UNA INESPERADA VISITA – M. Concepción Crespo

La gitanilla española (spanyol kis cigány).  Así me llamaba el abuelo cada verano nada más verme llegar.  Esas eran sus primeras y únicas palabras prácticamente durante nuestra estancia. Yo lo miraba con ojos como platos, preguntándome  por qué me calificaba de tal manera.

Sin embargo, no me daba tiempo a pensar más, los abrazos, el cariño de mi prima Zsuzsika, el ir y venir constante de toda la familia, la alegría que se respiraba en el ambiente, los deliciosos platos elaborados por tía Zsuzsi y tía Bori para ese día tan especial; sobre todo los postres como el típico Gerbeaud… Mmmm, todo   eclipsaba esas inquietantes palabras de bienvenida.

Y es que era un día de celebración. Una fiesta, como cada año, en el jardín y bajo el nogal. Allí sucedía todo. En la casa de mis abuelos, en Ärpád út, 13, Komárom, Hungría.

Dos grandes mesas decoraban el jardín; una bajo el nogal y otra en el porche.  Cada una de ellas elegantemente vestida con un mantel de bordados húngaros a cuyo alrededor coqueteaban las sillas estilo Thonet y diversos taburetes. Todos, los primos, tíos incluso algún vecino iban llegando poco a poco.  La mayoría venía en bicicleta.  No había un horario, ni un orden estricto; los sucesos acontecían de manera natural. Los abrazos y   cariños envolvían el ambiente. Un año había pasado ya.

No sé cómo se las ingeniaba mamá, pero siempre aparecíamos con tres y hasta cuatro maletas.  ¿Qué llevábamos?  ¡De todo! (y al decir «de todo» me refiero a pantalones, vestidos, calzado, coñac, tabaco, algunas joyas de   oro (algo incomprensible que solo se justificaba por la obsesión de mi familia con el oro), café, más tabaco y más ropa.

-Nenita, ayúdame a bajar las maletas del armario, pórfavor.   Tenemos que empezar a prepararlas; en pocos días partimos a Júngria. Ya tengo los billetes de tren, este año no vamos en autotocar -mi madre se empeñaba en cuadrar todo lo que llevábamos en las maletas como un Tetris.

¿Cómo se me podían olvidar… las conferencias telefónicas.

Pórfavor, séñorita.  Necesitamos hacer una llamada internazional. Sí, a Júngria. Sí, séñorita, al pueblo de   Komárom.  Sí, le doy  el teléfono  340510.  Sí, esperamos la conexión.  Grazias.

Esto ocurría algunos domingos  y  lo cierto es que llamábamos a los vecinos, los Józsáék que eran los únicos que tenían teléfono en el vecindario.  Por eso era un must llevar de todo porque en Hungría en esos momentos muchas eran las cosas que aún no se encontraban.

Nuestra llegada era épica,  después  de varios días de viaje,   desde la España de 1974 hasta  la Hungría comunista.   Cada año, cada verano, ¡tan esperado!  No importaban los 2000 km de la época, ni los visados,  tomar varios trenes…, días cargadas con las  maletas, daba igual.  Por fin habíamos llegado.

A mis ojos un verdadero choque de culturas,  los vestigios del  antiguo Imperio Austrohúngaro convertido en una Hungría comunista,  invadida y sometida por la URSS;  y nuestra España  atisbando el ansiado cambio a la democracia.

-¡¡¡Españolettoo!!!, ¡¡¡Torreadoor!!! gritaban entre risas algunos primos,   brindando con champagne ruso.

A lo largo de la calle Árpád se alineaban  preciosas  acacias delante de las casas.  Cada una de ellas era de un color diferente: la casa de los Isten era rosa, la de los Marton azul, la de los Czibor verde, etc.   Todas con su puerta,  verja de hierro  y jardín.

La única particularidad  era que justo delante de la casas estaba  el gran cuartel militar soviético. Obviamente separado por una  muralla de dos metros de alto aproximadamente, y  que iba  intercalándose  con verjas en ciertas zonas.   El cuartel ya existía, pero después de la Segunda Guerra Mundial lo ocuparon los rusos.

Además de ser  un cuartel militar, habían construído  viviendas   para las familias de ciertos cargos militares, un ambulatorio, parvularios, parques y un  colegio para los niños.    La extensión era de unos 4 kilómetros cuadrados.

