UN INDISCRETO CAFÉ – Ana Mª Manzano Espel

Llevo dos horas caminando por este Madrid vacío de las siete de la mañana, es domingo y
no madrugan las almas.
Necesito una pausa y una recarga alimenticia, así que me acerco al Starbucks de Gran Vía
y pido lo de siempre,un café latte descafeinado mediano, y me siento en la terraza.
Más o menos a metro y medio delante de mí, cosas de la Covid, se acaban de sentar dos
chicas. ¿Tendrán unos cuarenta años? Vete a saber, en esto de adivinar edades soy una
catástrofe, no doy una, tampoco importa mucho, la verdad.
Estoy sola y mi mejor entretenimiento es mirarlas de arriba abajo, de abajo arriba, y de
costado, que se nota mejor si tienen barriguilla. Sí, rondarán la cuarentena, con un error de más
menos cinco años aproximadamente.
Su ropa es deportiva, informales y arregladas a la vez. Pueden venir de correr, aunque la
ausencia de sudor en sus camisetas me hace pensar que se dedican a andar rápido, como yo, o
quizá no hayan empezado su ración de footing y antes se nutren para tener fuerzas.
Mi café parece ridículo, solo en mi mesita de la terraza, ante su mesa en la que no entra ni
una servilleta. Su desayuno no me lo como yo ni en tres días: dos zumos de naranja, dos cafés
grandes y dos sándwiches rellenos de “no sé qué” que separan los dos panes entre los que está
el relleno, como un metro, bueno, algo menos quizá. Para rematar tienen un trozo de bizcocho
de zanahoria, su color es inconfundible; en esto se han contenido y no han pedido dos.
Fuera mascarillas y a desayunar. También a charlar, parte imprescindible e importante en
cualquier cita de amigas.
– Elena, no sé si estoy haciendo lo correcto- esta es la del pantalón más corto-cada día lo
llevo peor.
– Bueno, tomaste una decisión, nada fácil ni cómoda, por cierto, y para mí errónea- contesta
su amiga que, evidentemente, es la del pantalón más largo-. Pillas a Roberto con un lío y decides
hacerte la sueca, con los segundos cuernos que te coloca, al menos de los que tienes noticia, le
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dices que lo sabes, pero que se lo perdonas. Ni siquiera el sinvergüenza de él te pidió
perdón…María, tienes lo que te mereces.
– Lo sé- María se acomoda en la silla y habla mirando su café -. No puedo vivir sin él, solo
pensar que me puede dejar por otra y me pongo mala, me falta el aire.
Elena toma su zumo y espera que su amiga continúe. Parece que la conoce bien, a mí me
da el pálpito de que necesita sacar fuera toda la mierda que su marido le hace tragar y ella
acumula en silencio. Bueno, que no las conozco de nada, pero me tiene muy interesada su temita
matrimonial y esas dudas… la historia promete.
– Él dice que me quiere solo a mí, que soy la única a la que ama y que así será siempre.
Soy la mujer de su vida, pero… a veces necesita “sentirse conquistador”- pausa para respirar y
mirar a Elena –. Para él son pasatiempos.
Elena se ha pasado al sándwich y María coge el suyo, pero ni se lo acerca a la boca, lo deja
otra vez en el plato y agarra con las dos manos la taza de café, como en un abrazo.
– Mira, María, por experiencia te digo que de todo se sale. Si no acuérdate de la que me
preparó el cabrón de Luis, y menos mal que rompí del todo con él, si no aún estaría sufriendo
y no comiéndome tan a gusto esta delicia de queso.
Así que tiene queso esa delicia que estoy empezando a envidiar. También he visto el
jamón… Y sigue el sermón, ha cogido carrerilla la tragona.
– Madrid es grande y Roberto uno de los miles de hombres con los que puedes estarmordisco al pan y trago de zumo –. Yo no podría aguantar, de hecho no pude, ni que me rozara
una mano después de haber follado con otra. Me puede tratar como a una reina, llenarme de
regalos y mojarme la oreja diciéndome que soy su princesa rosa. A la mierda que lo mando.
