NO NECESITO EXPIACIÓN – Kevin del Río Pino

A la Señora Margaret Archwood, Londres, Boma, 1870.

Querida Margaret,

 

Sólo ahora, un año después, me encuentro con la fuerza suficiente para escribirte estas líneas. No persigo con ello tu perdón, ni justificar los hechos acaecidos y las desgracias que por mi mano o por mi culpa se han vertido sobre nuestra Casa; no pretendo que me recibáis con los brazos abiertos, ni siquiera que volváis a dirigirme la mirada en lo que me resta de vida. Lo único que deseo es dejar por escrito cuánto me aflige lo que ha ocurrido y reconocer que, en última instancia, soy yo el único responsable de la muerte de nuestro hijo.

Te escribo desde Boma, a muchas millas de distancia de donde nuestro pequeño yace bajo la tierra al pie de una pequeña colina en el lago Tanganika. Todavía tengo las manos sucias de la tierra que devora a nuestro Benedict. Nunca conseguiré quitarme la tierra de entre las uñas, persiguiéndome así su sombra hasta el día mismo de mi muerte, recuerdo imborrable de cuál es mi sitio en el Más Allá.

Nuestro periplo por este continente se vio lleno de contrariedades desde el mismo inicio. Has de saber, Margaret, que todas las historias que cuentan en Londres sobre las proezas de los agentes de la Corona en esta tierra no son más que una sarta de mentiras contadas por hombres miserables y crueles engrandecidos a costa del engaño, la traición y la fuerza de las armas. Mentiras que un día creí y con las que he vivido gran parte de mi vida. Lo único que he hecho aquí es mirar al mismísimo Mal a la cara y tener la suerte o la desdicha de seguir con vida.

Debía encontrarme con Benedict en la orilla norte del lago Tanganika, en una posición dominada por la Compañía Alemana, después de que remontase el curso del río Nilo hasta Yuba en barco. Lo que encontré cuando llegó la expedición de Benedict no fue sino un presagio de lo que esta tierra estaba por darnos. No te mentiré, no decoraré nuestra odisea a fin de seguir creando un falso mito sobre lo que hicimos aquí. Lo que vi entonces, si alguna vez fue nuestro hijo, distaba mucho de ser lo que ambos recordamos. De los cincuenta hombres de su expedición solo llegaron doce, contando los ocho porteadores. Al parecer, habían huido de El Cairo acusados de asesinato y los habían hostigado hasta Gondokoro. Sin embargo, también de allí tuvieron que huir de una epidemia de malaria.

 

Diezmados y desmoralizados, aquellos jóvenes vagaron sin rumbo, perdidos en el corazón de África hasta que unos comerciantes nativos nos llevaron hasta ellos. Benedict se presentó ante mí pálido, con los ojos hundidos en las cuencas y la carne chupada, con la mirada perdida del que no se sabe vivo o poseído por Morfeo. Te cuento esto porque pude ver las cartas que os envió a ti y a Nana en los siguientes días, cartas falseadas que escribía con distintas fechas y en las que decía solo aquello que querríais oír.

Nada quedaba del Benedict que conocíamos, vivaz y con la cabeza llena de aventuras y libros, de aquel muchacho que a todos saludaba con una sonrisa y que escribía cartas de amor a escondidas a Elaine, la hija de los Asquith. Nada. En su lugar una sombra, un espectro, una burda parodia de lo que nuestro hijo había sido. Lo peor es que entonces no lo supe ver, pero su mente hacía mucho que no vagaba en esta tierra.

La Royal Geographical Society nos había encomendado dar con un explorador a quien años atrás habían financiado un viaje, el Doctor David Livingstone, un escocés que se empeñó en buscar las fuentes del Nilo más al sur de lo que debía y lleva años desaparecido. Creí que era la mejor oportunidad para que Benedict me acompañase por fin a África, aunque sus anhelos estaban muy lejos del continente negro y se conformase con una vida tranquila dedicada a la contemplación en Londres. Pensé que era mejor empresa a que acabase bajo las garras de ese tirano belga y lo que sea que está construyendo en el río Congo. Resulta irónico que durante años le presionase para que me acompañase a una de mis expediciones y que sea aquí donde ahora repose para siempre con esta tierra maldita reteniendo su carne.

Con los días, los ánimos de la expedición se fueron desvaneciendo. Nos perdimos durante semanas en la selva, incapaces de orientarnos entre la maleza y a merced de los mosquitos que se cebaron con nosotros. Las fiebres tampoco ayudaron a subir la moral. En ese infierno al que llaman selva, todo ha sido creado para acabar con el hombre y el agua es el peor de los males que uno pueda encontrar. Sí, el agua. El agua se ha llevado por delante más almas en este viaje que los fusiles o el hambre. La selva se cernía sobre nosotros como si cobrase vida y se apoderase de nuestras conciencias. Pronto fuimos incapaces de leer un mapa o usar una brújula, sin saber si caminábamos hacia adelante o hacia atrás. Muchos perdieron la cabeza durante aquellos días, a otros se los llevó la oscuridad y jamás volvimos a saber de ellos. Nos olvidamos del Dr. Livingstone y de por qué estábamos allí y nos ocupamos simplemente de seguir con vida, luchando por cada minuto de aire. Pasé días en los que no discernía el sueño de la realidad: recuerdo hablar contigo en medio de

 

aquel abismo, sentir tu piel acariciándome bajo la ropa y tus labios húmedos recorriendo mi cuerpo y hacer el amor y encontrarme con tus restos en descomposición y tu dedo juzgándome mientras te reías de mí y a Benedict sentado riendo, aparentemente ajeno a ese circo de pesadilla.

