito en español  y un cuaderno de notas en el que se podían leer  nombres  de mujeres en francés; Eliane, Claudine, Huguette, Beatrice. Operación Castor. El 26 de Octubre de 1946.   Operación W 74.  La Ruta RC4. General Trin Minh The. Palabras en  vietnamita, esquemas dibujados a lápiz, el plano  de una carretera  que hacía  frontera  con China  en la que  estaban subrayadas a lápiz las ciudades de  Dien Bien Fu  y Gia Lam. El otro plano se trataba de la carretera de Haiphong a Saigón. Otros nombres eran Ha Long,  Bahía de  Tonkín, la montaña Sagrada.

¿Quiénes eran y qué significaban  aquellos nombres  de mujeres en francés? ¿Qué  pasó  el  26 de Octubre de 1946? ¿Qué era la operación W 74? ¿La Ruta RC4? ¿Quién era el General Trin Minh The? ¿Qué pasó con él? ¿Qué significaban Dien Bien Fu y Gia Lam? ¿Qué era  la Operación Castor? Todo era como un  jeroglífico indescifrable. Cuantas más dificultades se presentaban, más fascinación  sentían  por su descubrimiento.

 

Hanoi

Helena sabía que  la sensualidad asiática podía llegar al interior de los  sentidos y ser capaz de despertarlos. Tenía claro que  la perla de oriente o el París asiático, así se llamaba a Saigón la capital de la Conchinchina en la época colonial de Indochina  era capaz de hacer aflorar a la superficie  las mayores emociones. Había elegido el Hotel Continental, lugar de tertulia de militares, legionarios, reporteros, corresponsales de guerra, fotógrafos y escritores de todo el mundo.  Sede de emisoras de radio de todo el mundo. Le llamaban  Radio Catinat, por su ubicación  en la Rue Catinat.

Al entrar en él Helena ya sintió la magia oriental y quedó fascinada  al  atravesar la recepción y contemplar las arañas  colgantes  de los techos, el mobiliario de los salones  conservado igual que la época  colonial.  Comprobó que los ecos de la guerra   resonaban en él. Era un auténtico viaje en el tiempo.

La calle, rebautizada ahora como Dong Khòi y arteria principal del comercio de la  ciudad con su explosión de color, luz y neones, atraviesa la plaza Lam Son,  donde estuvieron los consulados, embajadas y sedes de periódicos igual que los sórdidos cabarets y clubs de jazz  de la época colonial. Se percibía   el bullicio y  actividad de una  gran ciudad comercial  a caballo entre oriente y occidente con el contraste  que proporcionan los comercios  modernos y chics con los orientales.

Por unos segundos se trasladó al pasado y se imaginó como una observadora invisible sentada en la terraza.

Allí estaban los hombres y mujeres más elegantes de Saigón. Ellos con sus trajes blancos impolutos y sombreros, ellas con elegantes trajes de diseño parisino, con sombreros y pamelas a juego. Tomaban sus cocteles y Martinis  antes de irse a  comer. El ronroneo de los diferentes idiomas se  mezclaba  con la música melódica del pianista que amenizaba el ambiente. Era el lugar de  reunión  preferido  para evadirse  y crear un mundo ficticio  delante de una botella  abierta  cuando fluían  los recuerdos y desaparecían  los rencores delante  de una copa aromatizada.  La terraza estaba decorada con hermosas sillas  y mesas  de bambú,  en la barra  había unos taburetes octogonales. Este lugar era el preferido  por la clase  más selecta, allí exhibían  su elegancia europeos, aristócratas vietnamitas, nobles anamitas que formaban la corte del Emperador  Bao Dai, reporteros de guerra, periodistas de todo el mundo, comerciantes chinos y gente adinerada, casi todos iban en busca de las bellísimas “mademoiselles conchincinnoisses”  que se paseaban por las afueras del hotel  para convertirlas en sus concubinas. Las más cotizadas  habían pertenecido a la corte del emperador,  eran más bellas y procedían de la provincia china de  Si- Chuan, donde   las mujeres tienen la piel más blanca y fina.

Cada noche, antes de acostarse se sentaban en la terraza del Hotel y comentaban lo visto durante el día y preparaban la ruta del día siguiente. Experimentaban una gran  fascinación al estar sentados en aquella terraza y conjuraban la herencia colonial  francesa y se imaginaban rodeados de soldados  franceses, legionarios, periodistas, soldados de otros países, chicas de vida alegre, las famosas congais congregadas alrededor  de  la zona  en el otrora sórdido barrio  repleto de bares y fumaderos de opio donde  armaban jolgorio en plena calle conquistando a los occidentales para evadirse de la guerra.

Visitaron un  multicolor templo Caodaista. Oyeron misa cantada por  un coro de adolescentes. Observaron el  reverenciado Ojo Divino que presidía la entrada.