La casa de mis abuelos  era de planta cuadrada,  con un altillo de madera y sótano,   y cubría una cuarta parte de todo el terrero que habitualmente era  rectangular.     La construyeron a principios del siglo XX, tras la Primera Guerra Mundial.   Allí vivía mi abuelo, mis tíos, mi prima Zsuzsika y mi primo Emil.   En verano era también nuestro hogar.

Al entrar  te recibían  y acompañaban  flores silvestres a ambos lados junto con la hierba que crecía salvaje.   La cuantía, inmensidad y frescura que  desprendía y la mezcla del aroma de los  árboles frutales era embriagador.    Yacía de forma tan natural como esmeradamente cuidada la zona de cultivo: perejil, eneldo, espinacas, guisantes… Las ofrendas del verano que hacían que el invierno fuera menos difícil de superar.

En la casa  se respiraba  un aire aristócrata, herencia   de una antigua época de esplendor.    Los techos altos, suelos de madera, muebles decó, alfombras persas, sofás con telas de seda chinas, visillos de ganchillo crudo y una lámpara araña de cristal de Bohemia tallado.

El salón principal por la noche se convertía en nuestro particular castillo de  sueños.   Con Zsuzsika y yo  nos vestíamos con  los camisones de la abuela y jugábamos a ser  princesas y volar.  El momento de irnos a dormir era mágico… el gran  sofá  se convertía en cama. Lo vestíamos con  de telas  de lino,  suaves edredones de plumas  de oca y enormes  almohadones con fundas adamascadas.   Allí continuaba nuestra vida de princesas y sueños.

El despertar era dulce y suave.  La música húngara en la radio, el olor a café, tazones de porcelana pintada a mano,  los kiflis  (un panecillo con forma de media luna y ligeramente salpicado con sal gorda) con mantequilla y szalámi o parizer (embutidos típicos de Hungría).  El abuelo leía el periódico bajo el nogal  y los gatitos jugaban en el jardín.

A veces pasábamos las mañanas haciendo gimnasia en ese mismo jardín.  Zsuzsika era ducha en gimnasia deportiva, los países del Este en esa época destacaban mucho en estas disciplinas,  y juntas ensayábamos coreografías que nosotras mismas creábamos.   Ella  siempre lo hacía infinitamente  mejor que yo.

– Julieta, cuando haces este tipo de gimnasia de exhibición tienes que crecerte, debes creértelo. Mira, ¿ves?  Si no, no luces -se extasiaba.

Los  días transcurrían  plácidamente, juegos en el jardín, recolectar groselllas,  cantar  canciones típicas húngaras,  mirar las gallinas, coger ciruelas, comer las sandías y  mazorcas que traía tío Bandi  los  fines de semana.  Ir de  visita  a ver a los familiares, contarnos cuentos y jugar en la calle con nuestros amiguitos, los vecinos, visitar el Danubio,  y cómo no, mirar por encima de la muralla rusa.

Con el transcurrir del tiempo todo fue cambiando poco a poco.  El abuelo murió  y su ausencia dejó un gran vacío en todos nosotros.     Yo echaba de menos su frase de bienvenida  y el recuerdo de cómo reparaba las bicicletas que le traían al taller  en el que no cesó de trajinar hasta el último momento.    Tía  Zsuzsi trabajaba en el parvulario y tío  Emil  era jefe de aduanas.   Seguimos reuniéndonos con la familia, pero no con tanta frecuencia como años atrás.

Zuzsika y yo fuimos  creciendo.   Un verano empecé a percibir ciertos cambios que marcaron un antes y un después.   Zsuzsika siempre había sido   la más  bella de toda la familia, ya incluso desde pequeña todos se lo decían.   Yo era la gitanilla española y me sentía muy querida entre todos los primos.    Pero   ella  nunca pasaba  inadvertida,  tan  femenina y  con una distinguida  coquetería.  Empatizaba con todo el mundo y era muy cariñosa.

Ese verano ya tenía el título de enfermera, trabajaba en  el hospital  de Komárom y también acudía a alguna pequeña consulta médica «privada»  si se puede llamar así, en pleno comunismo.  Se movía por la reducida ciudad, normalmente en bicicleta como la mayoría de la gente; sólo a veces conducía el pequeño Trabant de la familia.

Sus facciones eran suaves,  la tez blanca, unos ojos muy rasgados, labios rojos y sensuales como el color de las cerezas y la nariz con cierto aire griego.    Le gustaba arreglarse y  de hecho le dedicaba mucho tiempo.   ¡Siempre olía tan bien!   Llevaba medida melena, casi siempre recogida.   Se vestía sutilmente de una forma provocativa.  Había tenido varios novios, pero yo seguía pensando en nuestros juegos y que nada había cambiado entre nosotras.