Estaba tan ciego que ahora que ato cabos pienso en cuán equivocado estuve todo ese tiempo. No hablo de las fiebres, ni de las pesadillas. Hablo de mi manera de ver las cosas. Benedict se volvió errático, desconfiaba de todos y siempre escudriñaba la maleza. En ocasiones pude verle hablar solo, pero no hice caso, a fin de cuentas ¿no estábamos todos delirando? El problema con él fue a más, de manera imperceptible. Cuando me di cuenta era demasiado tarde.

Los males que nos aplacaron durante semanas nos dieron unos días de tregua, solo a costa de las muchas vidas perdidas en el corazón de las tinieblas. Como Jenofonte hizo siglos atrás, emprendimos el regreso a la civilización con el fracaso martilleándonos. Sin embargo, unos días después una tribu de salvajes consideró nuestra presencia en esas tierras un sacrilegio. Aquellos diablos nos dieron muerte emboscados en la vegetación, tuvimos que abrirnos paso escaramuza tras escaramuza, avanzando a tientas en la oscuridad. Aún oigo los tambores de aquellos salvajes cada vez que cierro los ojos. Benedict pugnó en aquellas escaramuzas, contrariamente a lo que siempre habíamos deseado y lo hizo de un modo que a día de hoy hace que me estremezca. No sé si fue la fiebre, o las heridas o la rabia, pero Benedict no fue más civilizado que aquellos salvajes. Oh, Margaret, ese hombre que tomó las cabezas de los salvajes muertos como trofeo no podía ser hijo nuestro, ¿qué le había ocurrido? No lo sabré jamás, pero como fuere no es sino culpa mía por arrastrarlo a ese infierno de barro, oscuridad y ponzoña.

La transformación que experimentó nuestro hijo en los días siguientes dejó en evidencia que la selva se había hecho con él y había oscurecido totalmente su corazón. Solo he visto miradas así en mis visitas al Dr. Arkham: sus ojos se habían tornado crueles, en ellos refulgía una llama de odio de esas que amenazan con arrasar con todo y, a la vez, estaban vacíos, vacíos de alegría, de felicidad o de compasión. Su sempiterna sonrisa se vio transformada en un rictus que parodiaba su faz, algo falso y a la vez asqueroso, que escondía unos dientes negros y que parecían afilados tras las altas fiebres. Su rostro y su piel eran los de un cadáver que milagrosamente se sustentaba en pie movido solo por una rabia profunda en la que en ocasiones no reconocía a quienes le rodeábamos. Las tinieblas de la jungla se habían apoderado de Benedict. En una ocasión le vi golpear a uno de los

 

porteadores que quedaban hasta la muerte, lo confundió con uno de los salvajes y agarrando una de las cabezas que pendían de su cinto le aplastó el cráneo a golpes. Cuando llegué a él ya era demasiado tarde y al volverse no reconocí a mi hijo en aquellos ojos. No, aquella mirada era más propia del averno, de lo más profundo del infierno, era la encarnación del Mal que a través de la locura había cercenado la conciencia a nuestro hijo y parasitaba su frágil mente carcomiéndole las entrañas mismas de su razón.

No sin esfuerzo pudimos separarle de aquel pobre desgraciado al que dimos una sepultura anónima en un pequeño claro del bosque. La expedición estaba herida de muerte: habíamos fracasado en nuestra voluntad científica y en encontrar al doctor Livingstone; las pestes y la malaria nos habían diezmado de brutal manera y los salvajes nos seguían desde las sombras. A punto estuvimos también de matarnos entre nosotros, pero prevaleció la voluntad de permanecer unidos y huir de allí como fuera posible. Confieso hoy, que aprovechando la oscuridad robé un revólver y lo guardé ante mi temor a ser capturado por nuestros perseguidores y que gracias o, por culpa de aquello, sigo con vida. Durante las noches algunos de los nuestros desaparecían entre las sombras. Ni un grito, como si la selva se los hubiese tragado. A veces aparecían a varios metros del campamento completamente despedazados de la forma más inhumana y a veces no volvíamos a saber de ellos. Los salvajes nos pisaban los talones, pero ya no advertían con sus tambores de guerra, en cualquier momento podían atraparnos y sacrificarnos en uno de sus rituales heréticos. No podíamos estar más equivocados. Una noche sentí cómo algo me arrancaba de una horrible pesadilla, algo que me estiró del cuello y me arrastró varios metros hacia las profundidades de la jungla en silencio, pero el rostro que me miró cuando me hubo atrapado no era el de un negro, no, era el del mismísimo Satanás dándome la bienvenida al averno y condenando mi alma al tormento perpetuo. Como buenamente pude, empuñé el revólver y disparé despertando a la selva con el atronador estallido. Lo siguiente que oí fue un penoso grito de socorro con una vocecilla débil y arrastrada, Benedict me miraba con los ojos muy abiertos, como si el Mal nunca los hubiera profanado y con la mano se agarraba el orificio sanguinolento que la bala le había abierto en el cuello.

Te juro por Dios que me gustaría decirte que murió con dignidad y no ahogado en su propia sangre, asustado y llamando bajito a su madre, abrazado a mí y sollozando cada segundo hasta que dejó de respirar y se apagó en medio de aquel infierno que nos había roído tanto los huesos como la mente y nos devolvió a la más absoluta inmundicia. Solo

 

hoy soy capaz de entender que no se trató de la ira de Dios Todopoderoso castigándome por mis pecados, que fue únicamente mi culpa por arrastrar a nuestro hijo a complacerme en aquella tierra que le segó la felicidad y se apoderó de su carne.

No espero misericordia alguna, sino saldar mi deuda con Dios y recibir mi destino con los brazos abiertos.

Siempre tuyo, Oswald

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