LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD – Ana Mª Mallor Ambros

El día había vuelto a amanecer gris, dotando a la ciudad de un aire nostálgico que se contagiaba a los transeúntes, que iban y venían por las calles de Madrid, la mayoría de ellos hacia sus trabajos.

Javier se había vestido acorde con el día: traje gris, corbata discreta y zapatos siempre relucientes como le recalcaba su abuela. Era alto, moreno y complexión fuerte como su padre. De su madre había heredado unos preciosos ojos claros. Realmente era guapo, pero es que la gente con dinero siempre es más alta y guapa, o por lo menos eso parece.

Llevaba dos años trabajando en un banco europeo de inversiones. Hijo de uno de los mejores abogados de la ciudad no se esperaba otra cosa de él. Bueno si, se esperaba que fuera mejor que su padre, que el apellido de la familia siguiera vinculado a la elite madrileña. Es por ello por lo que no bastaba con estudiar solo derecho. Ahora había que estudiar DADE (derecho y administración de empresas) aunque la auténtica vocación de Javier Soto-García de la Torre era la cocina.

Cuando era pequeño le encantaba escaparse a la cocina y ver como Juana preparaba la comida. Podía pasarse horas viendo como los ingredientes se iban transformando en elaborados platos llenos de sabores y aromas capaces de generar emociones. Pero para su familia la cocina era territorio del servicio y Javier poco a poco dejo de acercarse por allí.

Llegó a la oficina con tiempo suficiente para tomarse un café. Había una sala acondicionada para ello, con unos cómodos sofás tapizados en un verde oscuro, el color corporativo que estaba presente hasta en los más mínimos detalles de la oficina, como la taza que en ese momento le ofrecía Cuca. Compañera de la universidad habían comenzado a trabajar a la vez.

Cuca Acosta Losada de Ventura era hija de un cirujano plástico muy conocido entre la clase bien de Madrid. Por sus manos habían pasado todas y todos los que querían ganarle la batalla al tiempo, entre ellos la madre de Javier. Cuca todavía no necesitaba pasar por las manos de su padre. También era alta, guapa, de cuerpo perfecto. Pero de nuevo la gente con dinero siempre es guapa.

– ¿Cómo vas a celebrar el fin de año? – le pregunta Cuca mientras Javier se lleva la taza de café a los labios.

-Creo que este año me quedare en Madrid y acompañare a mis padres a cenar al club. Me tomare las uvas con ellos. Mi madre siempre me echa en cara que estoy muy poco con ellos.

Una llamada pocos días antes de fin de año hizo que Javier cambiara sus planes. Sus amigos habían decidido despedir 2019 en Nueva York. La llegada de 2020 al calendario evocaba aquella década del siglo pasado que quedó para la posteridad como la de los “felices años 20” y donde mejor para darle la bienvenida que el país donde comenzaron.

Pasadas las fiestas, Javier volvió a su rutina, trabajo, gimnasio, cenas…aunque un tema se había colado en todas las conversaciones. El nuevo virus que se había originado en China y que en ese mes de enero ya había llegado a Europa.

– ¿Os habéis enterado? ¿Ya hay un caso de COVID en España? – dijo Javier mientras tomaba una cerveza con sus amigos en una terraza de moda del Paseo de la Castellana.

– Es un caso aislado en La Gomera, un turista alemán – señalo Borja – no creo que esto llegue a nada más.

Sin embargo, el mes de febrero solo traía noticias cada vez más preocupantes. El norte de Italia se había convertido en un nuevo epicentro de la pandemia y el día 8 de marzo se confinaría toda Lombardía.

Javier llamo a sus padres, hacía varias semanas que no los había visto. Nunca encontraba el momento para hacerles una visita, pero se apuntó mentalmente que la semana siguiente iría a comer con ellos.

-Hola mamá.

– Hola Javier, que caro eres de ver y de oír – le reprochó su madre.

-Ya lo sé mamá, pero seguro que tú sabes perdonarme – le dijo Javier, en ese tono que tan bien sabia utilizar cuando quería que a su madre se le pasara un enfado – ¿Qué tal papá?