Llegaron a Hanoi y recorrieron las calles agrupadas por gremios como Hang silck,    Hang Duong  Hang Bong.  En la época de Indochina  se llamaba la ciudad de las treinta  y seis  calles. La Rue du Cotton, du Soie,  du Chauvre, du Papier, des Bambous, des Solailles des Voiles, des Joailles, Rue  Paul Bert. Caminaron entre  el bullicio  que emanaba de los pequeños comercios  que vendían toda clase de artículos,  desde arroz, sopa de soja,  frutas, vestidos, seda, bolsos, zapatos, artículos deportivos, perfectas falsificaciones de multinacionales americanas, bordados en seda y muchas cosas  más. Los niños  sonrientes y juguetones  corrían  entre  la muchedumbre. Javier  se sobrecogió al escuchar  las palabras: “la Rue du Cotton “. Aquellas palabras le transportaron a su infancia a aquella época para él de desconocimiento absoluto de la situación  y de las terribles circunstancias  por las que atravesaban sus padres, uno por un lado y otro por otro lado bien diferente. Recordar su infancia se había convertido en un pesar, en algo que le hacía  sentirse culpable sin serlo. A medida que  fue descubriendo  aquel pasado su cuerpo parecía iba acusando sentimientos diversos, a veces de culpabilidad otras de remordimientos por no haberse dado cuenta de las cosas que ocurrían, por no haber preguntado, por no haber indagado; pero es que solo era un niño. Siguió caminando  pensativo por aquella calle  cuando  un flechazo le recorrió  todo el cuerpo al pensar como su padre  había malgastado su juventud y su vida por Quizás había pisado por donde él ahora pisaba. El nombre de aquella calle parecía repetirse en su mente sin cesar.

-Es increíble, no me lo puedo creer, todavía está la relojería, dijo Javier  con voz entrecortada. Se detuvieron  y la observaron  unos minutos desde la acera de enfrente.  El rotulo decía “Antique Horlogerie”  seguida de unas palabras en vietnamita.  Era la misma sin lugar a dudas. El silencio que les había invadido solo se interrumpió por los  suaves clics de la cámara  de Helena que sin mediar palabra y de forma impulsiva, atravesó la calle y entró en  la relojería. De pronto se sintió invadida por una sensación de opresión. Estaba de pie ante el mostrador sin poder articular palabra. Se sentía sudorosa, agitada y sentía a su corazón palpitar  de forma alocada. Observó  tras ella a su marido pálido y con los ojos ligeramente húmedos. Helena que había cogido la factura  de las manos de su esposo,  la extendió sobre el mostrador ante la observación atónita de los dueños que la tomaron entre sus manos y sonrieron emocionados al verla. Hablaron unas palabras entre ellos y la fotocopiaron. La pareja eran hermanos. Nietos de los fundadores de la relojería, que, seguramente fueron los que vendieron  el reloj a Marcos y le dieron aquella factura, que prometieron ponerla en un lugar destacado y visible como si de un  cuadro valioso se tratara. Se despidieron  de forma cordial con la sensación de haber conocido a unos familiares. Fueron  unos minutos entrañables.

Al llegar al hotel Helena   releyó por enésima vez a Javier la carta que su padre mandó desde Saigón.

Saigón  21 Febrero de 1954

Queridísima Elisa y queridísimos hijos:

Después de un  larguísimo viaje  hemos llegado a la capital de Indochina Francesa, que se halla a más de veinte mil kilómetros de ésa.  Este hecho me ocasiona un  enorme sufrimiento, porque me recuerda lo lejos que estoy de vosotros. De cada vez  hay más kilómetros entre nosotros. Hace un calor sofocante. Hay muchísimos mosquitos y pasamos mucha sed porque el agua no es potable  y  nos la hierven.  Aquí los mosquitos  abrasan. En este país hay animales salvajes, gatos monteses enormes, serpientes, que cuando vas por la selva son peligrosísimos.  Dentro de poco me asignarán un nuevo destino. Ahora estoy haciendo guardia en el Aeropuerto de Gia Lam. Estoy  en un torreón que me sirve de refugio cuando hay  bombardeos. Aquí no nos dejan parar nos levantamos a las cinco de la mañana y hasta las  diez de  la noche no nos acostamos. Perdona que no sea más extenso, pero estoy  muy decaído moralmente, no tengo ni  ánimos de escribir y tú sabes que lo único que me motiva y amo realmente es a ti y a los niños.  Escríbeme y cuéntame muchas cosas de los niños y tuyas.

            Sabes que las cartas que recibo  escritas por ti y por los niños con sus palabras suavemente temblorosas e infantiles  en  las hojas rayadas  y arrancadas  de los cuadernos  de la escuela  me reconfortan y son las únicas  ventanas  hacia  la esperanza.

 Mándame una medalla de la Virgen del Valle, así me ayudará a ser más fuerte.

Recibid muchos abrazos y besos de quien jamás os olvida.

Marcos

Prosiguieron el viaje y visitaron el aeropuerto de Gia -Lam donde falleció Marcos y desde donde escribió la última carta.

 

 

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