Casi ha terminado de devorar el sándwich y el zumo ha dejado de existir y, sin mediar
pregunta alguna, se apropia del zumo de su amiga, que ni lo ha empezado, para acompañar el
trocito sólido que le queda.
– María, guapa, ¿te vas a comer tu sándwich o pasas?
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– Cómetelo tú, no puedo tragar nada ahora, tengo un nudo en la garganta y otro en el
estómago.
Cambian platos y vasos de posición en la mesita y ahora parece que la del pantalón corto
se lo ha zampado todo, y la pobre María no ha probado bocado. ¡Qué apetito el de esta chica!
Si quiere “bajar” el desayuno tendrá que correr por todo Madrid.
Me están animando el café estas dos, no me pienso mover de aquí hasta saber cómo termina
esta charla, porque mucho me temo que la historia no tendrá fin con la conversación.
– Cuando llega Rober a casa fuera de su horario habitual o desaparece todo un sábado con
una pésima excusa, me sale del cuerpo complacerle en todo. No le pregunto de dónde viene,
pero me imagino de todo y empiezo a sentir repulsión cuando me besa- la pobre pone hasta cara
de repelús–. El otro día le hice ir a lavarse las manos. “Por el virus ese”, le dije, “que vienes de
fuera”, pero en realidad era por asco, porque habían tocado otro cuerpo de mujer, decir
“acariciado” me da dolor de barriga.
Otro sorbo de café, que la tal María no suelta de sus manos, antes de continuar.
– Peor llevo lo que les puede decir a las otras. Prefiero que tenga rollos de una noche,
aunque sean mil, a que sea siempre la misma. ¿Le llamará “amor mío” o “cariño” como a mí?
Uff.. eso me está matando, me quita el sueño.
Elena se acerca a su zona el bizcocho y su café. ¿Cómo puede caber tanta comida en un
cuerpo tan delgado? Solo para de comer para hablar y, a ratos, hasta habla con la boca llena.
¡Qué bárbara!
– Mira, guapa, decídete y cántale las cuarenta en bastos de una vez. No te mereces esto,
eres una tía genial y te está machacando y hundiendo en la miseria, además con tu
consentimiento- le está subiendo el azúcar a la flaca y va lanzada–. Vivís en tu casa, así que el
que se va es él. No tienes hijos ni problemas económicos, me tienes a mí para salir de día y de
noche y… verás que la noche da mucho de sí. Acuérdate de cuando conocimos a
nuestros maridos, cuántos ligues nos salían. Elegimos mal, pero estamos a tiempo de mejorar
con una selección adecuada.
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Tiene razón la chica, las dos son monas y seguro que en cuanto salgan por ahí se les acercan
los tíos. Además, si la parte monetaria la tiene solucionada y puede ser independiente, igual le
va mejor sola que con la mala compañía de casa.
Ha desaparecido medio bizcocho, el café no llego a ver por dónde va. ¡Vaya tragaderas!
– Venga, María. Tienes que tomar la decisión, pasarás un tiempo chunga y de bajón, pero
cuentas conmigo. Si hace falta me voy a tu casa una temporada y te cuido, te animo y de paso
me enseñas a cocinar, que sigo a base de huevos fritos y tortillas- dice Elena intentando sacar
una sonrisa a su amiga, pero parece que la otra no está por la labor.
– Sé que tienes razón. Lo sé desde que te conté su primer rollo- sorbito a su café abrazado
-, pero es tan difícil dar el paso… Mira cómo estoy, he adelgazado cinco kilos que no me
sobraban y ni como ni duermo. Veo a Roberto todos los días y está como si no pasara nada.
– Hombre, está en la gloria- contesta la tragona con voz más alta–. Tiene a su disposición
sexo con quien quiere y a ti que le cuidas como si te fuera la vida en ello. Espabila, rompe con
todo ya. De aquí no nos movemos hasta que no me prometas que vas a dejar de hacer el idiota
y hoy mismo lo largas de casa. Si hace falta voy contigo.
Eso es, con un par. Ojalá tuviera yo una amiga así de resuelta. Claro, que si no se mueven
de ahí tendrá que pedirse algo más para “picar» porque esta, sin comer dos segundos, no
aguanta.
