RELATO FINAL – Rosa Gisbert García

Era domingo, el sol entraba por la ventana invadiendo de luz mi habitación, siempre me ha gustado que entrara la luz y me despertara poco a poco.

Estaba medio dormida y muy a gusto en la cama, no tenía que ir al colegio y el sábado ya había hecho los deberes.

De golpe suena una música muy alta, a todo meter. Canta Manolo Escobar,  mi padre había puesto el tocadiscos para que con la música me despertara totalmente.

¡Cómo lo odiaba! Para mí era una falta de respeto total, una desconsideración que marcó toda su vida.

No soportaba que me despertaran así. Me gustaba que vinieran a mi cama y me despertaran poco a poco y con dulzura.

¡Y Manolo Escobar! ¡Qué barbaridad, todavía no entiendo que los vecinos no se quejaran!

Total, me gustara o no, me tocaba levantarme, no se podía seguir durmiendo.

Y allí estaba mi padre esperando, porque nada más levantarme ya tenía trabajo para mí.

En aquella época todavía había lecherías en Barcelona, pocas, muy pocas, pero alguna aguantaba. Sabía lo que me tocaba, ir a buscar nata recién hecha para mi padre.

El señor de la casa todos los domingos tenía que desayunar nata fresca.

Yo, como buena niña, iba a buscar su nata y él se ponía las botas.

Mi madre, mientras tanto, haciendo cosas en casa, nunca estaba quieta.

Todos los domingos, además de la dichosa nata, íbamos a comer fuera.

Éramos privilegiados porque comíamos en un restaurante.

Yo iba a desgana. No me apetecía hacer nada con ellos. A veces me daba vergüenza ir con mi padre a los sitios.

Además, mis padres siempre acababan enfadados conmigo porque no comía, lo dejaba todo en el plato. A pesar de todo era una adolescente rellenita.

Después de comer íbamos al cine. Siempre a ver una película que mi padre decidía. No nos preguntaba qué era lo que queríamos nosotras.

El cine se llamaba Cinerama, era grande y con vista panorámica, algo novedoso en aquellos momentos. Allí vi muy buenas películas.

Los Diez Mandamientos, Cleopatra, Lo que el viento se llevó, Ben-Hur, ¡vaya, lo que ahora decimos que son películas clásicas!

Era lo bueno del domingo,  mi momento. Vivía la película como si estuviera dentro de ella.  Sigo siendo cinéfila.

 

Cuando llegábamos a casa, nos poníamos a ver la tele hasta el momento de la cena.

¡El detalle! Recuerdo que se ponía en la tele lo que mi padre quería y cuidado con hablar porque le molestabas.

Si bien el recuerdo del cine es un recuerdo agradable, todo lo que lo envuelve no lo es.

Y el mensaje que saco de todo ello es que en casa de mis padres se hacía lo que el dueño y señor quería, cosa que encontraba que era totalmente injusta.

 

 

 

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