LA PAUSA. Dolores Cristobal

Un cerrojo, otro. La férrea puerta de barrotes sonó al cerrarse tras de sí.  Subió al furgón sin mirar atrás.

La libertad le recogía a la puerta de la prisión. Salía después de trece años. Un pipiolo de buena familia, con estudios de oceanografía, atractivo y con educación exquisita que tomó el camino equivocado, poniendo así rumbo a la cárcel. Ahora tenía 42.

El regreso al sur era largo. Tendría tiempo para pensar en todo y en nada.

El furgón policial se detuvo en la estación de autobuses. Al bajar notó las miradas de la gente. Era sabido que aquel furgón transportaba a los presos de la cárcel a la estación y la desconfianza e incluso la repugnancia se reflejaba en sus caras.

Cogió el macuto y se sentó a esperar al bus que le llevaría a Cádiz. Sonrió al pensar en el océano y en el blanco deslumbrante de las casas frente al infinito azul. Todo le esperaba. Por un instante sintió la brisa de media tarde al pasear por la playa.

 

–El autobús con destino Cádiz, situado en el andén número trece, efectuará su salida en cinco minutos–. Avisaron los altavoces.

Al tiempo que se levantaba, el macuto voló a sus hombros. Con la cabeza agachada se dirigió al andén trece, creía sentir las miradas censurantes, pero ya no lo eran. El furgón se había marchado y ahora era un ciudadano más.

Mostró el billete al conductor. Se acomodó en su asiento y el autobús comenzó a moverse. En ese instante empezaba todo de nuevo para el Gaditano.

Los recuerdos se sentaron junto a él y le acompañaron hasta Cádiz.

Sus padres habían fallecido.  Más dolorosa que su ausencia era el dolor que le producían los remordimientos. Jamás le abandonaron. Le habían educado para una vida honrada. Estudió en la mejor universidad y fue alumno de excelentes notas. Su madre no disimulaba su gozo y su padre, a pesar de nunca decírselo, no podía estar más orgulloso.

Pero aquel idílico hijo desapareció en el momento en el que fue encontrado drogado, con tres kilos de coca escondidos en una bombona de oxígeno y enzarzado en una pelea. Se enfrentó a la policía al ser detenido, cargos que fueron añadidos a la denuncia y alargaron la condena. La vida de la familia quedó asolada igual que un huracán arrasa todo a su paso. La madre se hundió en la pena y el padre renegó del hijo.

–Lo siento mamá–.Fueron las últimas palabras que le dijo bajo la mirada inquisitiva y desilusionada de su padre.

 

El autobús paró en un pueblo, las lágrimas le impidieron ver el letrero. Bajaron dos pasajeros y la ruta continuó.

El primer día en la cárcel se sintió como Tim Robbins en Cadena perpetua, desvalido y abrumado por la incertidumbre. Dejó pasar las horas acurrucado en su catre. La noche no quiso obsequiarle con el sueño y en el silencio de los pasillos se oía su llanto.

Pasaban las semanas y no salía mucho de su celda. El Manoslargas se le acercaba ofreciéndole su amistad. Con paciencia y afecto consiguió que el nuevo comenzara a relacionarse.

Se convenció de que aquella prisión seria su hogar y poco a poco se integró en el mundo penitenciario. Participaba en talleres y practicaba mucho deporte. Su perspicacia se agudizó lo que le ayudó a descubrir quienes era los buenos y quienes los malos, si es que esa diferencia puede establecerse en una cárcel.

Una tarde, en un rincón de la pequeña biblioteca, vio como tres hombres del clan de Los Harina apaleaban a un joven que se resistía a ser el juguete sexual del Sedante, jefe de la droga en la cárcel. El Gaditano y otros tres presos no dudaron en enfrentarse a ellos. Sin tregua comenzaron los golpes. La violencia de los puñetazos hacía tambalearse a los hombres del Sedante  que chocaban contra las estanterías; la sangre salpicaba los libros, testigos de la reyerta que se inclinaba del lado de los hombres del Gaditano. El de Cádiz cogió por el cuello al único que se mantenía en pie, lo empotró contra la pared y lo levantó apretándole la garganta

– ¡Para, Gaditano!–le gritó Manoslargas, sabiendo que si no lo detenía su amigo  cruzaría la fina línea hacia el asesinato.