Se hace un momento de silencio en el que una da un sorbo del café abrazado y la otra se
termina el suyo y el bizcocho.
– Lo hago, Elena, sin falta esta tarde. Te lo prometo- María mira a su amiga con una cara
que da pena mientras sigue hablando. – Pero, por favor, en cuanto hable con él y se marche te
llamo y te vienes a casa. Me voy a romper en mil pedazos.
– Claro, mi niña, siempre estoy ahí. ¿Te acuerdas que ya en el cole te defendía con uñas y
dientes? Pues ahora igual, no te fallaré, estoy contigo.
Amigas desde el colegio, qué geniales. Las mejores amistades, las de la adolescencia. Ahí
va otra vez la cañera.
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– Ahora, con esta promesa tuya, nos vamos a dar un poco de marcha y recorremos El Retiro
al completo para quemar la mala leche y, de paso, el desayuno, que me he puesto morada.
Bueno, por lo menos se ha dado cuenta de todo lo que ha zampado. Y sí, son de las mías,
de andar a buen ritmo, pero nada de correr. Correr para qué, si se puede llegar a todos los sitios
andando, con un poquito más de tiempo y ya está.
Se levantan y María le da un abrazo a la gordi de su amiga que ya quisiera yo para mí.
Hasta me estoy emocionando. A ver si cumple la promesa y esta noche la pasan las dos de
llorera por el idiota ese de Roberto, que tendrá que dormir en un hotel.
El domingo que viene me planto aquí a la misma hora y, con un poco de suerte, me entero
de cómo ha ido la expulsión del jeta ese.
Ellas se van y yo también. Iba a irme a casa, pero, tras este cotilleo que acabo de vivir,
necesito andar y pensar en mi situación. He sido indiscreta al escuchar toda su conversación,
pero me ha venido bien encontrarme con estas dos, igual ha sido una señal. Andaré hacia el
Palacio Real. Aún no ha despertado del todo la ciudad y estaré a gusto.
Cuando camino suelo ir escuchando música, me evita pensar y me aligera el paso, mi lista
de reproducción de YouTube es la caña. Pero ahora prefiero dar una caminata con reflexión
incluida; hace tiempo que lo evito, pero la charla del café me ha metido un gusanillo en el
cuerpo, igual también tengo que tomar alguna decisión en mi vida.
En casa me espera mi Paco. No me puedo quejar, ¿o sí? Cuando nos conocimos éramos
unos críos, se puede decir que fuimos creciendo juntos en todos los aspectos. Las vacaciones
en el pueblo nos unieron y aunque en la adolescencia nos separaban unos cientos de kilómetros,
nos arreglamos para ir a la misma universidad y que su madre me acogiera en su casa, así me
ahorraba el alojamiento. Pasé del mar de Gijón al secano de Madrid, pero el amor es así, todo
lo mueve y lo consigue. ¿Qué obstáculo puede frenarte a los veinte?
Él medicina y yo enfermería, separados dos pasos en las clases y compartiendo la misma
cafetería. Sólo nos faltó trabajar en el mismo hospital porque el resto lo vivimos juntos.
¿Cuántos años han pasado desde nuestro primer “verano azul” en Luarca? Unos cuantos, desde
luego.
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Hemos sido felices juntos, creo que aún lo somos, de otra manera, eso sí. Sin hijos, como
las dos de hoy, porque nunca vimos el momento para ello; demasiado trabajo, demasiado crédito
hipotecario para conseguir tener una casita de veraneo, demasiado…
Ahora, cerca de los cincuenta, me atacan las hormonas y las dudas. El tal Roberto busca
sus “sensaciones nuevas”, demostrarse que “aún puede”… lo que sea. Nosotros estamos
acomodados, seguros el uno del otro porque siempre hacemos todo a la par y sabemos en cada
momento en lo que anda la otra mitad. No me cabe duda de que Paco me ha sido fiel, y yo a él
también. Sé que los dos hemos tenido oportunidades de no serlo, pero no nos la hemos jugado
y hasta reímos juntos por esos perseguidores de sexo que se nos cruzaban en el camino.
