LA PEQUEÑA LUCIÉRNAGA – M. Teresa Díaz de la Cruz

  Julieta había vivido siempre en  las afueras de París, allí conoció a su marido, militar en la base aérea de Vélizy-Villacoublay. Cada día se encargaba de controlar la intendencia doméstica y el equilibrio de su hogar. Dos veces por semana se reunía con sus amigas a jugar a la canasta y ponerse al día con sus cotilleos. Una existencia en la que se sentía segura y feliz. Su vida había transcurrido apacible salvo por el hecho de que a los ocho años murió su madre y quedó bajo la custodia de su abuela, de la cual heredó todas sus supersticiones. Jamás pasaba por debajo de una escalera, tocaba siempre madera para evitar la mala suerte y muchas otras rarezas.

Por el contrario, su marido Bernard era un hombre optimista, alegre y con una dosis de aventurero frustrado. Acababa de jubilarse y se había comprado una autocaravana  para hacer viajes como él siempre  había soñado.

Cuando Bernard terminó de pintar la última letra en la flamante caravana, retrocedió  unos pasos para verlas mejor, y en su cara se dibujó una sonrisa de satisfacción. Estaba emocionado, ¡por fin su sueño se había convertido en  realidad! «La Pequeña Luciérnaga», que así la llamó, resplandecía con sus letras doradas bajo los rayos del sol.

—¡Bernard! ¡Me encanta! ¡Ha quedado preciosa! —exclamó Julieta acercándose  desde la casa con ropa para equiparla.

—»La Pequeña Luciérnaga», así nos alumbrará el camino —ambos rieron.

—Me siento muy feliz —dijo Bernard mientras la rodeaba con su brazo  estrujándola cariñosamente y, sin poder evitarlo, la pintura dorada se derramó sobre ella.

A Julieta se le transformó la cara al recordar a su abuela diciéndole: «Si se derrama tinta sobre alguien, la muerte le ronda». Mientras corría a cambiarse la ropa le invadía la pesadumbre, que como un torrente de malos presagios intentaba disipar por todos los medios. Cuando se tranquilizó, reflexionó y lo pensó mejor, se convenció de que todo estaba en orden y de que solo era pintura.

Bernard había examinado detenidamente toda la ruta desde París hasta Benidorm. Los lugares a visitar, dónde estacionar la caravana, los pueblos más hermosos, etcétera. Así que, dos días después, salieron con la casa a cuesta.  Olía a nuevo, se sentían jóvenes e ilusionados en la pequeña aventura que emprendían.

—La jubilación empieza aquí, cariño —le dijo con alegría.

Y el motor rugió con fuerza mientras sonreía a su mujer. Ella, sin embargo,  sintió un nudo en el estómago que achacó a los nervios del viaje.

—No te preocupes, todo saldrá bien —le decía mientras le guiñaba un ojo.

El calor de sus palabras le infundió confianza, pero era la primera vez que salía de su país, ¡en una autocaravana!, y no estaba acostumbrada a vivir aventuras.

Llegaron  a un pintoresco pueblo del pirineo español, donde estacionaron a “La Pequeña Luciérnaga”. Después de una larga siesta bajo una frondosa arboleda, se dedicaron a hacer turismo y comprar algunas provisiones.

En la cálida noche después de cenar, como buen militar, Bernard seguía consultando el mapa con mucho interés y, mientras se fumaba un puro, mostraba su barriga cervecera a través de la camisa desabrochada. Ella sigilosamente entró en la caravana. El cielo parecía un tapiz lleno de diminutos diamantes, y los grillos frotaban sus alas rompiendo el silencio de la noche. Al rato, Julieta apareció en la puerta de la caravana y, allí parada, esperó a que él notase su presencia.

—¡Cariño! —dijo con voz seductora.

—¿Sí? —preguntó sin levantar la vista del mapa.

El silencio como respuesta, le hizo al fin alzar la vista. En el quicio de la puerta, ¡sorpresa!, estaba Julieta con un picardías rosa, de gasa y encaje transparente que le llegaba a la cadera, acompañado de unas braguitas con volantes. Bernard quedo tan boquiabierto que casi quemó el mapa al caérsele  el puro. Lo miraba con una sonrisa entre enigmática y vergonzosa, era la primera vez que se ponía un picardías. Bajó lentamente la escalinata con unas zapatillas de tacón fino, no muy altas, de color rosa adornadas con plumitas. Sus movimientos, aunque eran  delicados, parecían algo torpes. Bernard no terminaba de salir de su asombro, aún pasmado no dejaba de mirarla. Por fin se movió y fue hacia ella mientras el mapa reposaba en el suelo. Julieta se movía y reía  tímidamente intentando mostrar todos los encantos de la vestimenta. Él, sonriéndole ampliamente, la cogió de la mano haciéndola girar para contemplarla mejor.