-No me acaba de gustar este conjunto que llevo.   Creo que me vuelvo a cambiar  -murmuraba mientras se miraba en el espejo del recibidor y le daba una  ligera calada a un cigarrillo.

Todo le quedaba bien, cualquier prenda adquiría otra dimensión en ella.  Tenía estilo.   Me encantaba mirarla.

-Esta tarde he quedado con Laci un rato, pero vendré a cenar   -me comunicó al tiempo que maquillaba sus pestañas con Rimmel.

La verdad es que me daba igual lo de los novios, no sentía la más mínima curiosidad.  Siempre que estábamos juntas lo pasábamos en grande.   Jugábamos a ser peluqueras y esteticienes.       Alguna vez me había hablado de ciertos  pretendientes que tenía y  me asombraba la naturalidad con la que explicaba las conversaciones con chicos de su edad y algunos más maduros.    Mis conversaciones no iban más allá de las que intercambiaba con los cuatro vecinos de la calle  con los que jugábamos por las tardes.

Una noche, antes de irnos a dormir, escuchamos voces en la calle hablando en ruso,   justo delante de  casa.   Alguien aporreó  la puerta principal.  No sabíamos qué pasaba.   El miedo recorría nuestros cuerpos.  Mi tío decidió ponerse la chaqueta de su uniforme de jefe de aduanas antes de  salir.   Sabía lo que representaba llevar uniforme.

En cuestión de segundos,  los desconocidos llegaron  al porche y miraron hacia el  recibidor donde nos encontrábamos todas medio escondidas y  atemorizadas.

-Oficial Nikolái Boltianski y coronel Mijail Baránov  -se presentaron  con un marcado acento soviético-. Buscamos a  un soldado  huido del cuartel y al parecer  se le ha visto merodear por aquí cerca.

El oficial era un hombre de baja estatura, tez cetrina, ya mayor,  y curtido por su cargo  y  el tiempo.    El coronel, sin embargo, era de mediana edad, alto, fuerte con el pelo muy corto,   ojos claros pero con   facciones algo duras.   Cada uno ostentaba su correspondiente  uniforme militar soviético color verde con botas  negras altas y sombrero.

-Soy Mester Emil, jefe de aduanas.  Esta es mi familia.    Mi cuñada y sobrina han venido  desde España a pasar las vacaciones de verano.   No hemos visto ni oído nada.   Pero no se preocupen,  si vemos o sabemos algo se lo comunicaremos inmediatamente    -respondió mi tío con un saludo militar.

Tras estas palabras se despidieron y se fueron.  Esa noche apenas pudimos  dormir hablando de lo sucedido, aterrorizadas de que sospecharan de nosotros o nos  relacionaran con un suceso de tal calibre.

Al comenzar el nuevo día regresó el coronel Baránov.   Esta vez  sólo con dos soldados  altos como torres que revisaron toda la casa,  el altillo, el sótano, el taller,  el cobertizo, el garaje y todo el jardín, sin apenas decir palabra ni  pedir permiso.   En ese momento tan solo Zsuzsika, mi madre  y yo estábamos en casa.   Nos quedamos paralizadas.

El coronel se acercó   a Zsuzsika mientras cogía la bicicleta para ir  a trabajar al hospital.

-Estamos inspeccionando  las casas una por una.   Es vital  cualquier información   al respecto, señorita…     –habló mientras encendía un cigarrillo y la miraba fijamente  con   deseo voraz.

-Soy mester Zsuzsanna.   Le he entendido perfectamente, coronel Mijail Baránov – Zsuzsika aparentaba una espectacular naturalidad y algo de descaro.

Los soldados y el coronel desaparecieron como la niebla con  los primeros rayos de  sol.

A los pocos  días  todo parecía haber vuelto a la normalidad,  pero un cierto nerviosismo se respiraba en el ambiente.  Mi tía no paraba de maldecir a los rusos, fuera de sí.  Mi madre intentaba calmar los ánimos.  Mi prima  hablaba del trabajo, de los  cambios de horario  y  horas extra en el hospital, manteniendo cierto  aire de misterio y secretismo sobre todo lo que contaba.  Desconocíamos a qué se dedicaba realmente,  pero callábamos al respecto, sin osar interpelarla.    Sólo nos enteramos de que había dejado a su novio Laci de repente, sin más explicación.    Nunca supimos qué había pasado con el soldado  que buscaban.    Nadie volvió  a preguntar.

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