Tenemos sexo, pero no inventamos “nuevos abrazos”, como dice la canción que escucho
mil veces: “Una de esas noches sin final”, ¡vaya letra y vaya pasión! Eso echo de menos, la
pasión de las palabras en las canciones de amor. Hombre, no quiero llegar al punto del “Ramito
de violetas”, pero no me importaría que apareciera con un ramo de “Mil rosas”, como las de la
Oreja de Van Gogh.
¿Falta pasión? Sí, claro. El estar tan unidos ha hecho que no tenga amigas del alma, más
aún cuando me fui del marítimo y familiar Gijón abandonando mi gente para vivir el Madrid
de Paco. Me cuesta tratar el tema de sexo con otras mujeres, no tengo confianza para ello con
ninguna porque casi todas son esposas de los amigos de mi marido, ¡así que como para entrar
en esas materias y que luego lo cotilleen a sus respectivos! Por eso no sé si hacemos el amor
como el resto de las parejas de nuestra edad, o nos hemos vuelto aburridos solo nosotros.
Cuando salimos de viaje me llevo algún “picardías” que compro en Intimissimi, pero me
da la sensación de que ni se entera, llegado el momento me lo quita y se acabó. Estoy de buen
ver aún, mejor que el par de cuarenta de hoy, creo yo, pero me tiene muy vista. Para mí también
él está muy visto y no espero sorpresas en ningún aspecto.
¿Regalos? Por mi cumpleaños un vale de Massimo Dutti, por mi santo un beso en la
mejilla; en nuestro aniversario de boda, una cena romántica en casa los primeros años, ahora
cenamos unos huevos en Cándido. No es el regalo en sí, es el tiempo que pasas pensando en la
persona a la que quieres agasajar. Paco ha ido del detalle de flores, tarjetas preciosas con unas
líneas amorosas ideales, al mínimo esfuerzo.
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¿Y yo? Reconozco que también he bajado el listón, antes me lo curraba más: algo original,
un papel de regalo escogido, una pegatina de “deseo que te guste” y esas líneas llenas de amor
en una tarjeta pensada y comprada para él. Ahora me conformo con comprarle algo de ropa,
colonia y poco más, sin tarjeta y con el envoltorio de la tienda. Sí, no es sólo él.
La monotonía, la cotidianeidad, el día a día igual, uno tras otro, no es responsabilidad solo
suya, aunque pienso que en su momento intenté que no fuera así, pero no lo conseguí. Nos
queremos, no tengo duda, pero no sé si podría vivir sin él o me ahogaría como María sin su
infiel esposo. Lo mismo no sabría qué hacer, pero es verdad que en Madrid hay de todo y podría
apuntarme a baile, por ejemplo, y conocer a otros hombres.
También podría convertirme en una “Roberta” y buscar aventuras, ir a la conquista. Vaya
tontería pensar así, no sería capaz ni de broma.
Tengo que parar otra vez, esto de pensar sobre mi vida me hace andar más rápido que
cuando ando con música y estoy sudando. En este banquito, al lado de Don Quijote con Sancho,
me siento un rato y veo la vida pasar.
Es lo que tienen los bancos, es como la terraza del café pero sin poder escuchar
conversaciones. Aquí ves a la gente pasar y te puedes imaginar o inventar su vida. Ahora hay
más gente en movimiento, luego me voy a casa que Paco estará flipado porque no he vuelto
aún. Igual ni se ha dado cuenta.
¡Mira, mira quien viene! María y … Roberto, supongo. ¿Y esta lo va a dejar esta tarde? Lo
dudo, si va idiotizada. Claro, está estupendo el tipo, no me extraña que ligue, tampoco me
sorprende que ella esté atontada con él. Sin ser guapo es atractivo, ese tipo de hombre
interesante al que miras cuando pasa y hasta te vuelves para ver su parte trasera.
¡Anda, que se sientan en el banco de al lado! Mira que Madrid es grande, mira que hay
parques y bancos y han tenido que venir a éste. Si hablan en un tono normal creo que los podré
escuchar; el azar, o el destino, está de mi parte.