– Tu padre está esta semana de viaje. Ha tenido que ir a Roma. Con la que está cayendo en Italia no sé porque ha tenido que ir…

– No te preocupes, los casos se concentran en el norte de Italia. De Roma no dicen nada – le explicó Javier – ¿Cuándo vuelve?

– El jueves si termina pronto y puede coger el ultimo avión a Madrid y si no el viernes – le respondió su madre.

– Yo este fin de semana no puedo, ya he hecho planes – repuso Javier – pero el lunes iré a cenar. Dile a Juana que me prepare algo especial. Ella siempre sabe sorprenderme.

– Entonces nos vemos el lunes – dijo su madre antes de colgar.

Los acontecimientos a lo largo de esa semana se fueron precipitando. La OMS pasó a considerar al coronavirus una pandemia global y ante el imparable avance de la pandemia dos días después se decretó el estado de alarma en toda España. Las calles de toda España se vaciaron pareciendo el plató de una mala película de ciencia ficción.

Los planes del fin de semana de Javier se habían cancelado, así como la comida con sus padres.

Los llamó unos días después para ver cómo estaban, aunque en una casa de trescientos metros y una parcela de mil con jardín y piscina era más fácil confinarse.

-Hola mamá, ¿Qué tal lleváis el confinamiento? – preguntó Javier cuando su madre descolgó el teléfono – ¿eres capaz de soportar veinticuatro horas a papá?

– Vamos llevándolo, aunque ya sabes que tu padre cuando no está en el despacho la casa se le cae encima. Ha decidido que va a dedicar estos días a arreglar el jardín…- aunque por su tono de voz se intuía que no estaba nada convencida de las dotes de su marido para la jardinería. – Además lleva unos días que tose bastante y no se encuentra bien.

– ¿Habéis llamado al médico?

– Si claro. Nos ha dicho que seguramente no será nada pero que se vigile. Nos ha dicho también que no vayamos a Urgencias, que están saturadas y lo único que puede ocurrir es que se contagie de lo que no tiene.

– De todas formas, si ves que se encuentra peor vuelve a llamar y que acuda alguien a verlo- respondió Javier. -Te llamo mañana. Dale un beso a papá y otro para ti.

Como la mayoría de los trabajadores que no eran esenciales, Javier teletrabajaba en su casa y por la tarde salía al balcón como el resto de los españoles para aplaudir el esfuerzo de todos los sanitarios que luchan en primera línea contra la pandemia. Aunque el combate nunca iba a ser en igual de condiciones. Eso lo descubrió demasiado pronto.

Sonó el teléfono de madrugada y Javier estaba tan dormido que no era capaz de entender lo que su madre le decía.

-Calma mamá, que no te entiendo- dijo mientras intentaba despejarse frotándose los ojos.

– Javier, tu padre ha empeorado esta noche y he llamado a una ambulancia. Se lo acaban de llevar a la clínica – le conto su madre nerviosa- Dicen que es COVID y no me han dejado ir con él. Que yo no puedo salir de casa y que me tienen que hacer también a mí una prueba por si me he contagiado

– Tranquila mamá. Dime donde lo han llevado y me acerco yo a informarme. En cuanto sepa algo te llamo.

Javier cogió su coche y se dirigió a la clínica, circulando por unas calles que sin tráfico le resultaban desconocidas.

Al llegar al hospital, una enfermera con cara de cansada le informó que su padre había llegado con una neumonía bilateral y que las próximas horas eran críticas. Él no se podía quedar, ni verlo pero que por la mañana les llamaría el médico y les informaría.

Tal y como le habían dicho a primera hora de la mañana sonó el teléfono, pero esta vez Javier ya estaba despierto. Después de volver de la clínica ya no pudo volver a dormirse. Intento recordar cuando vio a su padre por última vez y se dio cuenta que hacía mucho. Se hablaban a través de su madre, no porque estuvieran enfadados sino porque nunca tenían tiempo el uno para el otro. El trabajo y los compromisos sociales siempre eran más importantes.