Gaditano lo soltó con desprecio. Con la ceja abierta y sangrando por la nariz levantó al joven y dijo:

–¡Manoslargas, ocúpate!– se volvió hacia los otros–. Decidle a vuestro jefe que si vuelve a ocurrir iré a por él.

Aquel enfrentamiento lo convirtió en el jefe del clan de Los Descuideros. Tenía claro que para sobrevivir en la cárcel no bastaba con ser ejemplar y cumplir las órdenes de los guardias. Debía posicionase dentro de los presos y tuvo claro que no quería tener más relación con las drogas.

 

El autobús paro en una estación de servicio durante media hora. Estiró las piernas y respiró profundamente, intentando borrar aquellos trece largos años. Fumó un pitillo y echó de menos las charlas con el Manoslargas.

De nuevo en camino, la cárcel reabrió las puertas a su memoria. De entre las muchas reyertas y peleas que tuvo en la cárcel, una se convirtió en la pesada losa a soportar y le obligaría a acompañarse siempre de sus más fieles adeptos. Ese día sustituía al  Farlopa en la lavandería. Colocaba la ropa limpia en carros para repartirla y al retirar un montón de uniformes descubrió papelinas de droga repartidas entre los bolsillos de los pantalones. Sacó todas, las vació en la lavadora y la puso en marcha.

Eso le acarreó dos semanas en la enfermería y la pérdida de un oído.

Se negaba a participar en el trapicheo de drogas y puso todo su empeño en  descubrir los escondites y el lugar de las entregas, desbaratando así la estabilidad y hegemonía de Los Harina. Sabía bien que estaba en el punto de mira del Sedante y no hacía nada por evitarlo. Al contrario, cada vez que sabía de una entrega, la abortaba; el resultado era la visita a la enfermería, al cuarto oscuro durante semanas y la certeza de una amenaza de muerte:

–Vayas dónde vayas te encontraré, Gaditano, y entonces saldaremos cuentas– le dijo en su último encuentro.

El recuerdo le arrancó una sonrisa. «Escapé de ti para siempre. ¡Adiós, asquerosa bola de sebo!», pensó.

Ya olía a mar. Las largas horas de recuerdos terminaron al llegar a Cádiz.

Se dirigió a la playa. La fina arena le dio la bienvenida, el sonido del mar le abrumó y las olas mojaban sus zapatos. Se dejó caer con llanto desconsolado.

–¡Lo siento!¡Lo siento! – decía golpeando con los puños la arena, tan rabioso como apenado.

Se levantó y recorrió varias calles hasta llegar  a la de la Virgen de la Palma.  Sobre el dintel de la gran puerta pintada de azul se leía La Pausa. Giró la llave y al entrar se sumergió en un mar revuelto de azahar y buganvillas que le llenó el alma de esperanza. La madreselva había engullido la fuente donde jugaba con sus barcos y las columnas del patio lucían asilvestradas flores. Dentro de la casa revivió las carreras con su padre, los juegos con su madre y el maravilloso olor a magdalenas recién hechas. Todo estaba ordenado y tapado con sábanas, sin duda, doña Conchita, la vecina, se encargó de recogerlo todo cuando fallecieron sus padres.

Su habitación todavía tenía los posters de Celtas Cortos y El Ultimo de la Fila. Retiró las sábanas y quedaron al descubierto sus libros de la carrera amontonados en la estantería, algunos todavía con hojas marcadas. Sobre la mesa seguía el radiocassette que compró con su primer sueldo. Pulsó el play  y Miguel Ríos le dio la bienvenida; un sin fin de libros de viajes y suscripciones a National Geographic, cubrían otra librería. Continuó el viaje por el pasado feliz, entrando en cada una de las habitaciones y secándose la cara al salir de cada una de ellas.

Rebosante de nostalgia y libertad, remató la mañana en el chiringuito de la playa, con pescaíto frito y un vino de Jerez. Se acercó a la playa y las olas le invitaron a su mundo de sal. Sin dudarlo se adentró en el mar y se dejó acunar. No había peleas, ni ruidos de cerraduras, ni pesares.