—¡Julieta! Nunca te había visto con una tentadora de esas. ¡Estás impresionante! —Y la atrajo hacía él, mientras la abrazaba cariñosamente, diciéndole  al oído:

—Cariño me encantaría entrar en la caravana ahora mismo —dijo soltando un suspiro de pesadumbre—, pero habíamos planeado llegar a Benidorm antes del amanecer. Si entro en la caravana ahora… ya no saldré. Amor, tenemos que conseguir un buen estacionamiento, allí es temporada alta.

Julieta mujer fácil de conformar, supo que él tenía razón. No había elegido  bien el día.

—Te prometo que te compensaré —Y la volvió a abrazar—. Además después de tan larga siesta no tengo sueño, estoy bastante despejado.

La noche avanzaba, Bernard conducía muy despejado oyendo la radio francesa. A las tantas de la madrugada le dieron ganas de orinar y paró el vehículo. Esto hizo que Julita se despertara. A través de la ventanilla lo vio de espaldas en un recodo de arbustos. De repente, ella sintió ganas de hacer lo mismo y bajo de la autocaravana. De cuclillas, mientras orinaba, no se percató  de que su marido entró y arrancó el vehículo. Ella, con las bragas bajadas, al oír el motor levanto la vista y comenzó a correr torpemente a la vez que le gritaba.

—¡Bernard! ¡Bernard! ¡Bernard!… —por mucho que gritaba “La Pequeña Luciérnaga” se alejaba más y más desapareciendo en la imponente noche.

—¡Por el amor de Dios! ¡Qué va a ser de mí! —gritaba desesperada.

Muerta de miedo, encorvada y cubriéndose con  sus brazos, miraba a un lado y a otro hecha un mar de lágrimas. No sabía dónde se encontraba, no tenía  idea de español. ¡Qué iba a ser de ella! ¡Y vestida de aquella manera! Se condenaba por no haber avisado a su marido.

—¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Qué estúpida eres! —se maldecía una y otra vez.

Pasó más de una hora, en la que fue consciente de que su marido no iba a notar su falta hasta llegar a Benidorm. De repente, a  lo lejos oyó el  ruido de un vehículo que se aproximaba. Con mucho miedo y buen resguardo vio una vieja camioneta  acercándose hacia ella. Circulaba lenta  y con mucho ruido.  Julieta hizo de tripas corazón y, como si se lanzara a un precipicio, salió a la carretera para avisar de su presencia. Sacudía un brazo con  timidez mientras intentaba cubrirse con el otro.

Un matrimonio payés, de unos sesenta años, eran los ocupantes de la camioneta. El hombre al darse cuenta de la presencia de una mujer en la carretera, de madrugada y vestida de aquella manera, frenó de golpe. Su mujer que venía  media adormilada se despertó de inmediato y gruñó.

—¡Pero qué haces insensato! ¡Virgen Santísima… casi me rompes la crisma!

Ipso facto miró en la misma dirección que él. Abrió los ojos de par en par y sin pestañear no dejaba  de mirar con semblante perplejo. Frunció el ceño y las comisuras de su boca se torcieron hacia abajo.

—¡Esa es una puta! ¡Mírala… la muy golfa! No pensé encontrar una prostituta a estas alturas de la carretera. —Sin pérdida de tiempo le dio un tremendo codazo a su marido.

—¡Guauuuu! —gritó.

—¡Arranca ya! —chilló enfadada.

El payés apretó el acelerador dejando una humareda por el asfalto mientras Julieta agitaba sus brazos pidiendo ayuda. Sus lágrimas pugnaban de nuevo por salir. Con su cuerpo encogido y entumecido por el fresco y el miedo, buscó un recodo para resguardarse sin perder de vista la carretera.

—¿Qué necesidad tenía yo de este viaje? —gritaba acurrucada. Entonces recordó: ¡la pintura…! ¡Cuánta razón tenía mi abuela!