Las noticias no eran las que esperaba, su padre estaba crítico y lo iban a intubar.

Los días pasaban muy despacio. Todas las mañanas esperaba la llamada de los médicos, pero nunca traían buenas noticias. Eran los primeros momentos de la pandemia y no se sabía cómo combatirla, su padre era un luchador, pero ese enemigo no le dio posibilidad de ganar.

Cuando vio el número de la clínica reflejado en la pantalla a una hora que no era la habitual ya supo que su padre había muerto. Un dolor enorme le dejo paralizado y su mente solo le traía la imagen de su padre dejando este mundo solo, sin sentir el calor de una mano cogiendo la suya, sin un último beso.

No hubo funeral, solo Javier y su madre acompañándolo hasta el lugar en el que descansaría demasiado pronto.

Volvieron juntos a la casa familiar y sin saber cómo Javier acabo sentado en la cocina. Al rato entró su madre.

-Javier, ¿Por qué estás aquí? – pregunto

– Me gusta la cocina. De niño venia mucho. Es curioso como a veces la sala más sencilla de la casa es la que más te reconforta. Aquí todo parece más fácil.

– Recuerdo que te pasabas horas preguntando a Juana como se hacía este o aquel plato. Te lo apuntabas todo en un pequeño cuaderno rojo.

– Todavía lo tengo, aunque hace mucho tiempo que no lo uso. ¿Sabías que de pequeño quería ser cocinero? – dijo nostálgico. – Pero no creo que papá me hubiera dejado serlo.

-A tu padre siempre le interesó el nombre y la posición social. Te exigió a ti lo que a él le exigieron tus abuelos. Pero si algo nos está enseñando el COVID es que la vida es efímera y que no discrimina por el dinero que tienes o tu lugar en la sociedad.

– ¿Tú crees que realmente papá fue feliz? – preguntó Javier

Su madre se quedo pensativa unos instantes, abstraída en los recuerdos de su matrimonio para al final decir:

-No, realmente creo que no fue feliz.

El confinamiento que parecía cosas de días se alargo varios meses. La gente hizo de sus hogares, oficinas, restaurantes, zonas de juego para los niños…Era sorprendente ver la capacidad de adaptación que tiene el ser humano.

Javier era uno de ellos, de su casa hizo su refugio. Allí trabajaba, allí se reunía con sus amigos a través de video conferencias, allí hacia deporte…. y volvió abrir el cuaderno rojo. De nuevo la cocina le trajo una sonrisa a la cara. Concentrarse en una receta, pesar los ingredientes, medir los tiempos… hacia que por un rato se olvidara de toda esta pesadilla, de su padre y de la soledad que sentía al pensar que no le volvería a ver.

Finalizo el confinamiento y dio comienzo la primera fase, de las cuatro que se habían fijado, para la reapertura gradual del país. La primera salida de Javier fue a ver a su madre y al llegar a la casa recordó la conversación que tuvo con ella el día que enterraron a su padre, ellos dos solos sin nadie más. Ese día en el que su madre le reconoció que su padre a pesar de todo lo que tenia y lo que había conseguido, no había sido feliz. A su mente vino la imagen de alguien diciendo en su funeral que él tampoco no había sido feliz y un escalofrío le recorrió la espalda.

La situación no permitía un verano como a los que estaba acostumbrado Javier, así que decidió pasarlo recorriendo los pueblos de la costa mediterránea hasta dar un día con un pueblecito pequeño, con un precioso castillo en lo alto y pequeñas calles empedradas. Tenía un pequeño paseo marítimo donde las casas habían mantenido el estilo de las antiguas casitas de pescadores. Se sentó en una de las terrazas que salpicaban el paseo, justo cuando el sol empieza a ocultarse y nos regala una maravillosa luz con la que todo parece más bonito y fácil.

Javier sintió una paz que hacía tiempo no sentía y mientras contemplaba la puesta de sol lo tuvo claro. No sabía que le depararía el futuro, pero quería intentarlo. Quería que dijeran de él que había sido feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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