LAS COSAS QUE NO TE DIJE – Elena Otero Sanz

Es irónico cómo la vida nos muestra, en un segundo, lo equivocados que estamos. Nos lanzamos al sí quiero sin pensar, ni por un momento, que pasaremos en unos años a engrosar ese 31,7 % de parejas que no vivirán el felices para siempre. Creemos que este momento de lucidez ocurre en un instante, pero en realidad son años en los que pasamos nuestro día a día sin aportar ni recibir nada. Este es el sentimiento con el que me desperté aquella mañana.

Era domingo, lo recuerdo porque la noche anterior habíamos salido a cenar y terminamos algo borrachos; discutimos porque yo no quería seguir de copas, estaba cansada y deseaba irme a dormir. Eso no era nada nuevo, ya hacía meses que las noches de los sábados no terminaban como esperábamos. Me levanté de la cama procurando no hacer ruido para no despertarte, aunque en el fondo me daba igual, cualquier actuación, cualquier palabra de uno molestaba al otro.

Me metí en la ducha y me puse a pensar cómo dejamos que todo se fuese a la mierda. Tenía claro que fuiste el amor de mi vida, de hecho, hoy sigo sin tener ninguna duda sobre eso, pero habías cambiado, yo también, sin embargo, echaba de menos las risas. Siempre he dicho que me enamoré de ti porque me hacías reír.

Lo nuestro no fue un amor a primera vista, casi podríamos decir que fue lo contrario. Cuando nos conocimos no nos caímos especialmente bien. Yo pensé que tú eras el típico gracioso sin ninguna chispa y tú consideraste que era una borde, presuntuosa y altiva. Pero Cupido dispara sus flechas cuando menos te lo esperas. Insististe tanto que finalmente no pude negarme a esa primera cita, ¡qué pesado estabas!

Conseguiste sacar una parte de mí que desconocía y me hiciste feliz durante muchos años. Me enseñaste lo mejor de la vida, de igual modo que yo te di los mejores años de la mía.

Supimos exprimir la vida al máximo. Compartimos momentos, experiencias y mucha complicidad. Nos complementamos a la perfección, pero todavía no sé por qué, todo ese amor inmenso que sentíamos se fue apagando. Terminamos caminando juntos, pero sin mirarnos y ya no reíamos, solo llorábamos.

Siempre he pensado que el verdugo del amor es el odio, pero no, es la indiferencia.

Salí de la ducha y comencé a preparar el desayuno, los niños tenían partido y luego se quedarían a comer en casa de mi madre. Apareciste por la puerta y emitiendo un gruñido que parecía ser un “buenos días” te sentaste a la mesa.

– Manu, creo que tenemos que hablar – te dije al tiempo que me giraba. Pusiste cara de sorpresa, aunque ambos sabíamos qué implicaba aquella frase.

– Vale, llevo a los niños y hablamos cuando vuelva.  –respondiste.

Cuando comenzamos nuestra charla, si es que eso se podía llamar dialogar, estuvimos de acuerdo en que lo mejor era que nos separáramos, que nuestra relación estaba rota y que lo único que conseguíamos era hacernos daño. Intentaste retrasarlo, aún no sé muy bien por qué, tú ya tenías otro proyecto sin mí. Nunca entenderé tu cobardía, que no dieses tú el primer paso cuando tenías a otra persona esperando; que prefirieses traicionar 20 años de relación antes de ser honesto con los dos, incluso con tus hijos.

Nuestra separación fue rápida e indolora, por lo menos en ese primer momento. Ambos teníamos claro que era lo mejor y que todo nuestro esfuerzo debía ir focalizado en que los niños no sufrieran, que notaran lo menos posible la ausencia del otro. Hablábamos mucho y volvíamos a tener la complicidad que hacía años habíamos perdido, hasta aquí todo fue modélico. Sin embargo, empecé a observar detalles en tu comportamiento que me chocaban, aunque lejos de presagiar lo que se estaba gestando. Yo seguía enamorada de ti y decepcionada al mismo tiempo porque no hubieses luchado un ápice por intentar arreglarlo.

Cuando vaciamos nuestra casa de verano insististe en que no hacía falta que fuese a hacer la mudanza. Eso me tendría que haber dado alguna pista sobre tu falta de honestidad, pero no, seguía ciega pensando que eras íntegro y que todo lo que hacías era por facilitar las cosas. Enterarme meses después de que la casa la compartías con tu amante fue como una puñalada. En esa casa pasamos los mejores momentos de nuestra vida en común y habías decidido sustituirme como un peón de ajedrez. Nunca podré entender esa falta de empatía, el que no se te revolviera todo compartiendo ese espacio con otra persona, yo no hubiese podido.