Nadó hacia la orilla, se quitó la ropa y se tumbó al sol.

–Ahora o nunca. –Pensó.

A media tarde regresó a casa. Exhausto se tumbó en la cama, el sonido del mar hizo lo demás.

 

El día amaneció con viento de levante, así que decidió quedarse en casa. La temperatura era más fresca dentro. El reloj anunciaba el paso de las horas, mientras, Gaditano redescubría lo que el dolor y la cárcel le habían hecho olvidar.

Se encontraba en la cocina cuando una voz de mujer sonó por la ventana:

– ¿Quién anda ahí?

El Gaditano corrió los visillos y abrió la ventana:

– ¡Soy yo, doña Conchita!

– ¿Mario? – contestó con las manos en la boca y los ojos humedecidos–. No puede ser. Creí que…Pero cómo has cambiado, ¡qué fuerte estás! ¿Y esos tatuajes? ¿Cuándo has llegado?

–Venga, pase por favor, es la primera cara amiga que veo desde que…

–Calla, hijo, ya pasó.

Mario abrió la puerta y se fundió en un interminable y reconfortante abrazo, con sonoros besos que llenaban sus mejillas.

Prepararon un gazpacho y partieron fruta. Salieron al patio. Un toldo descolorido les aliviaba del calor de la tarde. Doña Conchita, con la mano de Mario entre las suyas no dejaba de mirarlo y acariciarlo. Tendría más o menos la misma edad que su madre, estaba casada con Gerardo, siempre habían sido vecinos, y Mario les tenía un gran cariño. Fueron llenando las horas de risas y recuerdos. De lágrimas y penas. De proyectos y futuro.

–Hijo, me voy – dijo ella mirando el reloj– Mañana vienes a comer a casa con Gerardo y conmigo. ¡Qué contento se pondrá al verte!

–Cuente con ello – respondió abrazándola de nuevo– Le acompaño a casa y luego me daré un paseo.

Llegaron a la puerta y se despidieron de nuevo.

Las ocho y media. Mario caminaba intentando encontrar alguna cara conocida, sin conseguirlo, pero a cambio le agradaba sentir las miradas de las jóvenes gaditanas atraídas por un forastero. Sonreía al oír sus cuchicheos. Se dirigió hacia el puerto, sabía bien dónde buscar los más castizos chiringuitos. Disfrutaba de los chatos de Jerez frente al mar. Se sentó en un banco y se divirtió con la escena de un niño enfadado y lloroso porque las gaviotas le atacaban su cometa, impidiendo que el dragón volara en libertad.

Dejó atrás el puerto y se dirigió a la playa. En el último de los chiringuitos decidió cenar un par de raciones y otros tantos vinos. No tenía prisa.

–Disculpe, señor, vamos a cerrar –le anunció el camarero dejándole la cuenta sobre la mesa.

Dejó el dinero en el platillo con la correspondiente propina y emprendió el camino hacia casa. Se había alejado demasiado, pero disfrutaba de cada paso. La soledad no empañaría la fortuna de ser, por fin, libre.

Atravesó el puente Canal, junto al castillo de San Sebastián. Recordó los paseos cogido de las manos de sus padres. Cada recuerdo le reconfortaba y le proporcionaba las fuerzas e ilusión para comenzar de nuevo.

Callejeaba hacia su casa, tan solo llevaba dos días y ya se sentía regenerado y limpio. Siempre dudó de volver a sentirse así. Volvió la cabeza al oír un ruido, un gato saltó desde la papelera con un trozo de plástico. Se encendió un cigarro y recordó que al día siguiente comería con doña Conchita y Gerardo. Saco las llaves.

– ¡Gaditano!

Quedó paralizado por el miedo. Temía volverse; al hacerlo un extraño le asestó una puñalada en el pecho, ahogando cualquier posibilidad de pedir auxilio y otra certera en el corazón, acababa con el último ápice de vida de Mario. Mientras, el desconocido  decía:

–Te traigo un mensaje del Sedante: ahora, las cuentas ya están saldadas.

El Gaditano caía al suelo sin remedio.

Mario y sus sueños quedaron tendidos en la acera teñida de rojo. Sus manos todavía sostenían las llaves de La Pausa.

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