UNA BASTÓN DE CARAMELO. Lourdes López

Hoy he leído en un periódico vasco que el Colegio de Médicos de Guipúzcoa ha homenajeado a una mujer, la doctora Hortensia Rubio, jubilada de noventa y un años, y especialista en análisis clínicos, cuyo laboratorio estaba en San Sebastián. Yo la conocía de referencias porque mi madre acudía anualmente a su consulta a que le fabricara una autovacuna para el asma bronquial. Esta noticia me ha trasladado a mi infancia.

 

Era septiembre de mil novecientos cincuenta y cuatro y yo tenía cinco años. Mis padres, tras acabar las tareas agrícolas del verano, como la recolección del cereal, descansaban unos días hasta el comienzo de la vendimia. Todos los años por esas fechas iban a San Sebastián para una revisión médica a mi madre. Este año me llevaron a mi y alargaron la estancia una semana porque invitaron a mis dos tías jóvenes solteras, a conocer la ciudad, el mar y Loyola.

 

El medio de transporte que utilizamos fue el tren y me pareció espectacular. Mi padre ya me había explicado cómo era y qué tenía muchos vagones unidos unos a otros. Me habló de las ruedas de hierro y de los raíles por donde circulaban pero yo no me hacía ni idea. Me impresionó mucho cuando lo vi llegar a la estación de Logroño. Ya dentro, me llamaron mucho la atención los asientos, de lamas de madera separadas unas de otras por unos dos centímetros y de un color entre marrón y amarillo muy brillante. Cuando ya me había acostumbrado al traqueteo, llegamos a Miranda de Ebro, donde tuvimos que apearnos para hacer un transbordo a otro tren. A partir de aquí se me hizo larguísimo el viaje; recuerdo preguntarle a mi padre cada vez que paraba en una estación:

—¿Cuánto falta todavía?—

Él dibujó en un papel varios palitos.

— Mira—me dijo—, todos estos palitos significan estaciones por las que tenemos que pasar antes de llegar a nuestro destino. Cada vez que pare el tren tachamos uno hasta que lleguemos al último ¿que te parece?

 

Así lo hicimos. Me gustó la idea porque así el viaje resultó más entretenido.

 

Llegamos bien entrada la noche a una pensión que habían recomendado a mis padres. Éramos cinco personas y solo tenían libres dos habitaciones con cuatro camas individuales y una cuna grande. Me acosté esa noche con las piernas un poco encogidas pero no me importó porque estaba encantada de dormir en una cuna, ya que no la tuve de niña en casa de mis abuelos donde vivíamos. A la mañana siguiente cambiamos de alojamiento.

 

Nuestra primera visita fue al mar. Hasta que no estuve en la playa y lo vi de cerca, no imaginé que careciera de muros para que el agua no se desbordara. Era tan inmenso que me asustaba, pero al acercarme a la orilla, cogida de la mano de mi padre, perdí un poco el miedo. Me agradó mucho sentir cómo los pies se hundían en la arena con la llegada de las olas; una sensación desconocida para mí.

 

Por la noche me chocaban y gustaban mucho los letreros luminosos de anuncios de la calle, sobre todo los intermitentes. Recuerdo uno en color azul, situado frente a la habitación donde dormíamos; era como de lentejuelas grandes y brillantes. Precioso. En el pueblo donde vivía solamente teníamos una bombilla en alguna esquina.

 

Caminando por las calles, miraba los edificios, ¡Qué bonitos! con balconadas y contraventanas tipo celosía, que no había visto nunca; tiendas de todas clases, iglesias, jardines con fuentes, estanques con patos, cisnes…, cantidad de gente que iba y venía. Paraba en cada escaparate porque me parecían muy hermosos.

 

Un día me compraron un helado muy grande. Lo comía con tanto gusto que me despisté. ¡Que miedo sentí perdida en un lugar desconocido! Comencé a llorar sin saber hacia  dónde dirigirme, paralizada, con el helado chorreando por toda la mano porque hacía mucho calor. De pronto comenzó a lloviznar, txirimiri. Pensaba cosas desagradables como verme sola por ahí cuando se hiciera de noche, y el miedo que pasaría. En medio de mi zozobra oí que me preguntaban:

—¿ Por qué lloras, niña?

Me sorprendió aquella voz tan dulce. Levanté la cabeza y dejé de llorar.

—Estoy sola —respondí—, he perdido a mis padres y a mis tías.

—No te preocupes —me dijo la mujer que me había preguntado—. Me quedo aquí contigo porque ellos no tardarán en venir a buscarte.

Y así fue. Era una mujer de mediana edad muy risueña y atractiva, con la que me sentí protegida. Llegaron muy pronto y asustados, porque en aquella época, me habían contado, secuestraban a niños. Mis padres, agradecidos, le explicaron que entraron a una tienda convencidos de que yo estaba a su lado. Ella, muy amable y educada se despidió de nosotros con una sonrisa.

 

Cuando dejó de llover y salió de nuevo el sol continuamos visitando tiendas. Paré en un escaparate lleno de caramelos con distintas formas y tamaños. Al ver mi padre que no quería separarme de allí me dijo:

—Hija, elige una cosa, la que más te guste.

—No se que quiero, porque me gusta todo —le contesté.

Me cogió de la mano y los dos solos entramos en la tienda. Mi felicidad era inmensa; nunca había visto nada parecido. Colgaba en una de las paredes un bastón de caramelo de color rojo con unas rayas amarillas y verdes en forma de espiral.

—Ése quiero —le indiqué con el dedo.

Mi padre con una mirada cómplice lo pidió a la dependienta; lo pagó y con el bastón de caramelo en mi mano salimos a la calle donde nos esperaban mi madre y mis dos tías. También ellas se sorprendieron al ver lo bonito que era. Creo que les dí mucha envidia.

 

Al día siguiente regresamos a nuestro pueblo, nuevamente en el tren, pero ya no me impresionó tanto.

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