Cuanto mayor iba siendo la decepción, más iba creciendo la necesidad de sacarte de mi vida, empezando por lo material. No sabes la satisfacción que me produjo ir quitando tus cosas. Me di cuenta de que tu síndrome de Diógenes me volvía loca. Descubrí que existía una mesa debajo de ese montón de trastos con los que adornabas el salón de casa. Vacié todo, cajones, armarios, quité tus fotos y lo metí todo en cajas. De este modo te saqué de casa, como tú me habías sacado de tu vida, sin pensármelo dos veces.

Yo quería cortar con todo lo que me uniese a ti, pero siempre tendríamos a nuestros hijos en común y por ellos estaba aguantando ese rosario de humillaciones al que decidiste someterme sin ningún pudor. Uno de los momentos más duros para mí fue que ellos me abriesen los ojos, que me hiciesen ver la clase de persona que eras y probablemente habías sido. Me resultó vergonzoso que ellos no tuviesen ninguna duda de que tu aventura había empezado antes de que nos separáramos y que habías compartido nuestra cama con otra.

Te odié, no quería, no quería sentir nada. Quería ignorarte, pero me afectaba lo que hacías y lo que decías. Ahora te odio porque has hecho que ya no crea en las relaciones, que no quiera volver a enamorarme, que todo me parezca una falacia y que desconfíe de todos los hombres.

Lo peor vino cuando empezaste a decepcionarlos a ellos con tu comportamiento. No contabas con su opinión para nada, les imponías planes y no compartías un segundo de ocio a su lado. Querías formar esa multitudinaria familia y poco a poco los fuiste haciendo a un lado. Sentían que les habías cambiado por otros y no te imaginas las noches que tuve que consolarlos y decirles que no, que era una época, que eras un buen padre, pero no, no lo eras. Eras un egoísta.

¡Te has perdido tanto!, son personas maravillosas. Cariñosos y generosos sin medida. Han heredado tu buen humor y gracias a Dios son íntegros. Han estado contigo durante todo el proceso, no han dudado un momento en acompañarte cuando los has necesitado porque sabían que tenían que estar contigo, que te hacían falta. Pero ya es tarde, ahora ya no estás y todo esto se les quedará en su interior de por vida. Esa es la herencia que has dejado.

No puedo apartar los ojos de esa urna, un tío tan grande metido en algo tan pequeño. Eso resume lo que siento, algo que fue enorme, que llenó mi vida, ahora son cenizas que se llevará el viento. Nunca fui lo suficientemente valiente para decirte todo esto. Fuimos muy cobardes, Manu, porque ahora las cosas que nunca te dije son las que me presionan el pecho hasta el punto de no dejarme respirar. Dejé de quererte, pero nunca pude cerrar del todo esa puerta.

No te culpo de todo lo que pasó, creo que ambos nos dejamos muchas cosas en el tintero, pero no puedo perdonarte del todo, ni aun viéndote muerto puedo sacarme este dolor. Quizá eché en falta explicaciones, algo que obviamente no pudiste darme porque ni tú mismo las tenías. Pero quiero sacarte de mi cabeza y aunque parezca despiadado, has tenido que irte de este mundo para lograr aliviar mi dolor.

Caminamos todos juntos hacia la costa. Finalmente te saldrás con la tuya y verteremos tus cenizas en esta playa, como querías. Nunca imaginé que yo iba a vivir este momento, pero ya ves cómo es la vida, siempre tiene un sinfín de sorpresas que nos aguardan.

Nos cogemos de la mano, hace frío y el sol se va poniendo lentamente. La vista es impresionante y hace que nos quedemos callados, casi sin respiración. Tengo la certeza de que cada uno te estamos despidiendo a nuestra manera. Mateo callado, como siempre; Pedro apretando los puños con esa rabia tan característica suya y Carla no ha parado de llorar desde que te has ido, está rota. Ya sabes, siempre ha sido la más sensible y le va a costar superar tu pérdida. El olor a mar lo invade todo, el sonido de las olas nos transporta a un momento de paz que hacía años que no sentíamos.

 

Destapamos la urna y cada uno coge un puñado de ti. Es extraña la sensación de volverte a tocar, de tenerte y que te escurras entre los dedos como lo hiciste entonces. Una lágrima se escapa, aunque no quiero llorar, no te lo mereces. Siento paz. Por primera vez en mucho tiempo tengo la certeza de que estoy donde tengo que estar, no por ti, por mis hijos y por mí. Por muy duro que me parezca este momento, lo necesito para seguir viviendo.

Abro la mano lentamente y te dejo ir, esta vez para siempre – Adiós, Manu.

 

 

 

 

 

 

 

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