– Vamos, mi niña, anímate. Siempre que vienes de andar con Elena estás mustia y con mala
cara. O andas demasiado o te come el coco con sus historias- ¡vaya con Roberto, deshaciendo
amistades!-. Ella está amargada desde que rompió con Luís, está más sola que la una y seguro
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que está intentando hacer piña contigo para mejorar su situación. Te necesita para sus planes.
Además, sabes que no le caigo bien.
Venga, María, dale caña y dile que a ti tampoco él te cae bien ya, que basta de cuernos y
que se pire de tu casa y te deje en paz.
– Igual tienes razón, Rober, pero estoy empezando a estar a disgusto con tus aventuras y
creo que no puedo vivir con ellas.
Ahí te veo, adelante guapa, sigue así.
– Cuando no estás en casa no paro de pensar en lo que estarás haciendo, te imagino en otra
cama, en otros brazos, besando otros labios. ¿Te gustaría imaginarme a mí con otro?
Vamos, ahí le has dado. Vas bien.
– Nena, sabes que mis labios son solo tuyos, igual que mi corazón. Las otras me tienen solo
un momento, pero tú me tienes para siempre- habla mientras mira a su mujer con cara de cordero
degollado-. Igual verte con otro nos pone a los dos, podríamos probarlo si quieres, o estar
nosotros con una de esas chicas que te preocupan y verás como no es más que sexo, sin
sentimientos por medio. Mi amor es solo para ti.
¡Será cabrón el tío! Le está proponiendo tríos, no pierde oportunidad de llevarla a su
terreno. ¡Vaya elemento!
– No sé, Rober, no me veo en esas. Contigo me vale, no necesito más. Nada de
experimentos.
– Hay que evolucionar en la pareja, si no caeremos en la rutina y vete a saber cómo
acabamos- continúa el chulo-. Probamos y si no te va el estar tres, podemos intentarlo con otra
pareja. Pablete y su mujer lo hacen y a ti él siempre te ha parecido atractivo.
– Atractivo es una cosa y que me acueste con él es otra- María no tiene fuerza en su voz,
pero está intentando librarse de ese juego que su marido le quiere vender.
– Bueno, con calma, vamos despacio. Quiero que te sientas bien y seas feliz.
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A otra con ese cuento, no te lo tragues María, que te embauca enseguida, vaya labia tiene
el tipo este. ¿No ve la cara de angustia de la chica? Claro que sí, tonto no parece. Tampoco se
le ve preocupado, más bien tiene una postura segura y la toca en todo momento, le acaricia el
pelo… tiene sus tácticas.
– Seré feliz si dejas esos rollos y estás solo conmigo. Haremos mil cosas, pero tú y yo. No
necesitamos a nadie más- María parece ilusionarse y hasta sonríe a ese capullo.
– María, sabes que necesito ese punto de conquistador. Si me lo quitas el infeliz seré yo, y
seguro que tú no quieres eso.
Se hace un silencio, molesto hasta para mí. Ella baja la cabeza, él sigue con sus caricias,
ahora cubre las manos de María con las suyas, como ella hacía por la mañana con su café. La
mira y veo en sus ojos la mirada del triunfador, del que se cree ganador en una lucha desigual
y seguro de la victoria. Espero que ella reaccione y esa mirada prepotente se la tenga que tragar,
este chulo indecente.
Me voy. Esto es un sufrimiento, pobre chica. Me voy con mi Paco, voy a poner más alegría
y marcha en nuestra relación, lo voy a hablar con él a las claras, es lo mejor. Nos queremos,
sabremos avivar de nuevo las llamas que en su día tuvimos, aunque sean de otro tipo y las
tengamos que encender con otros fósforos. Pero antes, tengo que quedarme a gusto. Voy a pasar
por delante de ese banco, y mientras paso caminando lo suelto.
– María, sé valiente y mándalo a la mierda. Es un egoísta y no te merece. Tú puedes lograr
lo que quieras y tienes un estupendo apoyo en tu amiga. Busca tu felicidad, chica.
Voy a por la mía.

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