—¡Dios mío, no me abandones! —Y sin dejar de llorar tuvo la certeza de que no iba superar la noche.

No había pasado mucho tiempo, cuando oyó el ruido de otro vehículo que se aproximaba. Esta vez se lanzó sin tanto reparo, ya no tenía nada que perder,  y allí se plantó en medio de la vía. El auto se acercaba reduciendo la velocidad, al fijarse bien  en el vehículo el alma le llegó al cuerpo, juntando las palmas de las manos miro al cielo dando las gracias en francés. ¡Estaba    salvada! El coche de la guardia civil se detuvo, habían sido alertados por la mujer del payés. La cubrieron con una chaqueta y la subieron al auto. Ella una y otra vez, pretendía hacerse entender en un francés entrecortado por el frío y los nervios. Ellos intentaban entenderla, pero no hablaban su idioma y con gestos le hacían preguntas. Y en este desatino de querer hacerse entender y de querer saber llegaron al pueblo.

Cuando llegaron al cuartelillo  ya eran las seis de la mañana y hasta las ocho no llegaba el sargento. Era el único de la comisaría que sí sabía francés. Allí, en un sillón, arropada con una manta le dieron café con leche bien calentito y un trozo de bizcocho, que había hecho la mujer de uno de ellos para pasar mejor la noche de guardia.

A las siete entró Carmen, la mujer de la limpieza. Cincuentona, entradita en carnes  y cara de buena gente. Pero, de esas mujeres que les gusta llevar y traer, aunque no guardan maldad en ello. Los guardias la saludaron y la invitaron a un café. Como es natural, quiso saber de la mujer acurrucada en la esquina de la sala.

—Una prostituta de carretera, ¡francesa! —dijo el más joven.

—¡Ah…!, la primera impresión que me dio fue de mujer maltratada por su marido.

Muy sorprendida y sin reparos decidió acompañarla. Le ofreció un café  y se sentó a su lado. Café, que aceptó de buen grado dedicándole una mirada con la expresión apagada. Carmen comenzó a hablarle con cariño.

—Seguro que eres una  buena mujer, y te has visto obligada —Julieta sentía que alguien la entendía, y con la  cabeza ladeada asentía. Pero por el rabillo del ojo observó, al otro lado del mostrador, la mirada burlona de los guardias.

—¡Pero se te ve bien! Pareces una señora bien cuidada, y de muy buen aspecto. —Ella le dedicaba una sonrisa triste.

—Seguro que tienes una doble vida para pagar las facturas. De día en un lugar respetable y de noche en «esto». —Julieta terminó su café y suspiró.

—¡Pero mujer, ya no estás para estos trotes! ¡Tan mayor! No ves que ya se te subieron las caderas. ¡Pobre…! La verdad es que a veces las mujeres nos vemos obligadas a hacer cosas que no queremos. —Y mientras Carmen hablaba y hablaba, le pasaba la mano por el hombro a lo que Julieta  respondía con una sonrisa apocada o un merci.

Julieta  veía a una mujer  de pura bondad: con esos hoyuelos  en sus hermosos cachetes, su dulce tono de voz y el trato cariñoso, ¡no podía ser de otra manera!

Y llegó la hora del cambio de turno. Los que entraban y los que salían de guardia departieron animadamente. Dieron el parte de una noche tranquila a excepción de la vieja furcia francesa.

—¡Chicos! Acaba de llegar un fax —dijo uno de los recién incorporados al servicio—.  Es de la comisaria de Benidorm.

Y lo leyó en voz alta.

—Se busca a una turista francesa de sesenta años que viajaban por carretera en autocaravana desde Cataluña a Benidorm junto a su marido.

Los guardias salientes se miraron atónitos con la boca abierta mientras Carmen, con los brazos en jarra y fregona en mano, les recrimina con la mirada.

—Su marido llora amargamente sin saber dónde pudo haberse perdido.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pensamientos de 2 \"LA PEQUEÑA LUCIÉRNAGA – M. Teresa Díaz de la Cruz\"

  1. Me encantó éste corto relato de «la pequeña luciernaga» humor, intriga.. , podría ser el principio de una novela que la escritora no deja indiferente,

  2. Me gusto mucho el relato .
    Me tenia con la intriga humoristica y pensando en los distintos finales
    La escritora consigue mantenerme en vilo
    Felicidades por el relato

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